El último amante de Nora

Fueron casi cuatro meses de un proceso oral caótico, sin conducción del tribunal –que no puso límites a interrogatorios ajenos al objeto del juicio-, un fiscal ausente y sugestivamente coordinado con el defensor Marcelo Brito, que hizo valer su experiencia.

*Hernán Vaca Narvaja

Fue el epílogo previsible de una pésima investigación judicial. Y la consecuencia lógica de un juicio oral y (no tan) público en el que primó la ausencia de la figura del fiscal, aquél representante del Ministerio Público Fiscal (el pueblo de Río Cuarto) que debía apuntalar –o, en su defecto,modificar- la acusación con que la causa fue elevada a juicio: Marcelo Macarróninstigó el crimen de su esposa, cometido por uno o más sicarios a cambio de un “pago o promesa remuneratoria”.

Fueron casi cuatro meses de un proceso oral caótico, sin conducción del tribunal –que no puso límites a interrogatorios ajenos al objeto del juicio-, un fiscal ausente y sugestivamente coordinado con el defensor Marcelo Brito, que hizo valer su experiencia.

Fueron diecisiete semanas de un desfile de testigos intrascendentes, que expusieron su declamada amistad con el imputado y las inconfesadas loas al armónico funcionamiento de su matrimonio, nunca desmentidas por la ausencia en la sala –consentida entre fiscal y defensor- desus amantes. A Guillermo Albarracín, amante confeso de Nora, no se lo citó pese a ser la última persona a quien Nora le envió un mensaje desde su celular; a Alicia Cid, amante confesa de Macarrón, ni siquiera la pudieron ubicar. Ella igual hizo llegar un certificado médico excusándose para preservar su salud mental.

A tres meses de iniciado el juicio, Rivero y Brito recién pidieron una junta psiquiátrica para determinar si Cid podía declarar. Pero la testigo clave se ausentó de su domicilio. Diez días después, ante un pedido tardío cuya resolución extendería innecesariamente los plazos de un juicio agotado, Rivero renunció a su testimonio. Pero además pidió que no fuera incorporada la declaración queestá en el expediente y compromete a Macarrón. Que además ya había sido introducida cuando se leyó la acusación contra el viudo, donde los dichos de su amante ocupan… ¡ocho páginas!

Quien sabe, Alicia

¿Qué dijo Alicia Cid en la declaración que el fiscal excluyó del debate? Que en julio de 2007, a ocho meses del crimen de Nora, pidió licencia en tribunales por padecer un “Trastorno de Ansiedad Generalizado”, que fue renovando durante dos años en base a ese y otros diagnósticos -Trastorno Depresivo, Trastorno por estrés, Reacción Vivencial anormal, Trastorno con rasgos depresivos paranoides-, “todas patologías de origen psiquiátrico”. Hasta que la jubilaron por invalidez en agosto de 2014. En ese lapso se ocultó en un convento de monjas en San Luis, hasta que pudo –gracias a la medicación y el tratamiento psiquiátrico- vivir sola en un departamento en esa ciudad. Luego se radicó en la ignota localidad de Salsipuedes, donde se cambió el nombre y carece de vida social.

La palabra de Alicia Cid era fundamental de la acusación de Pizarro. A tal punto que el día que declaró decretó el secreto de sumario, impidiendo el acceso a los abogados de Macarrón, que todavía estaba imputado como autor material del crimen. Esa decisión impidió que Brito presenciara la declaración de Cid, por lo que iba a pedir su nulidad. No hizo falta: el propio Rivero descartó la comparecencia de la testigo y pidió además que se excluyera del debate su declaración ante Pizarro. En cambio, pidió incorporar la primera declaración, donde Cid negó su relación amorosa con el imputado. No hubo controversia, ni hubo debate, ni hubo incidentes procesales. Todo fluyó en perfecta armonía entre fiscal y el abogado defensor, con el consentimiento del complaciente tribunal presidido por Daniel Vaudagna.

Antes del crimen de Nora, Alicia “no había registrado nunca antes una patología de origen psiquiátrico”, destacó Pizarro. Y recordó el triste derrotero de la amante de Macarrón desde el fin de semana de noviembre de 2006 en que su amante la invitó a acompañarlo a Punta del Este y, ante su negativa, le sugirió que igual se ausentara de la ciudad. Recordó que viajó a Pergamino y a su regreso volvió a intimar con Macarrón varios meses, hasta que su psiquiatra le sugirió que lo dejara porque era públicasu relación con la abogada María Pía Cardoso. “Yo estaba asustada, tenía miedo que me pasara lo mismo que a Nora, me cuidaba de tener las ventanas cerradas, miraba constantemente por el espejo retrovisor del auto, casi no manejaba y tenía temor de entrar el auto en la casa, me movía en un remís ya que los periodistas me acosaban todo el tiempo”, contó Alicia. Y aclaró que su temor no eran los periodistas: “No. Tenía miedo real. Miedo a que me mataran”.

Cinismo

Alicia contó su relación con el viudo, su indignación cuando se enteró por la prensa que Facundo era gay –“parecía mucho más preocupado por la condición sexual de su hijo que por haber perdido a su mujer”-, sus aires de “nuevo rico” –“le gustaba alardear de su excelente posición económica”- y su ostentosa relación con gente poderosa como Daniel Lacase y Miguel Rohrer. “Marcelo es una persona actora”, lo definió.

Cid denunció ante Pizarro que la primera vez que declaró cambiaron sus dichos en el acta que fue incorporada al expediente: “Yo relaté mi relación con Macarrón igual que lo hice ahora ante el fiscal (Javier) Di Santo, pero cuando él se retiró el policía que tomaba el me dijo que no debía declarar cosas de mi vida privada (…) y luego de borrar esa parte me hizo firmar la declaración testimonial”. Esa declaración irregular sí fue incorporada al debate… ¡a pedido del fiscal Rivero!

Entre Rivero y Brito dejaron fuera del juicio 160 testigos, entre los que estaban el jefe de la Policía de Río Cuarto, Sergio Comugnaro; el golfista que desmintió haber practicado con Macarrón, Arturo Pagliari; y el comisario que quiso cerrar el caso inculpando a un “perejil”, Rafael Sosa. Y nada le preguntó –“para que no se autoincriminaran”- a Daniel Lacase y Silvia Magallanes, a quienes sindicó como posibles autores intelectuales del crimen, pero ni siquiera les pidió el procesamiento por falso testimonio. Tampoco a Ricardo Araujo, ex mano derecha de Rohrer, que se burló del tribunal con su falta de memoria cuando declaró.

Al cierre de su alegato, Rivero pidió –y el fiscal consintió- que Nora fuera declarada “víctima de violencia de género”. Y que el expediente fuera remitido a otra fiscalía para seguir investigando (sic) una causa prescripta. ¿Qué hipótesis debería investigar el nuevo fiscal? ¡La del amante!Rivero dice ahoraque el asesino dejó su ADN en el cinto de la bata. ¿Quién era? No fue su marido –donante casi excluyente del ADN hallado en el cuerpo de la víctima, las sábanas de la cama donde fue asesinada y el propio cinto homicida- porque estaba en Punta del Este; no fue su amante confeso, Guillermo Albarracín, porque también estaba en Uruguay; no fue Miguel Rohrer, porque su ADN no está en el cinto homicida.

Entonces, ¿quién mató a Nora Dalmasso? ¡Su amante! Uno que nadie conoce y del que nunca se habló en el expediente. Esa es la perspectiva de género que Rivero le imprimió al juicio más escandaloso del que se tenga memoria. A 15 años y medio del crimen impune de Nora Dalmasso, el Poder Judicial de Río Cuarto le endosó su cuarto amante.

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