¿Cambia el escenario político en la provincia? Cristinazo en Córdoba

En apenas unas semanas se pasó de una concurrida marcha en apoyo a Cristina tras el pedido de condena del fiscal Luciani a la condena unánime de la dirigencia política mediterránea ante el fallido intento de magnicidio. La centralidad de la vicepresidenta cambia el tablero político nacional y abre interrogantes sobre lo que sucederá en Córdoba.

Por Hernán Vaca Narvaja / @HVacaNarvaja

Las imágenes que el jueves a la noche martillaron una y otra vez la conciencia de millones de argentinos en las pantallas de televisión, computadoras y celulares, marcaron una bisagra tras una semana cargada de tensión institucional yviolencia política. Aunque no fue la causa eficiente del estallido en las calles, sin duda fue el disparador de esta situación el desmedido embate judicial (sic) del fiscal Diego Luciani y los 12 años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos que pidió para Cristina Fernández de Kirchner por su presunta responsabilidad en la denominada “causa Vialidad”. La reacción popular no se hizo esperar: hubo movilizaciones y muestras de adhesión a la vicepresidenta en todos los rincones del país.

La acusación judicial llegó justo cuando la economía desmadrada del país parecía (re)encaminarse de la mano de un abanderado de “la avenida del medio”, el moderado Sergio Tomás Massa, flamante ministro plenipotenciario que aterrizó en el gabinete del alicaído Alberto Fernández con la misión urgente de calmar a los mercados y evitar el colapso financiero que auguraba la traumática renuncia de Martín Guzmán.

Con una economía un poco más calma, la acusación de Luciani parecía un nuevo punto de partida hacia la polarización política del país, en un escenario mediático-judicial que devolvió la centralidad perdida a la ex presidenta. La duda de muchos era si Cristina tendría la capacidad y el margen de maniobra suficiente para capitalizar la persecución judicial en un su contra con un (re)lanzamiento político. Hasta que el jueves a la noche, un fanático influenciado por el discurso del odio pregonado sin cesar por los grandes medios de comunicación, le martilló una pistola a diez centímetros de la cabeza. Milagrosamente, la bala no salió.

La resurrección

La brutal imagen de la pistola a centímetros de la cabeza de Cristina generó una reacción popular espontánea. No hubo dirigente político –con excepción de la inefable Patricia Bullrich y los repentinamente sigilosos libertarios- que no manifestara su solidaridad con la vicepresidenta y alertara sobre el peligro que el frustrado magnicidio implicó para el sistema democrático.

Desde el gobernador Juan Schiaretti –cada vez más refractario al peronismo nacional- hasta el converso antikirchnerista militante Luis Juez se quedaron sin margen para minimizar la gravedad de lo ocurrido y acompañaron la conmoción institucional provocada por el fallido atentado. Sólo el diputado nacional Carlos Gutiérrez desentonó cuando advirtió, en declaraciones realizadas en Río Cuarto, que el oficialismo nacional estaba “sobreactuando” la gravedad del episodio. Su prédica, parafraseando a Tomás Eloy Martínez, sonó como un solo de batería en un entierro de angelitos. Y causó malestar incluso entre las propias filas del peronismo cordobés, que entendió el sentimiento popular que hizo propia la angustia generalizada que implicó el frustrado magnicidio. No parece casual que el intendente de Córdoba y número puesto para la sucesión de Schiaretti, Martín Llaryora, fuera uno de los primeros en manifestar su solidaridad con la ex presidenta.

A nadie se le pasó el dato de que la movilización del viernes en Córdoba prácticamente triplicó en cantidad de gente a la que se había convocado para repudiar las acusaciones del fiscal Luciani. Los propios medios capitalinos admitieron que hubo más de 50.000 personas en las calles de la Docta. Hasta en Río Cuarto, tierra adversa al kirchnerismo y poco afín a las movilizaciones, se congregaron más de cinco mil personas en la Plaza Roca, desde donde marcharon al juzgado federal para desembocar en el Concejo Deliberante, donde entregaron una nota al presidente del cuerpo y los jefes de bloque, que no participaron de la movilización.

La persecución judicial y el frustrado atentado contra Cristina la volvieron a ubicar en el centro de la escena política. Y será difícil bajarla de ese lugar. Sobre todo porque la coalición que ella misma pergeñó no da pie con bola, Alberto aparece cada día más debilitado y Massa es la esperanza blanca de un sector minoritario del Frente de Todos. De la unidad en la adversidad emergió, intacto, renovado y aparentemente insustituible, su liderazgo político. De confirmarse la tendencia, lo más probable es que una eventual candidatura presidencial suya vuelva a polarizar a un electorado que, del otro lado, tendrá que elegir entre halcones y palomas.

¿Qué sucederá en Córdoba? ¿Aprovechará el kirchnerismo para reagrupar fuerzas luego de su virtual disolución tras la renuncia de Pablo Carro a presentar lista propia en la última elección de gobernador que ganó Schiaretti? ¿O apostará por acompañar la candidatura de Martín Llaryora para que el peronismo no pierda su hegemonía política en Córdoba? “Falta mucho. Falta un Mundial”, ironizó un hombre cercano al intendente de Córdoba.

“El Partido Judicial lanzó la candidatura de Cristina”, se entusiasmaban semanas atrás integrantes de la coalición oficialista que mastican su impotencia ante la falta de rumbo y la indecisión permanente del presidente Fernández. Después del frustrado atentado, admiten, la sensación es que no hay vuelta atrás: Cristina está lanzada. Y con su eventual candidatura, la grieta, contrariamente a las declaraciones políticamente correctas que todos hicieron ante la gravedad del frustrado magnicidio, se reabrirá con mayor fuerza, más temprano que tarde.

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