Pobrecita la moral

Cuando alguien habla de moral, hay que tener cuidado. Porque Argentina tiene una Academia Nacional de Ciencias Morales y da la sensación, al repasar quiénes la integran y en qué se funda su existencia, que la moral pierde por goleada.

Por Juan Cruz Taborda Varela

La Academia se conforma en una época verdaderamente inmoral: 1938, plena Década Infame. Y no lo hacen como una respuesta al fraude inmoral. Jamás dicen una palabra de eso. Al unirse los hombres -hombres- que la fundan, dicen: nuestro objetivo es profundizar estudios humanistas, difundirlos y evacuar consultas a los poderes públicos. Ok, está bien, bienvenidos. Sigan robando con las elecciones, gente de la Década Infame.

Pasaron más de 80 años de la creación de la Academia. Hoy, en el balance de su historia, dice la Academia de sí misma: hemos contribuido a la cultura del país. Ok. Veamos.

Actualmente la Academia tiene ocho institutos. Uno es el de bioética, integrado por el cordobés Carlos Rezzónico. Secretario de salud en dictadura, Rezzónico dictó una ley que prohibió, durante años, a las mujeres cordobesas, poder ligarse las trompas. Y pese a sus casi 100 años, fue un activo militante en contra de la ley de interrupción voluntaria del embarazo con argumentos más eclesiales que científicos. Uno a cero abajo la moral.

Otro de los institutos de la Academia es el de Política económica, que está dirigido por Ricardo López Murphy, el más fugaz ministro de Economía en la historia argentina. López Murphy es también el tesorero moralista. 2 a 0 la moral abajo. Lo acompaña Agustín Etchebarne, mal llamado liberal que propone cortarla ya con la educación y la salud pública. No dijo si piensa como su jefe Milei en relación a la venta libre de órganos. Un hígado, tengo un hígado en venta. Al lado de López Murphy está Alberto Benegas Lynch, el patriciado con todas las letras. ¿5 a 0 va abajo la moral ya? Ah, en Política Internacional está, atentos, Roberto García Moritán. Pero tranca, no es el esposo, es el suegro de Pampita.

Sentencias morales

Un ejercicio habitual de la institución es establecer dictámenes, como si fueran el Martín Fierro: sentencias morales. Bueno, son la Academia Nacional de Ciencias Morales. Tampoco son de laburar tanto: el último es de 2018 y, lógico, se llama: Declaración de la Academia en defensa de las dos vidas. El 90% de los académicos moralistas son hombres. En total, hay siete sobre el mismo tema. La idea fija. Con el aborto y también con Venezuela: se la pasan hablando del país caribeño y nada de, por ejemplo, el inmoral Bolsonaro. Una joyita: en junio de 2006 se declararon en contra de la vasectomía y de la ligadura de trompas. Ya no sé por cuánto va perdiendo la moral.

A cada asado de los moralistas llega, entre otros, Horacio Jaunarena, hasta hace poquito vicepresidente de la Academia y ex ministro de Alfonsín y De la Rúa. El hombre, siempre en la cartera de Defensa, tuvo una excelente relación con los sectores castrenses. La gorra siempre le cayó bien. Junto a él está Manuel Solanet, otra estrella moralista: el economista que fue funcionario de toda dictadura desde Onganía para adelante, con el mérito de ser el secretario de Hacienda de Martínez de Hoz y terminar de reventar la moral en su paso por el gobierno de De la Rúa.

La Academia tiene también integrantes de número, algo así como las figuras históricas de la institución. Entre otros está Horacio García Belsunce, el padre de la asesinada María Marta. Quizás su condición de amigo de Videla y el hecho de haber sido parte de todas las dictaduras desde 1955 le abrió las puertas de la moralidad argentina. Igual que a Alberto Rodríguez Varela, un integrante VIP de la Academia de Ciencias Morales: fue ministro de Justicia de Videla y su abogado por la causa de robo de bebés. Eso sí que es moral, carajo. Ah, además es el papá de Mariana Rodríguez Varela, conocida como ‘la loca del bebito’ y de Ignacio, el histórico secretario del extinto juez Bonadío.

La Academia tiene sitiales, algo así como una silla especial que lleva el nombre de algún destacado de nuestra historia como país. Uno de esos sitiales lleva el nombre de Pedro Eugenio Aramburu, el golpista del ‘55. Rodríguez Varela, el abogado de Videla, es quien se sienta en dicha silla. Y para la propia Academia escribió la “Evocación de Pedro Eugenio Aramburu”, en donde dijo:

- A medida que pasa el tiempo su austera figura se agiganta.

Che, basta: la moral la está pasando mal.

A las reuniones académicas también va como miembro pleno de moralidad Vicente Massot, el único periodista argentino procesado por delitos de Lesa humanidad, hermano de otro periodista que elogiaba sin disimulo a Hitler y Mussolini. Otro que es académico de número y ocupa el sitial Manuel Belgrano -pobre Manuel-, es el juez de la Corte Suprema Carlos Rosenkrantz. Un juez de la Corte que se reúne a comer asados morales con integrantes de todas las dictaduras. Goleada 10 a 0 abajo la moral.

Eméritos

La Academia también tiene eméritos: los que directamente son genios indestructibles, Superman de la moralidad. Bueno, no son tantos. Apenas uno: Leonardo McLean, médico que en una de sus últimas contribuciones habló del matrimonio entre personas del mismo sexo, al que no llamo igualitario sino “matrimonio homosexual” y del cual dijo, el doctor:

- Es imprescindible que toda la ciudadanía y todos los representantes del pueblo adviertan este episodio como lo que es: algo muy serio, irreversible, con consecuencias profundas y duraderas.

Después de varias páginas aburridísimas, concluye el emérito moral:

- Por todo lo que he expuesto, Señores Académicos, podemos concluir que se debe proteger al matrimonio entre varón y mujer.

A juzgar por los resultados, la defensa le salió bastante mal.

Volvamos: como integrante de la Academia está un integrante de la Corte Suprema. Y la Academia en donde está un integrante de la actual Corte Suprema aún mantiene publicada, con cierto orgullo, la declaración del 21 de mayo de 1976, en donde decía:

- El 24 de marzo, en forma unánime e incruenta, las Fuerzas Armadas, sector del pueblo destinado y preparado para salvaguardar la vigencia de la República, dieron fin a una de las peores demostraciones de crimen y desvergüenza de autoridades electas. Si es justo motivo de júbilo la caída de un gobierno que encarnaba un régimen de oprobio, también es de honda preocupación comprobar una vez más que solo las armas corrigen tales desbordes.

Disculpe moralidad argentina: queda excluida del diccionario.

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