Por Juan Cruz Taborda Varela
Amalita, una vida de poder (4ta parte)
Para algunos millonarios, el poder económico es todo y prefieren recostarse en él como único capital. Eligen un segundo plano y aman el anonimato. No fue el caso de Amalita, que amó tanto su fortuna como la trascendencia pública. Al punto de tal de crear su propio equipo de fútbol y lograr la proeza impensada: derrotar a la imbatible Unión Soviética de inicios de los '80.
Aquel abril de 1982, visto en perspectiva desde este presente, debió haber sido copado por un único y fundamental tema: desembarco en Malvinas e inicio de la guerra. ¿Se habrá hablado de otra cosa? ¿Se pudieron realizar otras actividades, banales, en pleno conflicto bélico?
Amalita pudo, qué duda cabe. Pero para Amalita, derrotar a la potencia comunista de Lenin y Trotsky no era un hecho banal: era el enfrentamiento definitivo entre su capitalismo y la amenaza que desde 1917 pendía sobre su cabeza.
Vamos al 14 de abril de 1982. La dictadura de entonces ya había anunciado el despliegue de las tropas nacionales sobre las islas y el fervor nacionalista invadía cada poro de la Argentina. La paradoja es que mientras allá en el sur los conscriptos comenzaban a pasar hambre y frío, acá en el continente muchos seguían la vida cotidiana como si nada pasara. Un ejemplo de ello fue el fútbol.
12 días después del desembarco, la Selección Argentina tenía compromiso con una dupla difícil de igualar en los tiempos: el Diego y el Matador Kempes. Menotti alistaba los mejores para recibir a la potencia mundial que hacía tres años, desde 1979, no perdía un partido. La Selección de la Unión Soviética, el gigante comunista, llegaba al estadio de River para enfrentar al equipo campeón del mundo, dirigido por César Luis Menotti.
El gol de Ramón Diaz no alcanzó para el triunfo. La Selección roja logró el empate a poco del final y todos quedaron conformes: los soviéticos seguían invictos y Argentina mejoraba su performance para el Mundial de España.
El partido de la URSS frente al campeón del mundo (que éramos nosotros) era el único previsto. El combinado extranjero cumplía su compromiso y continuaba su gira. Pero un equipo del interior de la provincia de Buenos Aires, que ya había quedado afuera del Campeonato Nacional y necesitaba ocupar a sus jugadores -y justificar sus altísimos sueldos-, ofreció otro amistoso. La iniciativa partía de ella, la dueña del equipo, la hincha número uno -quizás, también, la única- y conocida como la Dama del Cemento. Amalita Lacroze de Fortabat puso 30 mil dólares sobre la mesa y la Selección soviética no dudó: Olavarría sería la sede del cruce entre el capitalismo empresarial, de la mano de Loma Negra, el equipo de Amalita, y el comunismo estatizante, a través de la representación soviética.
Insistimos: el desembarco tenía apenas 15 días, dos semanas. La Argentina estaba en guerra, miles de jóvenes vidas en riesgo, un país desangrado por el asesinato y/o desaparición de 30 mil personas. Pero de igual modo, el 17 de abril de 1982, a dos semanas del inicio de la guerra, Argentina, Olavarría y Amalita se olvidaron por un momento de las Malvinas y pusieron toda su atención en el choque entre las dos potencias. Bueno, una potencia y un país del orbe comunista…
La prensa los llamaba jugadores, pero lo cierto es que quienes integraban el plantel de Amalita eran empleados al modo de las Sociedades Anónimas que arribarían al fútbol local unos 20 años después. Amalita se anticipó al sueño de Mauricio Macri y Andrés Fassi, entre otros dirigentes que buscan instalar el modelo empresarial en las entidades deportivas. Amalita lo hizo y logró que sus empleados/jugadores se acostumbraran al buen trato y a recibir atenciones suntuosas. En la previa del partido, accedieron a los cuidados más excelsos. Se concentraron en la estancia San Jacinto, la residencia familiar de los dueños de la cementera en Olavarría, e hicieron las prácticas en los jardines de la mansión.
El 17 de abril, bien temprano, unos 15 mil hinchas de Loma Negra (¿hinchas?) coparon las nuevas tribunas de cemento construidas para el cruce que se jugaba a las 11 de la mañana. Los invitados especiales -Mariquita Valenzuela, Alberto Martín y otras estrellas de la TV del momento-, tiraban papelitos como si se jugara otra final del Mundial. Radio Rivadavia y Canal 11 transmitían en vivo (EN VIVO) para todo el país. Con los jugadores de uno y otro equipo, se interpretó el Himno Nacional al ritmo que imponía la banda del Regimiento de Caballería. No era un simple partido de fútbol: era la dignidad nacional representada por Amalita y su equipo frente al equipo del mal, vestido de rojo, que encima no perdía desde hacía tres años.
Con los 30 mil dólares en el bolsillo, el entrenador ruso dispuso que jugaran los suplentes: no podía haber sorpresas ante un equipo menor como Loma Negra. Pero los chicos de Amalita, que se habían alimentado como nunca en su vida en los días previos, salieron a comerse la cancha. Mario Husillos, el ex delantero de Boca que ahora vestía los colores de la cementera, puso el 1 a 0 antes del fin del primer tiempo. En el entretiempo, los soviéticos pidieron a los locales que no fueran tan fuerte, que era apenas un amistoso. Pero para los de Amalita no había amistoso.
En el segundo tiempo la Unión Soviética rearmó el equipo con los habituales titulares. El gigante no podía dejar el invicto ante un equipo sin historia y que tampoco tenía futuro. Pero no alcanzó: los 11 de Amalita, con Osvaldo Rinaldi -campeón mundial en Japón hacía tres años- al frente, dieron batalla y el triunfo fue para el capitalismo nacional y cementero, que derrotó en el campo de batalla a la Selección del país que para Amalita representaba al propio demonio.
Ese 17 de abril de 1982 la estancia San Jacinto fue la sede de los festejos. Los jugadores, sus familiares, todo los Lacroze, brindaron hasta que se puso el sol. En las Malvinas los soldados empezaban a caer como moscas, pero en el país del fútbol, lo que importaba era que el monstruo comunista había perdido el invicto a manos de Amalita, la dama del cemento. Y ahora, también, de la pelota.
Por lo tanto, volviendo al comienzo, uno se pregunta: con tanto dinero, ¿para qué más? ¿Por qué exponerse en el mundo del fútbol, históricamente machista, teniendo casi todo? Alguna vez Amalita se autodefinió. Y en esa autodefinición quizás esté su respuesta:
- Yo soy de barrio. Tengo títulos, nobleza, pero soy de abajo.
La alfombra Mundial
Las excentricidades de Amalita incluyeron de todo. Alfonso Prat Gay custodiando su fortuna por un lado y el sueño de una alfombra catamarqueña por otro: así era ella. Después de inaugurar una planta de su propiedad en la provincia norteña, les encargó a mujeres artesanas de telar un trabajo que, a la postre, sería monumental. Tardaron, las mujeres de Catamarca, cuatro años en hacer la pieza de 5 metros por 10, que tuvo un costo de cuatro mil dólares. Cuatro años en terminarla. Crecía, por la complicada técnica, apenas 10 centímetros por mes. Había otro problema: Amalita había hecho un pedido de colores especiales, todos naturales. Debido a que se demoraba tanto el armado, con el tiempo los tonos se iban modificando y Amalita, al ver el cambio, obligaba a que la rehicieran. Finalmente, la otra tuvo tres mil nudos, pesaba más de dos mil kilos y debió ser subida con una grúa al piso de Amalita en la Avenida Del Libertador.

