Empiezan los alegatos en el juicio a Macarrón

La última carta del fiscal

Por Hernán Vaca Narvaja / @HVacaNarvaja

El juicio oral y (no tan) público a Marcelo Macarrón tiene fecha de expiración: será la semana próxima, justo antes de la feria judicial de invierno, cuando el fiscal Julio Rivero dé su alegato al jurado popular y los jurados técnicos, que deberán resolver a renglón seguido si el imputado es culpable o inocente de haber instigado el crimen de Nora Dalmasso mientras jugaba al golf con un grupo de amigos –entre los que estaba el amante de su esposa- en Punta del Este el sábado 25 de noviembre de 2006.

El martes de la semana próxima, cuando se retomen las audiencias, el tribunal debería anunciar la clausura de la prueba y fijar día y hora para los alegatos del fiscal de Cámara y la defensa del imputado. Se plantean dos escenarios posibles: que el fiscal sostenga la acusación o que, por el contrario, pida lisa y llanamente la absolución de Macarrón por falta de pruebas.

Si el fiscal acusa, al otro día se debería escuchar el alegato del abogado defensor y recién el jueves pasarían a deliberar los ocho jurados populares titulares, a los que luego de llegar a una decisión se sumarán dos jueces técnicos. Pero si Rivero no acusa –y todo parece indicar que no lo hará-, los jurados populares habrán sido sólo testigos privilegiados de un juicio atípico en el que se citó a testigos intrascendentes, no se convocó a otros importantes y a los que concurrieron no se les formuló ninguna pregunta inconveniente.

¿Ineficacia del fiscal? ¿Inexperiencia del tribunal? ¿Sagacidad del experimentado abogado defensor? ¿Pacto de impunidad? Lo cierto es que en estos casi cuatro meses de juicio la sensación que queda dentro y fuera de la sala de audiencias es que nadie se esforzó demasiado por saber qué ocurrió aquella fatídica madrugada del 25 de noviembre de 2006, cuando una -o más- persona conocida de la víctima entró a su casa, mantuvo relaciones sexuales consentidas con ella y luego la asesinó con sus propias manos y el cinto de la bata de baño que estaba a los pies de la cama.

Juicio anodino

En estos casi cuatro meses de audiencias, el fiscal no aportó un solo elemento nuevo al debate ni siguió una estrategia en sus improvisados interrogatorios. Al contrario, actuó en sugestiva coordinación con el abogado Marcelo Brito, sumándose a los cuestionamientos a testigos en los que se podría haber recostado para cambiar la acusación en base a la prueba genética, que llevó al penúltimo fiscal del caso a acusar a Macarrón de ser el autor material del crimen.

Lejos de eso, Rivero se sumó a los embates de Brito contra los forenses que tomaron las muestras de la escena del crimen y el bioquímico que las analizó. Y elogió a la bióloga molecular Nidia Modesti, que trabajó en todo momento desde el Ceprocor –órgano que dependía del Poder Ejecutivo Provincial- para excluir al viudo de la escena del crimen, donde lo ubicaban los restos genéticos hallados en el cuerpo de la víctima.

“Transferencia”, “contaminación” y otros tecnicismos utilizados por la genetista le bastaron a Brito y Rivero para descartar la necesidad de convocar a otros especialistas para dirimir las causas de la abundante presencia del ADN de Macarrón en la escena del crimen.

Por el juicio pasaron amigos y amigas del viudo, sus empleadas domésticas, sus hermanas y sus hijos. Todas, todos y todes hablaron maravillas de su matrimonio con Nora y nadie preguntó sobre los bienes del viudo y el supuesto pedido de divorcio –y consiguiente división de esos bienes- que según la acusación motivaron el crimen. Rivero dejó pasar a la hermana de Macarrón, que además es su contadora, sin preguntarle siquiera cómo hace el viudo para vivir con lo que declaró que gana -140 mil pesos mensuales como médico más alguna que otra entrada en concepto de alquileres- y cómo hizo para adquirir un departamento en Miami, la lujosa camioneta que estacionaba todas las mañanas en la selecta playa de los magistrados o con qué fondos hace frente a la estadía de Brito y su equipo en un conocido hotel de la ciudad.

Durante casi cuatro meses de audiencias pasaron más cosas fuera que dentro del recinto de tribunales. Fueron los propios magistrados los que se quejaron de los evidentes privilegios de los que gozó el imputado todo este tiempo. El sindicato de prensa de Córdoba (Cispren) alertó sobre el empecinamiento del tribunal para obstruir el trabajo de los periodistas, que debían entregar sus teléfonos celulares para ingresar a la sala de audiencias y no podían grabar, tomar imágenes ni transmitir desde la sala de prensa. Varios testigos que no fueron citados terminaron dando su versión a los periodistas fuera de la sala, como el golfista Arturo Pagliari –que desmintió al imputado, que dijo que no figura en la famosa foto con los golfistas en Punta del Este porque estaba practicando con él- o el jefe de la Policía de Río Cuarto, Sergio Comugnaro, que admitió que la superioridad no lo autorizó a permanecer en su ciudad para ponerse al frente de la investigación del crimen. Otros ni siquiera hablaron con la prensa, como el amante confeso Guillermo Albarracín, el inefable comisario Rafael Sosa o la amante de Macarrón, Alicia Cid, a quien ni siquiera pudieron ubicar.

Con estos antecedentes, sería un milagro que Rivero no dé el último paso que falta para consagrar la impunidad: pedir la absolución de Marcelo Macarrón. Sería el corolario de un penoso derrotero judicial de 15 años del que nadie se hace cargo y que consagrará la impunidad en el caso más emblemático de la historia reciente de Rio Cuarto.

Si Rivero no acusa, el jurado popular no vota y es posible que Brito alegue solo ante un tribunal que ya no podrá torcer el veredicto impuesto por el fiscal, que supo decir en un juicio reciente que no es partidario de “acusar a la manchancha”. Su deslucida actuación en este proceso culminará cuando juegue su última carta: un cuatro de copas.

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