Por Juan Cruz Taborda Varela
Liborio Justo: Hijo ilegítimo del fraude
Bernal, Quebracho, Lobodón Garra, Juan La Loca. Liborio Justo fue todos esos seudónimos en uno. Y fue, también, el intelectual, escritor y militante de izquierda acompañado eternamente por la figura del fraude paterno: su progenitor no fue otro que Agustín P. Justo.
Liborio, que habla de trabajadores, ha nacido en una familia de buen pasar. Padre –Agustín P.- y madre –Bernal Harris- pertenecen al patriciado de la patria, por herencia y vestidura. Para sortear el karma de ser familia distinguida, Liborio será, luego, peón en los obrajes del Chaco santiagueño, vendedor de diarios, cazador de ballenas y todo aquello que pueda hacerlo lo que no nació. Tiene, Liborio, una extraña línea argumentativa para avisar quién es: “De las filas de las clases gobernantes han salido, en la historia, la inmensa mayoría de dirigentes revolucionarios, en tanto que, por el contrario, del seno de las propias clases oprimidas surgieron siempre sus más grandes traidores y verdugos”.
La marca histórica de Agustín P., padre de Liborio, fue la de alterar las urnas. Pero Agustín P., además de gestionar a favor de la industria extranjera incipiente, frigoríficos y carnes, gestando el enemigo que 15 años después tomaría el poder, estuvo precedido y procedido por la más fuerte idea de corporativismo que haya vivido la Argentina. Primero Uriburu en la Nación, después Fresco en Buenos Aires, en ellos dos se sintetiza el fascismo criollo mejor expresado. Pero Agustín P, el padre de Liborio, era un militar liberal.
Porque Agustín P., padre de Liborio, participó de la radical Revolución del Parque.
Pero Agustín P., padre de Liborio, formó parte del Golpe de 1930.
Pero Agustín P., padre de Liborio, creó el Banco Central.
Pero Agustín P., padre de Liborio, lideró el Pacto Roca Runciman.
Pero Agustín P., padre de Liborio, creó la Junta Nacional de Granos y la de Carnes.
Pero Agustín P., padre de Liborio, ganó con trampa
Pero Agustín P., padre de Liborio, lo hizo por la patria.
Dos marcas tocan a Córdoba con Liborio, el hijo del presidente fraude. Tras la Reforma de 1918, Liborio se convertirá en un joven estudiante secundario que comienza a interesarse en asuntos políticos, influenciado, claramente, y él lo dirá siempre, por la propia Reforma.
Antes, unos años antes, Liborio vive en Córdoba. “Ese viaje y el cambio de ambiente –escribirá- ejercitó en mí una gran influencia”. Liborio, en Córdoba, lee sus primeros libros. La estada, de poco más de un año, es en el residencial y alejado barrio Las Rosas –cuya loma siguiente le da nombre al posterior Cerro de-. En Las Rosas hay casonas de veraneo para las buenas familias. Los Justo eligen vivir allí, lejos del ruido mundanal y citadino. Tampoco hay Monserrat posible, tanto liberal suelto. Liborio, dice algún documento, va a un colegio particular francés en la zona de Argüello. Su hija rectifica: Fue al Lasalle. Él ratifica: “Allí cursé primer año del nacional y también me puse en contacto, por primera vez, con toda esa podredumbre sexual de la adolescencia, sobre la cual la sociedad burguesa pasa un culpable velo de pudor”.
Argentina se debate entre personalismos y anti personalismos. Ajeno, Liborio es viajero antes que 1930 sea una marca difícil de borrar. Orcadas del Sur, a cazar ballenas y retratar en ficción verosímil al extremo: Tierras australes, firmada por Lobodón.
Para 1930, año infausto, asume una beca del Institute of International Education de Nueva York. Durante esa década y en sucesivos viajes al Norte, retratará como nadie las consecuencias de la crisis desatada en 1929.
Teje relaciones en Estados Unidos con la izquierda internacionalista y en Argentina se vincula con el comunismo local. Durará poco en recalar en los brazos del trotskismo. Pero Liborio también es hombre. En 1936 se fuga a Uruguay para casarse con su novia judía y meses más tarde, protagoniza el hecho de la década: Roossevelt visita el país. A punto de dar una conferencia en pleno Congreso acompañado por el presidente de la Nación, su padre Agustín P, Liborio grita para escozor del mundo: “Abajo el Imperialismo”. Su voz retumba hasta el día de hoy en registros audiovisuales.
“Por mi voz condenatoria –escribió en temprana biografía-, que resonó con toda su fuerza desde una galería del recinto del Congreso Nacional, y se escuchó claramente por radiotelefonía en todos los ámbitos del continente, sentí que se expresaban ciento cincuenta millones de latinoamericanos”.
El, el individuo en soledad, siendo 150 millones. Esa idea lo acompañaría siempre.
Oh. La vanguardia iluminada.
Liborio, ya en su plenitud treintañal, es militante activo de la izquierda radicalizada, es fotógrafo que publica, es escritor, ensayista. Es tanto. Lo que no logra, ni ahora ni nunca, es ser un colectivo.
Liborio viaja. Mucho. Viajar, dicen, es escapar de nuestros propios fantasmas. Esos que le hicieron decir, apesadumbrado, que la Semana Trágica del ‘19, por ejemplo, “solo significaba una perturbación en mi vida”. Por eso se “pasaba todo el día leyendo y pensando (…). Para no encontrarme con nadie y para huir de la situación, ajena a mis preocupaciones, en que me colocaba la posición oficial de mi padre”.
Liborio es, además, el hijo que un presidente nunca hubiera querido. “Conocía él bien la seriedad y profundidad de mis convicciones”, dice Liborio, refiriéndose a Agustín P. “Ni por asomo, se le ocurrió pedirme que desistiera de mi acción política o interferir en ella. Sólo que desde entonces, y hasta que terminó el periodo de su gobierno, dejamos de vernos”.
“En el preciso instante en que creía haber llegado al momento de ponerme a la obra y gritar públicamente las ideas que había ido madurando largo tiempo, un serio obstáculo ajeno a mí mismo, la candidatura de mi padre, se interponía en mi camino, cerrándome el paso e imponiéndome, en consecuencia, un alto de reflexión”. El hijo izquierdo aminoraba desatadas pasiones cuando se trataba del padre derecho. No se sortea la filiación cuando se admite, desde ambos bandos, admiración y respeto intelectual.
Ejemplo: en 1924 acompaña a su padre, ministro de Guerra de Alvear, en un viaje a Perú. Se festeja el centenario de la Batalla de Ayacucho. Hay otro argentino: el inefable poeta patrio, cordobés como si fuera necesario. Allí desenvainará, el poeta patrio, el discurso que abrirá camino a los hombres de armas:
- Ha llegado la hora de la espada.
Liborio escucha en silencio al lado de Agustín P. a Leopoldo Lugones, que desde su temprana anarquía cordobesa viró al fascismo violento.
“La noche de su discurso lo acompañamos hasta el teatro, quedando su esposa con nosotros en un palco. Pero después de su exabrupto comencé a huirle”, contó Liborio después refiriéndose al hombre nacido en Villa de María de Río Seco.
Ocho años después Liborio votó a Lisandro de la Torre. A Justo no lo votó ni su propio hijo. ¿Más pruebas hacen falta de que hubo fraude? Y escribe: “Los gobiernos septembrinos de Uriburu y Justo, mantenidos en el poder por la violencia o el fraude, no fueron sino la expresión de las fuerzas oligárquicos imperialistas que los eligieron y sostuvieron”.
Carácter impredecible, traza amistad vía misiva con Horacio Quiroga. Y deciden: nos juntemos, compañero, en esta selva de locura, de amor, de muerte.
Conviven Justo y Quiroga. Apenas si duran una semana en los confines de San Ignacio, tan cerca de las ruinas. Se pelean.
La militancia de izquierdas de Liborio transita andariveles irresueltos, nunca certeros. La pretensión totalizante, todos unidos troskaremos, intentan canalizarla a través del GOR: Grupo Obrero Revolucionario: la izquierda de la izquierda. Tan izquierda, que al breve tiempo apenas eran dos los militantes. Enrique Carmona y Liborio. Carmona no soporta la depresión. Se suicida. Liborio tampocosoporta la depresión. Las islas entrerrianas lo reciben y allí el monobloque GOR se transforma en productor forestal. Ese marco le da la letra para Río abajo, su novela isleña, que es llevada al cine en 1960.
Ya es década del 40’. Es el epílogo de la vida militante de Liborio. De ahora en más, sus esfuerzos estarán puestos en la producción literaria y ensayística, con un pie en las islas Ibicui.
Liborio supera los límites de lo nacional. En México, un periodista comenta a Trotsky de la existencia del hijo de un presidente fraude y su hijo trosko. El ruso expatriado pregunta: ¿Es sincero? Liborio le contestará años después con su informe: León Trotsky y Wall Street. Cómo el líder de la IV Internacional se puso al servicio del imperialismo yanqui en México. No hace falta decir que, al final de sus días, Liborio ya era un militante inorgánico de ideas marxistas.
Hay una obsesión en Liborio: ser siempre la izquierda de la izquierda. “Para Quebracho, el Tahuantinsuyo era un Estado despótico asiático que vivía de la explotación de las comunidades campesinas. No le reconocía al incario los importantes matices y rasgos diferenciales con las sociedades despóticas del Viejo Mundo”, dicen quienes lo estudiaron.
No es un orden en particular. Para Liborio, el problema es el orden mismo.
Más no uno: “¡Por la Unión de Repúblicas Socialista de América del Sur!”, escribe en 1937.
La ficción ganará sus finales tiempos. También ensayos en donde ejercita historia y literatura. Fastuosa su trilogía Subamérica, en donde transita las ideas políticas de casi 200 años de patria. Y bautiza su proyecto, último proyecto político, de integración continental: Andesia.
Antes de morir, con 101, creyó ver en el ataque a las Torres Gemelas el fin de imperialismo. Se había definido: “Soy revolucionario, pues, porque, a pesar de todas las ventajas y posibilidades que podría haberme concedido, me siento oprimido por la sociedad burguesa, parásita y decadente de mi época”.
Murió en 2003, escudado por una foto de las Torres ardiendo. El calor. Siempre el calor.


