Diego Tachella: "Tener un policía más en cada puesto de control no soluciona el problema de la violencia urbana"

El psicólogo y docente de la Universidad Siglo 21 advierte sobre la naturalización de la violencia y apunta contra los medios de comunicación y las redes sociales como responsables de esa normalización hacia el seno de la sociedad.

Por Guillermina Delupi

Además de ejercer la psicología de manera particular y la docencia en la UE Siglo 21, Diego Tachella forma parte del equipo de investigación de la SeCyT (Secretaría de Ciencia y Tecnología) dependiente de la Universidad Nacional de Córdoba. En diálogo con MI Córdoba, el psicólogo señala que estamos asistiendo a la pérdida del reconocimiento del otro como un igual y que la crisis económica irá profundizando estas distancias y sus problemas cada vez con mayor fuerza.

- ¿Qué se considera hoy violencia urbana?

- Es una definición que alude a la violencia que se da en las ciudades, aunque como constructo es bastante ambiguo de definir. Cualquier investigación que busca profundizar sobre violencia urbana apunta a la violencia que se ha dado a fines de los ‘80 y en los ‘90 en ciudades como Cali (Colombia) o en ciudades cercanas a Sao Paulo (Brasil), donde ciertos grupos organizados han tomado barrios y ejercido la violencia con armas. Aun así, Cali es el ejemplo de una ciudad en la que la cantidad de homicidios bajó un 45% en cinco años a partir de ciertas acciones comunitarias, que tienen que ver con atender qué les está pasando a las víctimas y qué soluciones ven ellos mismos, en contraposición a soluciones que llegan armadas desde arriba. Hoy en Argentina en la ciudad que más violencia urbana encontramos esRosario. Pero acá estamos usando la definición de violencia urbana para episodios más aislados.

- Aislados, pero en crecimiento. En el tránsito se ve mucho, como el caso reciente en el que una discusión terminó con una mujer apuñalada.

- Sí, es interesante porque acá surge la pregunta de por qué alguien lleva un cuchillo en la guantera de su auto o va con un arma de fuego. Y empiezan a aparecer falencias más estructurales. ¿Vamos armados porque necesitamos defendernos, porque nos van a agredir o porque estamos dispuestos a agredir? Es decir, aparecen cuestiones que tienen que ver con otras cosas.

- ¿Con cuáles?

- Una es la naturalización de la violencia, que tiene que ver con la violencia cultural. Unos hinchas de fútbol se bajan de un colectivo y corren a los tiros a los piqueteros y eso no nos sorprende. Y, por otro lado, hay una violencia estructural donde hay grupos que tienen la posibilidad de ejercer el poder y eso está instaurado así. El otro día leía un texto de Rita Segato sobre la cultura de la cancelación, que reflexionaba sobre lo siguiente: para que una cancelación tenga efecto tiene que haber alguien que pueda liderar y sostener esa cancelación en el tiempo. Es decir: tiene que haber un poder en esa estructura que puede determinar o amplificar a quién se puede cancelar o a quién no. Si vienen los chicos de barrio Müller a querer cancelar a alguien porque les canta en contra, quizás no tengan el mismo poder o no se sostengan de la misma manera que si alguien cancela a María Becerra, por poner un ejemplo.

- ¿Cuáles son los factores predominantes de la violencia urbana?

- La pérdida del reconocimiento del otro como un igual, como una persona con diferencias, pero con derechos. De golpe yo asumo que el que tiene todos los derechos soy yo y que el otro no los tiene. Es como un borramiento de la posibilidad de empatía, cuando convierto al otro más en una cosa que en una persona; en el objeto de mi bronca, de mi enojo, de mi fastidio, en culpable de lo que me pasa. Por otro lado, en muchos casos el factor común es no tener a quién recurrir. Ahí es donde falla lo organizativo, que me deja solo ante otro al que no considero alguien con quién pueda identificarme.

- ¿Esta falta de empatía tiene que ver con la falta de perspectivas de vida, con la desigualdad?

- Creo que sí. Vivimos en una sociedad con un marcado individualismo. Si yo me salvo, los demás que se arreglen. Entonces pierdo la capacidad de identificarme con un nosotros más amplio y me identifico con un nosotros en contra de ellos, que son diferentes. Y eso genera mucha violencia, o mucha tensión por lo menos. Vos recordarás “La hora del lobo” (NdR: un documental que reflejó los saqueos del 3 de diciembre de 2013, cuando la policía se acuarteló y dejó la ciudad “liberada”). Bueno, esa noche hubo una parte del tejido social que se terminó de desgranar. La gente bajaba de los edificios, ponía barricadas y le pegaban a cualquiera que pudiera parecer un saqueador para defender Nueva Córdoba. Ahí había una distancia entre los saqueadores y nosotros. Y esa distancia se percibía de la misma manera de ambos lados. Esa desigualdad social, que esa noche se puso en evidencia, sigue estando y se incrementa. Estamos en una crisis económica que va a profundizar estas distancias y sus problemas.

- ¿Cuál es la responsabilidad de los medios de comunicación y de las redes sociales?

- Las redes hoy funcionan como grandes amplificadores. Y los medios más tradicionales muchas veces se ven atropellados por las redes. Luego está la polarización entre los medios oficiales y los opositores, no olvidemos que los medios nos dan un contexto de lectura, se comportan como una cámara de eco de lo que yo pienso, a favor o en contra. Hay como una suerte de esquizofrenia, una separación de lo real por un relato. Y en ese relato a los medios se les va un poco la mano buscando espectacularizar las noticias y construyendo relatos que atrapen. La repetición en los canales, radios y diarios de los hechos de violencia contribuye a la normalización de la misma en la sociedad, una naturalización a la que nos acostumbramos y perdemos capacidad de reacción y de asombro.

- ¿Y en lo colectivo?

- Como colectivo necesitamos entender que, si estamos ganando en una discusión o nos sentimos representados de alguna manera, hay otros colectivos que no y que esas diferencias no necesariamente tienen que ser igualadas, sino que pueden ser dialogadas y discutidas. Es ahí donde aparecen las tensiones, se compite para ganarle al otro, para destruirlo y no podemos existir sin el otro: no puede haber oficialismo sin oposición y viceversa.

- ¿Y el rol del Estado?

- Creo que tiene una responsabilidad sobre toda la sociedad y debe volver a construir poder para que estas soluciones puedan surgir con las bases y recomponer ese diálogo, que está roto. Pero nosotros criticamos al Estado como si no fuéramos nosotros y el Estado somos todos. La función va a seguir estando cuando ellos se vayan, pero encontramos funcionarios que están más preocupados por cómo salen en los medios que por hacer lo que tienen que hacer. Ahí sí veo falencias en el Estado.

- ¿Desde dónde se debería abordar la problemática?

- Logrando una articulación entre el Estado y la comunidad. Ahí podríamos empezar a pensar en el abordaje del problema de la violencia urbana. La responsabilidad del cambio no es solamente del Estado, porque bajar medidas y tener un policía más en cada puesto de control no es la solución.

Abuso mediático a jóvenes de pueblos originarios

En el marco del proyecto de investigación “Abuso mediático: análisis en casos de producción y recepción de discursos mediáticos para densificar la categoría”, desde la SeCyT se propusieron analizar el tratamiento mediático que recibieron los abanderados descalzos del norte argentino por parte de la prensa on line en relación a la producción y reproducción de violencias sobre estos niños y sus comunidades de pertenencia. Entre los resultados obtenidos, se destaca la “estigmatización de las poblaciones originarias a las que pertenecen los abanderados y se hace hincapié en la representación social de que están descalzos sin una mayor lectura de contexto”. Además, “se relaciona a los pueblos originarios con adjetivos como pobres, sucios, descalzos, pobrecitos y hasta incapaces de modificar por sí mismos su situación; y en la producción y reproducción de sentidos no se da lugar a las voces de los mismos actores y participantes, salvo muy pocos medios locales, produciéndose así un abuso mediático sobre los jóvenes integrantes de los pueblos originarios”.

América Latina, la más violenta del mundo

Según un informe del Observatorio de Estudios sobre Convivencia y Seguridad Ciudadana, América Latina sigue siendo la región más violenta del mundo. “Así lo expresan las tasas de homicidio hoy vigentes: Cali tiene 54 muertes cada 100 mil y Medellín, 18 muertes cada 100 mil. En tanto que Córdoba tiene una tasa de 2,3 muertes cada 100 mil habitantes. La baja de este índice en la provincia quizá se explique por la intervención de la Policía Barrial, de los concejos barriales, o por las políticas de territorialidad”, según indica la estadística. El Observatorio está compuesto por académicos de la Maestría de Estadísticas y Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), la Universidad Nacional de Villa María (UNVM), el Instituto Federal de Gobierno de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica de Córdoba (UCC), y la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC).

*Fotos: Diego Cabrera

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