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Amalita, una vida de poder (1era parte)

Amalia Lacroze de Fortabat es sinónimo de mujer millonaria, poderosa y también de excéntrica. Vinculada a todos los gobiernos, heredó de su esposo una fortuna y supo multiplicarla por miles. Venía predestinada desde chiquita.

Por Juan Cruz Taborda Varela

Los Lacroze no eran familia adinerada, pero sí eran familia tradicional de Buenos Aires. No era lo mismo: tener dinero no siempre da prestigio y accesos a los pasillos del poder. Tener prosapia, pasado y abolengo, sí. Y eso eran los Lacroze, una familia patricia de Buenos Aires. Su vínculo con el patriota uruguayo Manuel Oribe y con Federico Lacroze, tío abuelo cuyo nombre hoy bautiza una estación de subte que en Córdoba escuchamos cada día de los noticieros porteños, da fe de esa prosapia.

La prosapia obliga a ciertos protocolos. Por caso, la niña Amalita, a sus 15, fue presentada en sociedad como se presenta el ganado vacuno en Liniers: buscando el mejor postor. El palacio de su amiga María Rosa Green Devoto fue la sede de la exposición y la revista El Hogar, en su edición de junio de 1940, habló de ella: “La juvenil personalidad de Amalia Lacroze Reyes imprime a su colección una gracia extraordinaria”. La imagen muestra una niña retratada, a medio camino entre foto y dibujo, con una cintura avispada y una belleza que no tenía. Otras de las amigas presentes ese día eran Ana Helena Martínez de Hoz y Marta Bilbao Bullrich. La Argentina de ayer y hoy.

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Amalita con Cavallo y De la Rúa.

Amalita con Cavallo y De la Rúa.

Desde jovencita, Amalita perteneció a los círculos del poder por designio familiar. Un ejemplo: cuando el ya reconocido mundialmente Walt Disney llegó por primera y única vez a la Argentina en septiembre de 1941, allí estaba Amalita. El dibujante pisó nuestro país para presentar su hit “Fantasía”. La cita fue en el cinematógrafo Broadway, en donde ofició de organizadora Sofía Santamarina de Bosh Alvear en beneficio del Centro Obrero de Instrucción. Entre los pocos elegidos había figuras públicas, ministros, empresarios y Amalita con papá y mamá. La visita de Disney no era sólo para acompañar su éxito: tenía un fin ideológico, que era aplacar posibles conflictos rojos y obreros. Eso se supo después. Walt había viajado a Sudamérica como parte de la misión diplomática "Política del Buen Vecino" que llevaba a cabo Franklin D. Roosevel, el Perón de ellos.

En esas mismas épocas Amalita era parte de la comisión Pro ayuda a los necesitados del Norte, “para ayudar a los menesterosos” de las provincias más pobres. La comisión era presidida por la casi reina Adela Leloir Unzué de Rodríguez Larreta, la abuela de Horacio, el actual intendente de Buenos Aires. Función en el Colón con palcos a mil dólares fue la primera actividad. Amalita tenía 20 y se cruzó por primera vez con Alfredo Fortabat, quien estaba acompañado de su primera esposa. Alfredo tenía 47, 27 años más que Amalita.

Además de ballet, hubo cena con ostras y champagne y baile en honor a los llamados menesterosos. Los platos más caros, las joyas más deslumbrantes, los vestidos que se conseguían sólo en París, la presencia del presidente Castillo y Amalita y Alfredo: el poder y el dinero, todo por los menesterosos.

Lo que viene es más conocido. Capitalismo paternalista. No había nada mejor que ser obrero en Olavarría: sueldos altos, casas de regalo, protección como una gran familia. Y acuerdo con todos los gobiernos. En la dictadura, Amalita fue pro militar y amiga de Massera y en el ‘83 se declaró alfonsinista, pero Alfonsín jamás se declaró Amalito. Fue invitado infinidad de veces a los actos y actividades de la empresa y la Fundación. En sus casi seis años de gestión jamás fue. El que iba en su lugar, muy contento, era el cordobés Víctor Martínez.

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Amalita Lacroze de Fortabat.

Amalita Lacroze de Fortabat.

No todas fueron rosas. Amalita debió soportar que su única hija, Inés Lafuente, se casara con alguien que expresaba todo lo contrario a la gran dama del cemento. Julio Amoedo fue el yerno de Amalita. No sólo era más grande que ella, que su propia suegra, sino que era un dirigente político que desde el Partido Conservador Popular se convirtió en aliado del peronismo de Vicente Leónidas Saadi. Íntimos, el viejo Saadi y el yerno de Amalita crearon el diario La Voz del Mundo, que se financiaba con dinero que Montoneros había recaudado en sus secuestros extorsivos y que tenía, el diario, a Firmenich, oculto en el exilio, como principal columnista. Amalita sufría.

En el ‘89, la empresaria se volvió una ferviente menemista. No sólo defensora del modelo que terminaría por derrotarla, sino también una íntima amiga del presidente, que la nombró Embajadora Plenipotenciaria y titular del Fondo Nacional de las Artes. Una empresaria al frente de la mayor institución oficial encargada de la producción artística. Hoy la presidenta es Diana Saiegh, arquitecta por la UBA, perfeccionada en La Sorbona y ex directora del Centro Cultural Recoleta y del Museo de Arte Tigre. Amalita era millonaria: esa era la Argentina de los ‘90.

Amalita y Carlos se querían. O se necesitaban. O se necesitaban y por eso se querían.

En cada cumpleaños de Amalita, junto a Mirta, estaban Susana, Bernardo y Mariano: los ‘90. Y también estaba Carlos Saúl. El desafío del regalo era lo más difícil. Qué regalarle a la mujer más rica del país. Lita de Lazari, que había compartido con Amalita el amor por los sobrevivientes de Malvinas, un año lo resolvió fácil: un kilo de masas secas de la confitería que más le gustaba a la señora Lacroze. Pero el presidente no podía caer con medialunas. En 1992 le regaló un globo terráqueo de cristal con incrustaciones en lapislázuli, rubíes y diamantes con un cartelito que decía: El mundo está a tus pies.

Al año siguiente, cuando Amalita cumplió 72, el presidente volvió a sorprenderla. El regalo fue el más mentado de la fiesta y a cada invitado, la dama de los millones arrastraba hasta la sala donde el objeto posaba, misterioso y único.

- Mirá lo que es eso, ¡mirá! -festejaba Amalita, que no paraba de reír y agradecer al presidente argentino la originalidad del obsequio.

Apoyado en una mesa, inerte y sin gracia, un oso de peluche enorme y horrible fue la prueba más cabal del amor entre el riojano y la dama del cemento, a quien le gustaban los osos pero no las novelas de Federico Andahazi. Eso será en la próxima entrega.

(Historia reconstruida a partir del libro Amalita, la biografía, de Marina Abiuso y Soledad Vallejos)

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Evita y Carnevale.

Evita y Carnevale.

La respuesta de Grahovac

El senador innominado

El Ministerio de Educación de la Provincia finalmente respondió a la insistente consulta de Mi Córdoba sobre el derrotero del expediente burocrático iniciado hace más de una década para ponerle a la Escuela de Minería de José de la Dormida el nombre del senador nacional Luis Agustín Carnevale, cuya figura ha sido prácticamente borrada de la historiografía cordobesa. Desde la cartera que conduce Walter Grahovac señalaron que "el expediente de imposición de nombre no está concluido" y que, además, el mismo volvió varias veces a la escuela por pedido de Fiscalía, solicitando información. "Ahora lo hemos reclamado -aclararon- vía Dirección General para darle continuidad y concretar la imposición de nombre".

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