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Los indultos de Ménem: a Corach lo retaron en su casa

La primavera del '89 seguía siendo un infierno. Raúl Ricardo ya se había ido hacía tres meses y Carlos Saúl aún no podía frenar ni la inflación ni el desastre económico que atravesaba la Argentina a fines de los ´80. En ese contexto, el riojano firmó los decretos de indulto a los genocidas y a uno de sus ministros le fue muy mal en su casa.

Por Juan Cruz Taborda Varela

Pese a que la situación económica era la principal deuda que el nuevo presidente, flamante presidente en funciones, debía saldar, tomó otras decisiones. Apenas inició aquel octubre de 1989 hizo que sus hombres de leyes redactaran un decreto que sabía polémico, le puso la firma y supo que con eso consolidada, creía él, para siempre, la impunidad.

El 7 de octubre de 1989 el por entonces presidente Carlos Saúl firmó los decretos que determinaban la libertad de todos los que estaban encarcelados por haber violentado la democracia a partir de 1976. Apelando a una supuesta idea cristiana de reconciliación, con la firma de Menem, Bauzá, Luder (el mismo que antes había decretado aniquilar) y el desarrollista Antonio Salonia, dejaban en libertad no sólo a los genocidas, sino también a los líderes de las organizaciones armadas de izquierda, ratificando la idea de los dos demonios que ya habían institucionalizado Sábato y el propio Alfonsín.

Antes que los decretos fueran públicos, Menen -que era un líder nato, mesiánico y arábico-, Menem, que no confrontaba ni discutía ni entraba en polémica, llamó los integrantes de su gabinete y les dijo:

- Muchachos, los llamé para informarles, nada más. No les estoy pidiendo opinión, no les estoy preguntando qué les parece, no quiero saber si están de acuerdo o no. Sólo los pongo al tanto de que acabo de firmar los indultos y todos los milicos van a quedar libres.

Los integrantes del gabinete se quedaron mudos. Nadie se animó a discutir. Nadie se animó a decir una sola palabra. Sabían que el hombre que había sido votado por la mayoría del pueblo era él. Sabían que el liderazgo le pertenecía y que sus decisiones no se discutían. Reprimieron sus opiniones y, peor aún, algunos reprimieron sus sentimientos y volvieron a sus hogares.

No sabemos cuántos de ellos confesaron lo que estaba a punto de suceder. Si sabemos que uno no pudo evitar la explicación frente a su esposa. Había algo en la decisión presidencial que lo afectaba personalmente. No era sólo que se llamaba Carlos Vladimiro en honor a los mitos mayores de la izquierda mundial: Marx y Lenin. No era que tenía pasado en la izquierda argentina: el comunismo o el socialismo, lo mismo da. Era también que su familia había sido perseguida por esos mismos genocidas que ahora quedaban libres. Y había algo más: la familia de su mujer también había sufrido la represión.

- Y ahora cómo mierda le cuento esto -reflexionaba en su interior Carlos Vladimiro Corach mientras el chofer de su auto oficial lo llevaba, al final de la jornada, al hogar compartido con su familia.

Corach no era aún el super ministro del Interior qué sería en el futuro inmediato. Pero sí fue, Carlos Vladimiro, el hombre que llegó a su casa y con la cabeza gacha, llamó a su mujer y confesó:

(nota aclaratoria: nos permitimos dramatizar este momento, palabras más, palabras menos).

- Querida, tengo que contarte algo.

- ¿Qué mierda hiciste ahora?

- Yo nada. Es Carlitos. Va a firmar los decretos de indulto y van a quedar libres todos los milicos.

- Imagino que es una broma, Carlos Vladimiro.

- No es broma Teresa. Los va a dejar libres. ¡Los va a dejar libres!

- Pero Carlos, ¿sos pelotudo o qué? ¡Cómo carajo no le dijiste nada! Te llamas Carlos Vladimiro, ¡Carlos!

- ¡Qué mierda querés que le diga!

El diálogo entre el funcionario y su esposa se terminó ahí. Desde entonces y por largas semanas no volvieron a cruzar palabra. En sus cabezas aparecían las escenas de persecución y terror sufridas por la familia. Para peor, Carlos Vladimiro pensaba en su pasado comunista siempre negado -yo no fui comunista, yo fui socialista, insistía, mintiéndose a sí mismo-. Su función en el gobierno de Arturo Frondizi, gestión infiltrada por varios integrantes secretos del PC, confirma que estaba más cerca del rojo que del rosado.

Pero había otra imagen que al ministro de Carlos Saúl lo atormentaba más: la de su tío cordobés, Luis Corach, militante rojo y estudiante de Medicina en nuestra Universidad Nacional de Córdoba, que un día se enroló en las brigadas internacionales y viajó a España a enfrentar a Francisco Franco.

- Mi tío cordobés enfrentó al fascismo mundial y yo estoy en un gobierno que premia al fascismo -se lamentaba para adentro-. ¡Mi tío cordobés luchó espalda con espalda junto a la Pasionaria y yo me tengo que bancar esto! -, lloraba en soledad.

Fue justamente en honor a su tío cordobés y a toda la familia Corach que, cuando nació, al futuro superministro le pusieron Carlos Vladimiro.

- Te llamarás como Marx y como Lenin y honrarás sus nombres defendiendo a los trabajadores del mundo-, señaló el rezo laico que le dio la bienvenida al mundo.

Era evidente que no había ni honra ni honor. Desde entonces el apellido Corach, siempre rojos internacionalistas, pasó a ser sinónimo de conservadurismo. Lo fue Carlos, el ministro reprendido por su esposa. Esposa que estuvo meses sin hablarle. Pero esposa que bajó la guardia cuando vio que su hijo, el hijo de ambos, lejos de recuperar la línea familiar, se enrolaba en Juntos por el Cambio.

Igual, Carlos Vladimiro, a quien su mujer Teresa jamás perdonó, siempre quiso reivindicarse. Alguna vez Osvaldo Bayer acompañó a América Scarfó, vieja anarquista, a entrevistarse con el superministro con el fin de recuperar unos documentos. Esos documentos no eran más que viejas cartas de Severino Di Giovani, el líder ácrata, que habían quedado en poder del Estado argentino y que su amada América, a quien acompañaba Bayer, quería recuperar.

En aquel encuentro, Corach reflotó el origen de su nombre.

- Usted sabe, don Osvaldo, que yo me llamo así en honor a Marx y a Lenin.

Bayer, ácido como buen germano, lejos de cualquier cortesía o respeto por la investidura, le dijo amargamente:

- Poco honor les hace a sus nombres.

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