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El artista tucumano que sorprende en Venecia

Gabriel Chaile es el único artista argentino que participa de la muestra central de la Bienal de Venecia. Su serie "Grupo familiar" acaba de ser adquirida por el empresario Eduardo Constantini en una cifra récord para una obra de arte argentina. Se trata de un conjunto de cinco obras. La más grande tiene seis metros y 300 kilos y representa a su familia. Todas están inspiradas en las culturas originarias del norte argentino.

Por Carlos Ruiz / @qarlos_ruiz

¿Quién es este joven tucumano de cabeza ensortijada que brilla en la meca del arte mundial? ¿Cómo es que deslumbra con obras hechas de tierra, inspiradas en su familia, por las que un coleccionista argentino acaba de pagar una suma de “seis números en dólares”? Su nombre es Gabriel Chaile, tiene 37 años y una carrera artística que lo ha llevado a la cima buscando esa conexión profunda entre su historia personal de lucha y esfuerzo y un pasado precolombino y originario que persiste y se adivina a flor de piel en sus obras.

-Venís de un origen muy humilde ¿Cómo lo recordás?

-Nací en San Miguel de Tucumán, capital de la provincia, en 1985. Cuando nací mi familia acababa de mudarse de Tafí Viejo, una ciudad ferroviaria cercana. Mi mamá y mi papá venían de la militancia obrera y recuerdo que siempre me contaban historias de sus vivencias en la dictadura.

-¿Y cómo te conectás con el arte en esa Tucumán post dictadura?

-Siempre estuve conectado con el dibujo, desde muy chico. Mi familia me ayudó a cultivar eso. El otro día me enteré por un hermano que me mandaban a un curso de un señor que dibujaba caricaturas cerca de la escuela donde yo iba. Pero yo no me acordaba de eso. Lo que si me acuerdo es que había una escultora a la vuelta de mi casa, que me dejaba pasar a mirar cómo estaban hechas sus esculturas de desnudos. Esa fue un poco la conexión con el arte a temprana edad. Ya de grande entré directamente a la Facultad, muy decidido a estudiar arte.

Llegar a la Bienal de Venecia es como jugar un mundial. En el mundo del arte contemporáneo se la conoce como “la madre de todas las bienales”, ya que comenzó hace 127 años y se realiza todos los años impares. Solamente en dos ocasiones se vio interrumpida: en la Segunda Guerra mundial y el año pasado, con la pandemia del Covid 19. Finalmente, este año se pudo hacer la 59 edición y puede visitarse entre los meses de abril y noviembre. Cuenta con una muestra central denominada “The milk of dreams” (La leche de los sueños, tomado de un libro de la surrealista Leonora Carrington) curada por Cecilia Alemani. Gabriel Chaile es el único invitado argentino que la integra. La Bienal también cuenta con pabellones de distintos países. Argentina está representada en su pabellón por Mónica Heller. En total participan 213 artistas de 58 países. La obra de Chaile en la muestra central se llama “Grupo Familiar” y es un conjunto de cinco esculturas monumentales realizadas en arcilla sin cocer, que miden entre tres y seis metros y pesan 300 kilos. Se trata de un homenaje a su propia historia personal y una reivindicación de la cultura precolombina.

-¿Qué papel ocupa tu familia en estas obras y en tus obras en general?

-Mi familia es algo fundamental en lo que hago. Es algo que siempre tuve presente. Incluso de niño, cuando participaba en los concursos de arte de la escuela, representaba al grupo humano con el que me había criado. Me gustaba por ejemplo dibujar a mis padres, copiaba esos cuadros típicos que hay en las casas de fotos pintadas a color. Son de una época, yo trataba de imitar ese tipo de pinturas.

Las esculturas llevan los nombres y apellidos de familiares de Chaile. La más grande lleva el nombre de su abuela materna, Rosario Liendro; le siguen su madre, Irene Rosario Durán; su padre José Pascual Chaile; su abuela paterna, afrodescendiente, Sebastiana Martínez; y su abuelo paterno Pedro Chaile.

Gabriel Chaile se encuentra en Europa participando de otras muestras artísticas luego de la inauguración de la Bienal y la charla se da mediante audios de WhatsApp. Quien realiza esta entrevista conoció a Chaile en 2018. En enero de ese año fue uno de los organizadores de “El Ondulatorio, Encuentro de artistas, enlazadores y astrónomos muleros”, un encuentro artístico cultural inspirado en la novela “Tres golpes de timbal” de Daniel Moyano, que se realiza anualmente en la pequeña población cordillerana de Jagüe, en La Rioja. Entre muchos artistas que llegaron para participar, estaba Chaile quien con la colaboración de los pobladores construyó una obra-horno llamada “Sonia”, que fue uno de los antecedentes de la serie presentada en la bienal de Venecia.

-¿Cómo es la genealogía de tu obra presentada en la Bienal?

-La participación en “El Ondulatorio…” fue una experiencia muy profunda para mí. Es como que ahí empezó a deconstruirse en mi cabeza mi concepción del arte. Ahí comencé a cuestionar las cosas con las que me habían educado, fue un desaprendizaje. Gracias al encuentro con personas creativas desde otro lugar, no necesariamente desde la formación académica, en artes visuales, bellas artes o del recorrido alrededor del campo del arte contemporáneo. Cuando Cecilia Alemani, la curadora de la Bienal, me invitó a participar, me concentré en hacer algo que tuviera sentido con mis investigaciones, talleres y participación en las ollas populares de la Argentina, proyecto que yo llamo “genealogía de la forma”. El conjunto tiene que ver con el vacío, con una “laguna arqueológica”, la ausencia de relatos sobre nuestros antepasados. Me siento un arqueólogo intuitivo: explorar mi pasado y el de muchas otras personas que habitan las periferias, silenciadas y cargadas de situaciones asociadas a la violencia, doméstica e institucional.

-¿Cuál es tu posición con respecto al arte contemporáneo?

-Si bien yo estoy bastante metido en este campo, pienso que los artistas tenemos la autoridad y la responsabilidad de cuestionarlo, de presentar otras posibilidades, de jugar con los límites de eso, porque si no se convierte en una institución que rige y achata la creatividad de los que estamos adentro y de los que quieren entrar. Para mí es muy importante cuestionarlo, activar con nuevos modos, nuevas formas y posibilidades.

-¿Y qué pensás acerca del rol que juega el mercado en el mundo del arte?

-Me parece que es algo que siempre tiene que ir de la mano, sobre todo viviendo en el mundo capitalista. Imaginate que se habla que mi obra se vendió a tantas cifras (el diario La Nación publicó “seis cifras en dólares”), sin embargo, apostar por al arte también significa bancarte un montón de situaciones difíciles en términos económicos. Te entra un dinero a partir de lo que vos producís, que significa un montón para muchas personas que ven la situación desde afuera. La prensa lo magnifica. Pero para mí no significa tanto en realidad, porque son años de trabajo y de repente recién ahora uno ve la posibilidad de tener una tranquilidad económica. Me banqué no trabajar de otra cosa o hacer trabajos esporádicos y en negro por arriesgar y meterle fichas a esto que yo considero importante para mi vida y es un compromiso que yo asumo. No se tienen que subestimar los años de investigación, los años de entrega. Ves una nota en el diario La Nación y parece que me tocó una varita mágica y de repente funciona, pero no es así.

-¿Cómo cambia tu posicionamiento como artista a partir de tu participación en la Bienal de Venecia?

-Siento que la visibilidad va acompañada de mucha responsabilidad. De la que uno puede o no hacerse cargo. A mí un poco me asustan estas cosas. Pero al mismo tiempo me da la posibilidad de pensar la potencialidad del arte, del discurso que genera, de los lugares a los que llega. Me obliga a pensar qué es lo que uno tiene realmente para decir y cómo lo dice.

-¿Qué piensa tu familia de tu obra?

-¿Sabés que no lo sé? Nunca les pregunté en realidad. Siempre me acompañaron a las inauguraciones. Mis hermanos, mi madre, amigos del barrio, de la Iglesia, siempre estuvieron presentes. Me acompañaron porque yo los invitaba, pero no sé lo que piensan. Es una buena pregunta. Creo que les interesa mi insistencia, mi perseverancia y valoran eso.

-¿Qué significa para vos y, para el arte argentino, que Constantini haya adquirido tu obra?

-Me puso muy contento. Querían comprarlas otros coleccionistas argentinos también. Para mí es importante que las tenga él por todo lo que construyó en el arte latinoamericano. Argentina tiene esa idiosincrasia que hace que si algo está afuera del país tiene más valor que estando dentro del territorio. Más allá de eso, para mí es importante que los argentinos puedan tener acceso y mirar mis obras, porque a mis investigaciones las hice en Argentina, a los conceptos los pensé desde Argentina, desde nuestras desigualdades y nuestras problemáticas. Obviamente que también se pueden ver y entender en un montón de lugares como Portugal, por ejemplo, pero me alegra que se queden en Argentina.

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