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"En la casa del Golf había joda todas las noches"

La mujer que denunció por abuso sexual al exvocero de Macarrón, Daniel Lacase, cuenta la intimidad del hogar en el que trabajó durante casi cinco años: viajes a Buenos Aires, tenencia de armas, contactos políticos, ropa con fajos de dinero y valijas con dólares formaban parte de la cotidianeidad. Maltratos, acoso y violencia de género.

*Por Hernán Vaca Narvaja

Daniel Horacio Lacase tuvo un rol protagónico como vocero y abogado de Marcelo Macarrón en los primeros meses de la investigación del crimen de Nora Dalmasso. Hasta que los insultos y huevazos de los miles de protagonistas del “perejilazo” impactaron en la fachada del estudio jurídico que por entonces tenía sobre la calle Alvear, a media cuadra del viejo Palacio de Tribunales. El ataque espontáneo de la movilización que obligó al Poder Judicial a liberar al “perejil” Gastón Zárate lo obligó a pasar a cuarteles de invierno. Y el viudo se quedó sin vocero. Desde entonces –febrero de 2007- hasta su reaparición en abril último como testigo en el nuevo edificio de Tribunales pasaron 15 años. La condena social, su distanciamiento del exgobernador José Manuel De la Sota –luego fallecido- y la jubilación anticipada de su padrino político Julio César Aráoz fueron diluyendo su poder como un reloj de arena.

Hoy Daniel Horacio Lacase no es ni la sombra de lo que fue. Pero la sensación de impunidad de aquellos días de gloria le permitió presentarse como una persona distinta cuando declaró ante los jurados populares, donde sorpresivamente mutó de todopoderoso vocero acusador a víctima de una conspiración del comisario Rafael Sosa para “armarle una causa” (sic). Lo dijo en la cara del fiscal Julio Rivero, que investigó a Sosa y a él mismo y terminó archivando la causa porque al momento de procesar lo asaltó una “duda insuperable” (sic).

Lacase, que en aquellos días agitados posteriores al crimen incluyó a Víctor “Chichino” Daniele en la lista inoficiosa de amantes de Nora -que pergeñaba junto sus colegas Tirso Pereyra, Sonsini Astudillo y el periodista cordobés apodado “Tubo” por su afición a la botella-, denunció ahora a Daniele por haber amenazado a su hija. Omitió citar la sentencia firmada por el juez Juan Labat el 18 de junio de 2018, que dice textualmente: “Los dichos formulados por la denunciante (…) no pueden ser corroborados con elemento de prueba alguno, por lo que corresponde dictar sentencia de sobreseimiento en favor del imputado”.

A veces, decir media verdad también es mentir.

Las valijas con dólares

Ayer causó conmoción la revelación de una mujer –cuyo nombre ficticio es Eme- que contó en exclusiva a este diario cómo fue abusada por Daniel Lacase cuando trabajaba en su casa de Villa Golf. En su relato recordó que trabajó en dos viviendas del por entonces funcionario de la Secretaría de Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico que presidía su amigo y mentor político Julio César Aráoz, un dirigente del peronismo cordobés que supo tener una sociedad con el capitán Héctor Vergez, connotado represor del campo de concentración La Perla en los años del terrorismo de Estado.

En la década de los ’90, pleno auge del menemismo, Lacase era ciertamente un hombre poderoso. Y ese poder se reflejaba dentro y fuera de su casa. Eme recuerda que ingresó a trabajar poco tiempo antes de que Lacase fuera designado en el gobierno menemista: “Entré a trabajar en el centro, cuando vivían en la calle Cabrera. Estuve ahí como tres años”. La de Lacase era una familia ensamblada: “Él estaba casado con la fiscal y tenían una nena muy chiquita, creo que tenía tres añitos; ella tenía otro hijo (de su matrimonio anterior) y él una nena adolescente (de otra relación). Yo entraba a trabajar a las siete de la mañana y me iba a eso de las once de la noche, después de servirles la cena y dejar todo limpio”, recuerda.

Eme cargaba con toda la responsabilidad de la casa: hacía las compras, servía el desayuno, el almuerzo y la cena, limpiaba y hacía las labores del servicio doméstico.

Eme cargaba con toda la responsabilidad de la casa: hacía las compras, servía el desayuno, el almuerzo y la cena, limpiaba y hacía las labores del servicio doméstico. A veces otras empleadas la ayudaban, pero solían durar poco. “Hubo muchas chicas –recuerda-, pero entraban y salían todo el tiempo. A veces tenía ayuda, a veces no. No sé por qué duraban tan poco, yo creo que era por el acoso de él. Supe tener una compañera que estuvo uno o dos meses y se fue. Un día la encontré en la calle y le pregunté por qué se había ido y me dijo que en dos o tres ocasiones, cuando estaba haciendo el dormitorio, él la había acosado. Me dijo que prefirió irse antes de que la cosa pasara a mayores”, precisa.

Eme no olvida el mal carácter de su patrón y el maltrato al que sometía a las empleadas. “Era gritón, maltratador, violento, se enojaba si sacábamos fiado en la carnicería, pero tampoco nos dejaba dinero para hacer las compras. ¿Qué íbamos a hacer? Si él llegaba y no estaba lista la comida era un escándalo, así que preferíamos sacar a cuenta en la carnicería y después bancarnos sus retos”, cuenta.

Cuando lo nombraron en la Secretaría de Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico, Lacase empezó a viajar a Buenos Aires: se iba los lunes y volvía los viernes a la tardecita. “Cuando volvía yo le servía la cena. Y los sábados, temprano, vaciaba sus valijas para lavarle la ropa y repasar sus trajes”, recuerda Eme. Como no trabajaba los domingos, dejaba todo listo el sábado antes de retirarse. “Un sábado llegué y vi las valijas en el comedor. Había dos valijas. Llevé una al lavadero para sacar la ropa y cuando la abrí, vi que había un traje. Lo saqué y entonces vi un montón de dólares apilados en fajos. Era muy mucha plata. Me asusté, volví a poner el traje como estaba y llevé la valija de vuelta al comedor. Llevé la otra valija al lavadero y saqué la ropa sucia para lavarla. Seguí con mis tareas domésticas. Cuando Lacase se levantó y vio que había tocado las valijas me dijo de todo, me gritó, era muy violento”.

“Nosotras –las empleadas de Lacase- le decíamos ‘El Malevo’”, recordó Eme durante su crudo relato de los hechos.

Eme no sabe si Lacase supo que ella vio los dólares porque volvió a llevar la valija al comedor. Pero recuerda que Lacase no ocultaba su dinero, sino más bien lo contrario: “Había plata por todos lados. Cuando sacabas la ropa para lavar encontrabas plata en los bolsillos. Pero mucha plata”. Recuerda que en una oportunidad en que la familia viajó, Lacase la llamó por teléfono desde Buenos Aires para preguntarle si había dejado plata en un saco. Ella fue a constatar y encontró en el bolsillo interno un grueso fajo de billetes de alta denominación. También recuerda haber visto recibos a nombre del Obispado de Río Cuarto cuando limpiaba el escritorio de Lacase. Eran montos exorbitantes. “Lacase le pasaba mucha plata al Obispado”, asegura.

Los asados con el Obispo

Eme recuerda que, a fines de la década del ´90 o comienzos de la del 2000, cuando se mudaron a la casa de Villa Golf, Lacase renunció a la Secretaría de Drogadicción y dejó de viajar a Buenos Aires. Su vida social se intensificó: “Era joda todos los días: cenas, reuniones, asados”, precisa. Lo recuerda bien porque debió extender su jornada laboral hasta altas horas de la madrugada. “La vida social era muy activa en el Golf. Era cenas, jodas y asados casi todas las noches. A (Marcelo) Macarrón lo he visto ahí varias veces, también al obispo (Ramón Artemio) Staffolani, al sacerdote (Jorge) Felizzia, a los Carbonetti”, precisa. A Julio Aráoz, en cambio, lo vincula más con las reuniones de la calle Cabrera o las juntadas en la casa de campo que el matrimonio tenía en cercanías de Alcira Gigena. “Aráoz solía ir ahí con la familia. Eran muy amigos, se iban de vacaciones juntos”, recuerda.

A eso de las veinte, Lacase le ordenaba que prendiera el fuego. Eme recuerda haber escuchado a Staffolani –a quien Lacase solía regalarle trajes- hablar despectivamente de un grupo de fieles que habían pedido comida frente al Obispado: “¿Podés creer que estos negros de mierda me hicieron un escrache para reclamar bolsones?”, se quejó el pastor ante Lacase. Eme permanecía atenta en la cocina hasta las tres o cuatro de la mañana, cuando por fin el último comensal se retiraba. Recuerda que una vez la hicieron trabajar pese a estar engripada: “Había una cena de 50 personas y me pidieron que fuera a ayudar a los mozos que habían contratado. Pero cuando llegué los mozos no estaban. El hermano de la señora me vio tan mal que me autorizó a retirarme. Cuando llegué a mi casa sufrí un pico de estrés y me tuvieron que poner una inyección en el viejo hospital”.

Eme recuerda haber visto a Marcelo Macarrón en varios de esos asados, pero asegura que jamás vio a Nora Dalmasso. “En general eran cenas de hombres, pero a veces también iban mujeres. Nunca vi a Nora en esas cenas”, insiste.

Eme terminó su estadía en la casa de Lacase cuando lo denunció por haberla violado. Recuerda que su patrón tenía armas en la casa –con una de ellas le apuntó a la cabeza cuando la violó- y que era violento y maltratador. “Nosotras –las empleadas- le decíamos “El Malevo”, precisa. El apodo alude al “Malevo” Ferreyra, el polémico comisario tucumano que cobró notoriedad pública en la década de los ´90 por sus métodos non sanctos para combatir el delito en aquella provincia en la que, paradójicamente, sería interventor Julio César Aráoz.

Por Hernán Vaca Narvaja. Especial para Puntal

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