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Se cumplen dos meses de juicio a Macarrón

De Nora no se habla

Recién esta semana, la octava del juicio oral y (no tan) público contra Marcelo Macarrón, los especialistas podrían ilustrar a los jurados populares sobre cómo encontraron la escena del crimen, qué hallaron en el cuerpo de la víctima y cómo se determinó que el principal donante del material genético era el imputado Marcelo Eduardo Macarrón, por entonces de viaje en Punta del Este con su amigo Daniel Lacase y una decena de golfistas aficionados de la Peña del 36. Según trascendió –aunque el hermético tribunal podría disponer otra cosa-, esta semana declararían los peritos forenses que recabaron las muestras que en cualquier otra investigación criminal serían determinantes y que en este proceso fueron desechadas por Luis Pizarro, el fiscal que elevó la causa a juicio. Por lo (de)mostrado hasta ahora, el fiscal de Cámara Julio Rivero no se moverá un ápice del libreto escrito por su antecesor, como lo evidenció su falta de preparación para interrogar a los dos especialistas forenses que desfilaron hasta ahora en el juicio, ambos propuestos por Brito.

La semana anterior, el fiscal Rivero dilapidó una de las pruebas más contundentes que tiene el expediente: la autopsia psicológica de la víctima. En vez de convocar a sus autores para ilustrar al jurado sobre el análisis más minucioso y preciso que existe en la causa sobre la escena del crimen, la personalidad de Nora y la estremecedora proyección psíquica del victimario, Rivero pidió al presidente del tribunal que se leyeran por secretaría las 68 páginas del informe. El cansancio del jurado –acostumbrado a la fastidiosa lectura de declaraciones viejas- y la voz monótona de la secretaria del tribunal lograron que el estremecedor documento pasara inadvertido en la sala de audiencias.

Brito, en cambio, llevó a los forenses que favorecen su hipótesis (si es que le queda alguna en pie a esta altura del proceso, luego de haber demonizado al (¿ex?) amigo de su cliente Miguel Rohrer para luego oponerse a su comparecencia ante su evidente orfandad probatoria para incriminarlo. Será interesante escuchar por enésima vez al perito Zabala (re)afirmar que del cuerpo de Nora Dalmasso choreaba semen, producto de una relación contemporánea al crimen –y no de tres días previos, como sostuvo y sostiene el viudo- y a la genetista Modesti, por entonces jefa del Ceprocor, explicar que “no es imposible” –pero sí muy improbable- que la huella genética del imputado haya aparecido por toda la escena del crimen por la contaminación de prendas en el lavarropas familiar.

Sea como fuere, difícilmente esta semana, cuando se cumpla el segundo mes del juicio oral y (no tan) público, se despejen las dudas que rondan la investigación hace tres lustros: el evidente direccionamiento de la investigación por parte del polémico vocero del viudo, Daniel Lacase; la extraña conducta de su novia Silvia Magallanes -que el sábado del crimen habría suspendido su turno en la peluquería aduciendo que había pasado “algo grave” en Villa Golf, cuando el cuerpo de Nora sería encontrado por su vecino Radaelli recién el domingo; quién y desde dónde se hizo el llamado telefónico al bar Alvear para suspender la cena de Nora con sus amigas y evitar así que demorara en volver a su casa, donde el/los asesino/s la esperaban; la inexplicable conducta del jefe policial Sergio Comugnaro, que además de darle el parte policial a Lacase abandonó su jurisdicción para emigrar al otro día a la capital provincial, abonando el desembarco del inefable comisario Rafael Sosa, a quien la “duda insuperable” de Rivero salvaría de una imputación por admisión de dádivas.

Párrafo aparte merece otro dato incontrastable: en aquella oportunidad el dadivoso, Daniel Lacase, no fue citado a declarar por Rivero. Quince años después, en este juicio, el vocero de Macarrón se dio el gusto de decirle a Rivero en la cara que esa causa… ¡se la armó el comisario Sosa!

El juicio oral y (no tan) público no ha despejado todavía las dudas que atravesaron el proceso, aunque sí ha confirmado algunas certezas: que el Poder Judicial de Río Cuarto es inflexible con los débiles y protege a los poderosos; y la excesiva preocupación de los funcionarios judiciales y policiales por lo que dice y hace el periodismo.

“Denostada por su propio entorno –escribí hace 13 años en mi libro “Las cuatro muertes de Nora Dalmasso”-, víctima del macabro festín del periodismo amarillo, olvidada por sus propias amigas que nunca reclamaron justicia, Nora Dalmasso se convirtió en un nuevo símbolo de la impunidad en la Argentina. Su mirada transparente, ingenua y vanidosa escudriña desde la inmortalidad de su imagen congelada en el tiempo los sentimientos más profundos de una sociedad incapaz de mirarse en el espejo de sus propias miserias”.

¿Cambió algo cuando se están por cumplir dos meses del esperado juicio? El curioso city tour del miércoles en la casa del imputado fue una postal más bien inquietante: mientras el inefable Brito hacía de guía a camaristas y jurados populares, los periodistas esperábamos a cientos de metros para no incomodar al imputado, que pidió expresamente que no hubiera fotos.

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