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El perfil del asesino

La autopsia psicológica sostuvo que el móvil del crimen de Nora Dalmaso no fue sexual, sino personal

Por Hernán Vaca Narvaja

Mientras en los pasillos de Tribunales Miguel Rohrer y su esposa Valeria se quedaban con las ganas de declarar en el juicio oral y (cada vez menos) público contra Marcelo Macarrón, evidenciando el manejo poco transparente del tribunal y la connivencia entre el fiscal y el abogado defensor, dentro de la sala de audiencias se leyó durante varias horas la pieza más importante y mejor elaborada que tiene el expediente del caso Dalmasso: la autopsia psicológica, un estudio interdisciplinario que analiza los elementos de prueba recabados durante los primeros siete meses de la azarosa investigación del fiscal Javier Di Santo.

Sus conclusiones dicen que Nora Dalmasso conocía a su asesino y no opuso resistencia cuando la atacó; que murió en apenas cinco minutos, producto de un mecanismo de compresión mixta –con las manos y el cinto de su propia bata, que el asesino enlazó a su cuello-; que no tuvo sexo con él y lo más probable es que la encontrara dormida. Y que la motivación del crimen fue personal y no pasional, como se empeñaron en señalar el viudo y su vocero.

Cerca del mediodía, ajenos a los avatares de su (¿ex?) amigo Rohrer y señora, el imputado escuchaba la tediosa lectura de la autopsia psicológica sin llorar, con la mirada perdida. Pero en un momento, a su habitual gesto de entrecruzar las manos delante de su rostro cuando algún testigo lo incomoda, hizo crujir los largos y gordos dedos de ambas manos. El ruido retumbó en la sala de audiencias y acompañó la caracterización del asesino, definido por los especialistas como una persona que “pertenecía al entorno personal de la víctima”, era “organizado”, mostró “acciones reactivas propias de una planificación simple y primaria” y tenía un “perfil práctico y conservador”. Contrariamente a lo que viene sosteniendo la familia Macarrón en este juicio, el estudio determinó que el móvil del crimen no fue sexual sino “personal” y que el homicida habría sido un varón, aunque no descartó la eventual participación de otras personas.

La autopsia psicológica fue entregada al fiscal Di Santo a un año del crimen –está fechado el 23 de noviembre de 2007- y fue elaborado durante nueve meses por un equipo interdisciplinario integrado por la asistente social Ileana Benítez, la criminóloga Raquel Ibarra y el psicólogo Javier Chirino. Básicamente, el estudio consiste en un abordaje integral del crimen, para lo cual analiza la personalidad de la víctima, sus vinculaciones sociales, sus lazos familiares, la escena del crimen y las circunstancias previas y posteriores a la muerte. El trabajo está inspirado en una técnica cubana institucionalizada por la criminóloga Teresita García Pérez, una eminencia internacional en la materia. Paradójicamente, la edición argentina de su libro “Pericia en Autopsia Psicológica” está prologado por la psicóloga cordobesa Liliana Angelina de Licitra, la perito de control que Brito designó en su momento para controlar la pericia psicológica que le hicieron a Facundo Macarrón, el primer imputado que tuvo la familia en esta causa.

Contrariamente a lo que declararon los Macarrón en este juicio, el informe señala que a Nora le preocupaba la relación de Macarrón con sus hijos y menciona expresamente la homosexualidad de Facundo y la postal que Valentina le envió a su padre desde Estados Unidos -que los testigos llevados al estrado por Brito dijeron haber leído prácticamente a coro durante el asado de cumpleaños del imputado-. Concretamente, la autopsia psicológica menciona dos circunstancias “que podrían haber influido la conducta criminal: 1) el impacto que podría haber tenido en la subjetividad de la víctima la carta que María Valentina Macarrón le escribiera a su padre; 2) la probable sospecha de la víctima respecto a la identidad homosexual de su hijo Facundo Macarrón”. El estudio recuerda que un tío de Nora –hermano de su papá- era homosexual y murió en forma trágica, por lo que ella temía que la condición sexual de su hijo –de la que sospechaba pero no tenía certeza- lo llevara hacia zonas delictivas y oscuras de la vida.

Así como el martes pasó sin pena ni gloria el esperado testimonio de Daniel Lacase, Rivero dilapidó ayer la pieza probatoria más sólida de la acusación –sin contar la prueba genética- al someter al jurado popular a la interminable lectura monocorde del trabajo. Que llegó sin transición luego de haber escuchado tres declaraciones testimoniales de María Delia Grassi, la madre de la víctima, excluida de la querella a último momento por decisión de sus hijos Juan y Susana Dalmasso y sus nietos Facundo y Valentina Macarrón, hijos del imputado.

A diferencia de Néstor Gutiérrez, el bioquímico de la Policía Judicial de Córdoba que declaró el miércoles y dijo que no había semen en la escena del crimen, el estudio de autopsia psicológica es contundente respecto de las huellas genéticas recolectadas por forenses y bioquímicos: “Resulta poco probable que el material biológico encontrado en la escena del hallazgo pudiera haberse encontrado antes a la comisión del hecho del homicidio o que resultara de contaminación posterior al hallazgo del cuerpo sin vida de la víctima”. Como es sabido, el FBI determinaría que el principal donante de ese material genético no era otro que el imputado Marcelo Eduardo Macarrón.

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