Ramona Orellano Bustamante, a un año de su partida

Ramona es Semillas

Por Anabella Antonelli

Hacia el noreste cordobés, a 20 km de la localidad de Sebastián Elcano, Departamento Río Seco, está el paraje Las Maravillas. El camino es árido, dominado por lo que parecen infinitos campos de cultivos de exportación. Llegando a Las Maravillas aparecen oasis de monte. Antiguos árboles siguen erguidos ante la avanzada del desmonte para el agronegocio. Una tranquera y a cien metros, una casita. Allí vivió doña Ramona Orellano de Bustamante hasta que, el 18 de junio del 2021, a sus 95 años, falleció dejando una semilla de resistencia campesina.

“He vivido toda mi vida en este campo ¡De acá no me voy a ir!”

La vida de Ramona, hasta sus 77 años, podría ser la de muchas de nuestras abuelas. Nació en 1926 en el Paraje Las Maravillas. Fue la mayor de seis hermanes, se crió entre largas caminatas a la escuela de Puesto de Castro y el cuidado de cabras y ovejas. Don Orellano, su papá, era el propietario de las 236 hectáreas donde vivían. Su mamá le enseñó el trabajo en el campo, coser, tejer y bordar. Murió cuando ella todavía era pequeña. Tiempo después, Don Orellano se volvió a juntar y tuvo tres hijos más.

A los 22 años se casó y su papá cavó un pozo donde sería la casa de la nueva familia, en el otro extremo del campo. De les Orellano, Ramona fue la única que se quedó en esa tierra. Vivieron allí cuatro décadas hasta que en 2003, ya viuda y con 77 años, comprendió con su propio cuerpo las consecuencias del agronegocio para los y las habitantes ancestrales del campo profundo.

Un día llegaron las topadoras y desmontaron 200 hectáreas de monte nativo. Días más tarde, el 30 de diciembre de 2003, empresarios y policías fueron a desalojar a Ramona y a su hijo Orlando. Arrasaron con su casa, mataron a sus animales y arrojaron los escombros en el pozo de agua para inutilizarlo. Ellos observaban, lloraban, gritaban. No tenían dónde ir. La primera noche se acurrucaron ahí mismo, bajo un joven árbol de paraíso. Pasaron casi ocho meses en una carpa de nylon, a la vera del camino.

“Nunca pensé que me iba a pasar lo que me pasa ahora.”

La segunda familia de Don Orellano habría vendido el campo, con Ramona y sus hijes adentro, excediéndose en lo que legalmente le correspondía como herencia. El padre de los empresarios Edgardo y Juan Carlos Scaramuzza, de la localidad de Oncativo, compró el campo a un precio absurdo y comenzó a hostigar a Ramona para sacarla de esas tierras.

“En 1988 le hicieron firmar un documento. Ella no sabía leer y escribir, solo sabía firmar. Le dijeron que ella iba a estar ahí hasta su muerte, la estafaron y firmó bajo la presión de los varones que estaban ahí. Nunca supo qué firmó”, cuenta Andrea Quiroga, de la Unión Campesina del Norte, en el Movimiento Campesino de Córdoba (MCC). “Les pasa a muchas compañeras. Les mienten y terminan firmando una cesión de derechos o que se reconocen tenedoras y no poseedoras de la tierra”, explica.

El MCC acompañó la causa y Ramona y Orlando decidieron volver a instalarse en su tierra. Volvieron a levantar una casa, los corrales, hicieron un nuevo pozo de agua y una pequeña represa para los animales. Comenzó un largo proceso judicial de injusticia y violencias constantes. Desde la organización afirman que el sistema judicial, político y policial es cómplice de los despojos campesinos, dejando a pequeños productores de la agricultura familiar a merced de una agroindustria que no tiene respeto por la tierra y el monte nativo.

“¡Mátenme, pero de acá no me voy!”

Ramona falleció en Las Maravillas sin una resolución sobre su tierra. En 2013 los hermanos Scaramuzza iniciaron un juicio de desalojo al que la defensa apeló en primera instancia en la Cámara de Deán Funes. No hay dudas dentro de la causa que Ramona y Orlando han ejercido la posesión de ese lugar. Ha intervenido la Defensoría del Pueblo, la Secretaría de Derechos Humanos y la Secretaría de Agricultura Familiar dando cuenta de su forma de vida y su derecho.

“Orlando se presentó como continuador de la posesión de Ramona, pero también como poseedor particular porque él ejercía posesión también. Se ha presentado defendiendo esa posesión ancestral”, explica Victoria Gauna, integrante del MCC.

“Yo le vivo pidiendo a la virgencita que me den la tierrita mía, que no me dejen sin mi tierrita.”

Ramona se convirtió en símbolo de resistencia a un modelo productivo que se traga las tierras campesinas con la complicidad del Poder Judicial, político y policial. En Córdoba, “la emergencia ambiental se halla en un punto por demás crítico, al poseer una de las mayores tasas de deforestación del continente, que agudiza problemas existentes y expone a los productores campesinos a la violencia y el despojo”, afirmaron desde la UNC al entregarle el premio ARICÓ a Ramona en 2019.

El proceso creciente de concentración de la tierra configura un territorio para empresarios rurales y el negocio inmobiliario, expulsando a las grandes mayorías, desalojando o por los precios irrisorios del suelo. La tierra se entiende sólo como un bien de mercado, un espacio de especulación. “Al menos desde 1976, la tierra se va valorizando en una lógica del mercado financiero, ya no del mercado de bienes, entonces se despega muchísimo del valor de los salarios, eso hace que la concentración y la exclusión sean cada vez mayores”, explica Sergio Job, abogado militante en defensa de la tierra y coordinador regional en la Dirección Nacional de Promoción y Fortalecimiento de Acceso a la Justicia.

La Ley de Agricultura Familiar podría ser un remedio judicial para impedir desalojos, “pero los tribunales hacen una mala aplicación de la ley y en general, como no pueden demostrar que existió delito cuando van por la vía penal, ordenan el desalojo como medida precautoria”, afirma Job.

La ausencia del Estado en la regulación es notoria: “Hay una decisión, tanto de la Provincia como de Nación, de armar mesas de diálogo y concejos de la agricultura familiar que no se traducen después en políticas públicas para el acceso a la tierra de los campesinos y la agricultura familiar, y mucho menos para la protección y el arraigo”, afirma Gauna.

“No me faltó nunca la comida y el agua, porque toda la gente me traía”

“Cuando empecé en el Movimiento Campesino a la primera que vi fue a ella, compartimos unos mates y me di cuenta realmente lo que era la lucha campesina. También entendí que había muchas más Ramonas, los desalojos a campesinos nunca pararon”, cuenta Andrea y explica que en la pandemia se agudizaron los conflictos por la tierra.

“No sólo son campesinas, también son mujeres y son pobres, entonces es mucha más la discriminación, la violencia y la injusticia que viven”, refiere. Desde el MCC desarrollan acciones para empoderar a las mujeres entendiendo que son más vulnerables a la violencia del extractivismo.

“Extraño tanto esos mates dulces y ella tejiendo, haciéndonos gorritos de lana, puteando a los Scaramuzza -recuerda emocionada Andrea-. Cuando la despedimos había mucha gente de todos lados. Eso muestra el amor que fue sembrando.”

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