Nicolás Cabrera: "Somos el país con los índices más altos de violencia en el fútbol de toda Latinoamérica"

El antropólogo y becario postdoctoral del Conicet advierte sobre la necesidad de correrse del paradigma machista y homofóbico que atraviesa a los deportes. Además, apunta a los medios de comunicación como uno de los responsables de hacer de la violencia un folclore y señala a los clubes como instancias fundamentales de discusión.

Por Guillermina Delupi

En su libro “Qué la cuenten como quieran”, Nicolás Cabrera compiló el trabajo antropológico realizado con Los Piratas, la barra del Club Atlético Belgrano de Córdoba. En él busca derribar algunos mitos que se han creado en torno a estos colectivos, a la vez que da cuenta de todo un arco que genera -y muchas veces fomenta- la violencia en el deporte.

En diálogo con MI Córdoba, el antropólogo reflexiona sobre estas prácticas y propone desmasculinizar el fútbol como punto de partida para pensar otras narrativas.

- En tu libro buscás desmitificar cuestiones en torno a la violencia en el fútbol, ¿Cómo ves este fenómeno y qué mitos hay que derribar?

- El libro intenta describir qué es una Barra, pero su trasfondo es discutir mitos y verdades en torno a la violencia en el fútbol. Porque aparecen muertes vinculadas al fútbol desde la década del 20 del siglo pasado y esto es anterior inclusive al nacimiento de las Barras; es una falacia temporal porque éstas aparecen recién en las décadas del ‘60 y ‘70. Y si vamos a las estadísticas, todos los actores tienen “muertos en el placard”. La policía es un actor que ha matado mucho en el fútbol, las Barras también, pero hay un montón de ejemplos de hinchas comunes o casos de riñas entre jugadores que han terminado con víctimas fatales. Es decir que esto no es monopolio exclusivo de las Barras sino de todos los actores que participan y que nos ha llevado a ser el país con los índices más altos de violencia en el fútbol en toda Latinoamérica.

- ¿Dónde se ven los mayores índices de violencia en los eventos deportivos?

- Si tuviera que decir algo medio transversal tenemos que, por un lado -salvo algunos deportes-, la mayoría se han estructurado con paradigmas bastante machistas y homofóbicos. El fútbol, el rugby, el básquet, el automovilismo, la lucha. Esa es una primera violencia, que es bastante simbólica: creer que hay deportes reservados exclusivamente para machos heterosexuales, que ni mujeres ni diversidades pueden hacer. En un nivel más amateur hay muchas violencias de los adultos a los jóvenes, padres gritándoles a los hijos, abusos de entrenadores. Y luego expresiones más crudas: violencia entre jugadores, hinchas, hacia los árbitros. El rugby, por ejemplo, tiene un fuerte componente racial y de clase que “justifica” muchas violencias como el caso del chico que mataron en Villa Gesell (NdR: Se refiere al crimen en el que ocho rugbiers mataron a Fernando Báez Sosa a la salida de un boliche).

- ¿Que la culpa siempre recaiga en las Barras Bravas no deja ver el problema de fondo?

- Totalmente. Primero, se trata de un mecanismo tan antiguo como la vida en sociedad, que implica encontrar siempre el chivo expiatorio para eximir de responsabilidad al resto del cuerpo social. Es común que las sociedades encuentren grupos fácilmente estigmatizables para lavarse de responsabilidad, como cuando se culpabilizan migrantes o lo que pasa con los planeros. Son figuras sociales, generalmente de sectores populares. ¿Y por qué las Barras? Porque evidentemente estamos hablando de un actor que hace de la violencia un recurso que a veces se valora positivamente. A diferencia del hincha común que se presenta como pacífico, armónico, que sólo va por los colores y luego se comporta violentamente, las Barras son actores que se comportan violentamente y que no esconden ese apego a la violencia. Entonces es fácil que se culpe a alguien que se arroga comportarse violentamente.

No se trata de tener una visión idílica y romántica de colectivos, que en muchos casos han participado en episodios de violencia. El problema son el resto de los actores que aparecen como santos de devoción y en esa gente que los condena públicamente, pero que en privado le pide favores. Las Barras tienen su responsabilidad, pero al menos no esconden lo que son. El resto, los dirigentes que los financian, los jugadores que les piden favores, los hinchas que los legitiman socialmente, ahí hay una tremenda hipocresía.

- ¿Qué responsabilidad tienen los medios de comunicación?

- Se merecen una profunda autocrítica porque muchas veces culpabilizan sin ningún tipo de pruebas. Y me remito al caso (Emanuel) Balbo. Yo estaba haciendo un trabajo de campo y cubrí eso: todos los medios -locales y nacionales- salieron a decir que era una disputa de Barras, cuando está comprobado judicialmente que la pelea pasó por otro lado, en otra tribuna donde no tenían nada que ver las Barras. Ahí hay una primera responsabilidad que tiene que ver con culpabilizar a este actor fácil de culpabilizar. Sobre todo los medios deportivos, que hacen de esa violencia cierto folclore, transmitiendo estos mensajes profundamente violentos, homofóbicos y xenófobos. Esta hiper dramatización con la que nosotros vivimos el fútbol en Argentina en parte tiene que ver con una cobertura desmedida del fútbol: que un partido sea a matar o morir, o ir a la guerra. Son los medios los que han construido esa narrativa y los que muchas veces le dan cobertura a las Barras o a lo que pasa en las tribunas. El fútbol argentino como mercancía vendible de exportación pasa mucho menos por su juego que por lo que pasa en las tribunas. ¿Y quién hace esa fiesta? Las Barras. Entonces los medios también se alimentan de ese circo, el mismo que después van a condenar sin pruebas.

- ¿Cómo se deconstruye esta idea del fútbol como metáfora bélica?, ¿se puede cambiar esa cultura?

- Es difícil. El primer paso es hacer consciente esta forma de pensar y sentir que tenemos del fútbol, esto de mirar al fútbol como ese campo super machista y homofóbico donde hay que tener huevos, no ser cagón. Porque eso, que parecen nimiedades, está construyendo un sentido común violento y agresivo que muchas veces los medios reproducen. Luego, en función de eso, empezar a planificar nuevos protocolos, nuevas formas de comunicar, de cobertura. Por ejemplo, la explosión que estamos teniendo del fútbol femenino merecería una cobertura mucho mayor de la que tiene. Hay que desmasculinizar el fútbol, no digo que sea una solución mágica pero sí un punto de partida para empezar a pensar otras narrativas. Pero seguimos hablando veintitrés horas al día de los jugadores de Boca y sus salidas nocturnas.

- ¿Desde dónde habría que discutir políticas que puedan favorecer un cambio?

- Pensar en políticas públicas es fundamental. Que vengan de las autoridades competentes y desde el Estado es lo más importante por el poder simbólico y el alcance que tienen. Pero tampoco podemos quedarnos esperando que la mano venga de arriba. Los clubes son instancias de discusión y de debate muy importantes para pensar la seguridad de sus socios, sobre todo en Argentina, donde todavía tenemos a los clubes como asociaciones civiles sin fines de lucro.

- ¿Se pueden tratar estos niveles de violencia como si fueran compartimentos estancos, es decir, separados de lo que somos como sociedad?

- No, porque el fútbol no nace de un repollo. Todo lo que pasa en la sociedad pasa en el fútbol y viceversa. Y más en Argentina, que el fútbol no es un deporte más. Pero tampoco se puede caer en la idea del reflejo. Si uno toma los indicadores de violencia de una sociedad y los compara con la violencia en el fútbol, en Argentina se te queman los papeles. Pensemos en Latinoamérica como región y tomemos distintos indicadores como tasas de homicidios o femicidios y veremos que Argentina es un país muy poco violento en relación al resto de la región. Países como Brasil, Colombia, México o Venezuela son cinco o diez veces más violentos que Argentina. Sin embargo, en el fútbol somos los que más matamos.

- ¿Por qué?

- La respuesta es compleja. Hay muchos factores, uno tiene que ver con que muchos de los enfrentamientos acá se dan con armas de fuego, una particularidad que viene creciendo. En otros estadios todavía sigue siendo a golpe de puños, con armas blancas. No es más violento uno que otro, pero uno genera más muertes que el otro. El caso en México, que escandalizó a todo el mundo en Querétaro: una batalla campal entre hinchas que no dejó ningún muerto porque no tenían con qué matarse. Acá, una pelea entre dos facciones de una Barra es a los tiros; y hay más probabilidades de morir en un enfrentamiento con armas de fuego que en un enfrentamiento con puños, eso eleva la estadística. Esa es una razón y es una de las consecuencias de la prohibición del público visitante. Todas nuestras investigaciones muestran que desde que se prohibió el público visitante aumentaron las peleas entre hinchas de los mismos equipos porque en el fútbol vos necesitás un enemigo. Y cuando ese enemigo dejó de estar al frente con otros colores, se lo encontró al costado con los mismos colores.

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