Sugestivas coincidencias del fiscal y el abogado defensor

Un juicio a la deriva.

La octava semana del juicio evidenció una vez más la falta de conducción del tribunal presidido por Daniel Vaudagna y la sugestiva coordinación entre el fiscal Julio Rivero y el abogado defensor Marcelo Brito. En la que fue tal vez la semana más importante del juicio oral y (no tan) público contra Marcelo Macarrón, acusado de haber instigado el crimen de su esposa, declararon el forense Martín Subirachs y el bioquímico Daniel Zabala, encargados de examinar el cadáver de Nora Dalmasso y analizar las muestras tomadas aquella tarde gris del 26 de noviembre de 2006.

Subirachs fue categórico en su análisis del cuerpo de la víctima y la escena del crimen: Nora tuvo sexo consentido -aunque violento, “con mucha pasión” (sic)- con su victimario, que después del acto sexual la tomó del cuello con sus propias manos y la asfixió. Para completar su faena criminal, tomó el cinto de la bata de toalla que estaba a los pies de la cama, le dio dos vueltas al cuello de la víctima y ató dos nudos con una fuerza tal que a Subirachs le costó mucho desatarlos para enviar el cinto a analizar. Nora intentó resistir, pero nada pudo hacer ante el tamaño y la fuerza de su agresor. Y sucumbió al mecanismo de compresión mixta -manual y con el cinto de la bata- en apenas cinco minutos.

Los forenses suelen decir que los cuerpos hablan. Después de 15 años, el cuerpo de Nora volvió a hablar. Y no dijo nada distinto, pese a los intentos desesperados de Brito de destruir la prueba científica -y de paso la reputación- producida por los forenses de Río Cuarto: el propio Subirachs y sus colegas Virginia Ferreyra y Guillermo Mazzuchelli. La segunda no declaró porque está con licencia por estrés; Mazuchelli, como otros testigos convocados, ya no está en condiciones de declarar en el juicio. Igual, Subirachs los representó con dignidad y solvencia y -por primera vez en lo que va del proceso- dejó mudo al abogado defensor. Llamativamente -o ya no tanto-, el fiscal interrogó al testigo con cierto desdén y sus preguntas apuntaron más a cuestionar sus conclusiones que a incorporar a la acusación el primer análisis científico de la escena del crimen que se escuchaen lo que va del zigzagueante proceso judicial, donde se habla de todo menos de la víctima.

En su didáctica exposición, Subirachs destrozó todos y cada uno de los cuestionamientos realizados por Brito en los últimos tres lustros para intentar destruir la prueba genética que obra en el expediente y que llevó a que fueran imputados sus dos clientes más famosos: Facundo y Marcelo Macarrón, a quienes los fiscales Di Santo y Miralles ubicaron en la escena del crimen en base a la prueba genética obtenida de las muestras tomadas por el equipo forense de Río Cuarto.

“Nos dijeron de todo: que no había semen, que éramos un mamarracho, que no sabíamos hacer nuestro trabajo. Pero muchos años después el FBI nos dio la razón. No hubo contaminación de la escena del crimen”, sentencio el médico forense ante el contundente silencio del defensor de Macarrón.

Al otro día, el bioquímico Zabala no le fue en zaga. Mirando de reojo a Macarrón, le dijo que, pese a los cuestionamientos a su trabajo, fueron sus muestras las que permitieron ponerle nombre propio a las muestras tomadas del cuerpo de la víctima -ano, vagina y vulva- y que en definitiva fueron el fundamento del sobreseimiento de Facundo Macarrón, imputado durante casi cuatro años como supuesto autor material del homicidio de su madre. “Más allá de las excusas que ponen en Córdoba, mi labor sirvió para que el FBI determinara un ADN con nombre y apellido. Eso, entre otras cosas, permitió que Facundo (Macarrón) fuera sobreseído”,le dijo en la cara a Brito, que carraspeó y murmuró una queja incomprensible para la escasa concurrencia que habitualmente acompaña el proceso en la imponente sala de los tribunales riocuartenses. Al igual que había ocurrido el martes, la audiencia del miércoles mostró al fiscal actuando en consonancia con el defensor. Pero como ocurre en este caso desde el momento mismo del crimen, el azar y el destino parecen haberse encaprichado para complicar al poder: en las constancias que hizo leer Brito del Departamento de Biología Forense de la Policía Judicial y del Ceprocor se cuestionó a Zabala por haber utilizado el método de fosfatasa ácida para hallar semen. Pero Zabala aclaró que siempre trabajó con el método de fosfatasa ácida prostática, porque es más específico. Su método de trabajo le permitió detectar semen en casos resonantes como la violaciónmúltiple de Laura Mansilla -de hecho, sus muestras fundaron la condena de cinco de sus violadores- o el brutal abuso y asesinato de la niña Micaela Ávila en Río Cuarto.

En escasas dos semanas el fiscal Rivero dejó pasar la prueba más importante que hay en el expediente: la autopsia psicológica de la víctima y las muestras de ADN halladas en el cuerpo de la víctima, las sábanas donde la encontraron y el cinto con que fue estrangulada. Y si bien no está obligado a mostrar sus cartas hasta el alegato, está claro que de ahora en más la extensión del proceso solo contribuirá a repetir la convocatoria a testigos intrascendentes -con excepción de Miguel Rohrer, cuya citación está pendiente todavía- en un proceso que, a falta de conducción, sigue a la deriva.

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