Diego Fonti: "El trabajo, en sí mismo, no dignifica a las personas"

El doctor en filosofía y escritor señala las diferencias entre trabajo y empleo. Además advierte que la tecnología, aunque nos ha hecho prescindir de muchos trabajos, no ha podido liberar tiempo social para abocarnos a nuestros deseos. 

Por Guillermina Delupi

Fue Karl Marx quien en el siglo XIX señaló que el trabajo realiza al hombre, pero en pleno siglo XXI, en el marco de una acumulación de capital sin precedentes y donde el trabajo -en tanto empleo, como remarcará el filósofo Diego Fonti- no cumple el rol de ser una vía de subsistencia, la frase ha perdido toda razón de ser. El trabajo, cuyo valor está ligado a las representaciones sociales y epocales, no solamente no dignifica sino que enajena y destruye al mundo. ¿Podrá una sociedad más justa encauzar nuevamente el origen del trabajo? ¿El trabajo dignifica? “Si lo pensamos, Argentina creció 11% anual y tiene la mayor cantidad de empleados registrados de los últimos 10 años, pero hay 50% de pobreza que incluye a muchas de esas personas”, responde Fonti. Y agrega: “O sea, no sólo hay un pequeño grupo que acumula riqueza de forma todavía más desproporcionada que lo de costumbre, sino que el trabajo en tanto empleo no está cumpliendo una tarea básica que se le dio: ser el medio con el cual obtener recursos para subsistir y permitir que las personas ingresen en un sistema de mínimo bienestar. Y si atendemos a otros aspectos como las condiciones laborales, los fines conseguidos, las relaciones socioeconómicas establecidas y le sumamos que hay actividades de cuidado o de formación que muchos ni siquiera consideran trabajo, vemos que hay fundamentos para argumentar que por sí solo el trabajo no dignifica a nadie. Que no es el trabajo lo que dignifica, sino el conjunto de condiciones e intenciones con que sucede, la relación que permite consigo, con los demás y con la naturaleza y otras condiciones de esa índole”.

- ¿Y de dónde viene esta idea de que dignifica?

- Bueno, los mitos y las narraciones simbólicas lo piensan distinto. El Génesis ve al trabajo como un castigo por el pecado original y Hesíodo plantea que si no hubiera sido por culpa de Prometeo, hubiéramos podido trabajar un día y descansar el resto del año. Esa carga negativa quedó en las palabras; “tripalium” era un yugo e instrumento de tortura. Otras palabras tienen que ver con el esfuerzo de trabajar la tierra o producir algo nuevo, como la “labor”, que también se usó para trabajo de parto. En general el trabajo tenía un sentido inferior al del rol aristocrático o contemplativo; una gran filósofa, (Hannah) Arendt, distingue la labor de reproducir la vida y el trabajo que crea un objeto de la acción política más valiosa de los libres que discuten la cosa pública. Recién la reforma protestante rompe esa jerarquía aunque es un arma de doble filo: es el trabajo mismo y sobre todo los resultados económicos lo que ingresa como medida de valoración, no la realización personal o social, como mostró Weber en su análisis del protestantismo y el capitalismo. Pero incluso las posiciones de izquierda pensaban que el trabajo transformaría positivamente el mundo y Marx veía en el trabajo no enajenado la realización del ser humano. La diferencia está en que en la posición del capitalismo es el resultado exitoso lo que garantiza el valor.

- ¿Cómo se refleja eso hoy en día?

- En que a muchos les cuesta pensar el trabajo como la dura actividad de quien recoge cartón, colabora en un asilo, estudia y reflexiona; pero sí consideran trabajo la especulación en La Bolsa o elogian a quien “da trabajo” cuando solo ubica capitales de inversión, no para lograr una obra o la realización de esas personas, sino por la renta que va a obtener.

- ¿Es decir que el significado del trabajo y el valor que se le da está atado a las representaciones sociales?

- Sí, y epocales. Porque si bien siempre el ser humano ejerció diversas actividades (satisfacer necesidades, gozar estéticamente, gobernar o comerciar), no siempre fueron consideradas trabajo, ni de la misma manera. Esto es interesante para las discusiones actuales sobre actividades que no se sabe si son trabajo o si deben estar reguladas por las normas del empleo. La subrogación de vientres, los diversos modos de autogestión laboral, el trabajo sexual ingresan en esta discusión. Pero hay ideas constantes, ya Hesíodo justifica el trabajo como modo legítimo de obtener riqueza para canalizar la envidia y el deseo de posesión de un modo no violento, lo que actualiza Adam Smith y muchos discursos actuales, sin ver cuánto de la riqueza lograda tiene menos que ver con el trabajo o esfuerzo personal o la remuneración obtenida que con un sistema que se autoreproduce.

- ¿Entonces empleo y trabajo no son lo mismo?

- Discutía en Alemania con un compatriota que sostenía que en Argentina no hay trabajo. Yo decía que puede que no haya empleo, pero que está lleno de trabajo. Pensemos las necesidades por cubrir, el daño ecológico por restaurar, las injusticias por remediar, la ignorancia por superar. Trabajo no falta, lo que pasa es que se lo ató a la remuneración, y al recurso económico con la autonomía o libertad de condicionamientos. De hecho, un ideal frecuente de autonomía es la libertad de no necesitar de un salario para hacer o decir lo que uno quiere. Cuando pensamos en reivindicaciones sociales, por ejemplo para quienes cuidan a miembros de su familia o hacen tareas solidarias, siempre las subsumimos bajo el modo de la remuneración, el modelo del empleo. Es lógico no sólo porque a esa gente también le cobran en el súper, sino porque ese fue el modo que se impuso para valorar las actividades. Pero denota algo mucho más perverso, que es cómo hemos reducido toda nuestra actividad de transformación, protección y acción en el mundo a un medio de subsistencia en condiciones desfavorables para las mayorías, no para todos. Por esa reducción, sucedió con esas actividades lo que ya sabemos de la reproducción de toda mercancía, incluido el trabajo: entró en un sistema donde se le quita a quien lo hace una parte importante del beneficio que produce.

- En una sociedad un poco más justa, ¿qué sería lo ideal en cuánto al trabajo?

- Ulrich Beck dijo una frase tremenda: “El gobernante que diga que puede ofrecer pleno empleo, está mintiendo”. La tecnología, los modos de vida y una larga lista de etcéteras nos han hecho prescindir de muchos trabajos, que dejaron de ser empleos. Pero no se cumplió el sueño de que eso liberaría tiempo social para otros fines donde el trabajo fuese para desarrollar otras capacidades y buscar otros deseos. Por el contrario, si bien se acumuló riqueza, e incluso se logró que una parte mínima se extienda, la separación se hizo cada vez más brutal. Los análisis de Bauman y Sennett sobre el mundo laboral actual muestran algo en común: aunque sobreviva, la idea de que le irá bien a quien se esfuerza y cumple, ha mostrado sus límites. En ese descrédito, y en una sociedad tan injusta, la cuestión es pensar cómo la actividad humana, enmarcada como trabajo, puede ser menos alienante, menos cruel en relación consigo, con las demás personas y el mundo, y cómo puede establecer una forma de reconocimiento donde cada quien aporta lo que puede y recibe lo que necesita.

Otro mundo posible

Según Diego Fonti, una sociedad un poco más justa debería comenzar por preguntarse primero a dónde quiere llegar para, recién después, plantear los caminos. “No sólo hay un sentido popular, también hay expertos y grandes filósofos que nos ofrecen buenas ideas, como André Gorz o Ivan Illich”. Pero más que referir teorías, el filósofo propone una suerte de ejercicio mental a través de una serie de preguntas: “¿Cómo imaginaríamos una metamorfosis del trabajo en una sociedad futura, de modo tal que ni el trabajo nos enajene ni destruya al mundo, aunque nos dé también lo que necesitamos?; ¿cómo pensar qué necesitamos realmente y qué es exceso?; y sobre todo, ¿cómo pensar una sociedad de manera tal que consideremos justas sus relaciones, pero que no sepamos de antemano qué nos tocaría en ella a nosotros y nuestros hijos?”.

Un buen comienzo: vencer nuestras incoherencias

En un mundo que ya tiene una posición determinada, la filosofía incluye una primera tarea, la de pensar contra sí mismo, explica Fonti. “Así, cuando reconstruimos el vínculo de la “valorización” del trabajo desde los talleres renacentistas hasta la producción industrial y postindustrial y analizamos críticamente ese proceso, es preciso también reconocer nuestra parte de la noche. Cómo gozamos del sistema que criticamos y su “Modo de vida imperial”. Y ver si hay coherencia entre nuestras palabras y acciones”. En ese sentido, advierte que vencer nuestras incoherencias sería un buen primer paso. “Porque no sólo usufructúa del trabajo de otros quien con una hora de lo que ganan puede comprar miles de horas de tiempo de vida/trabajo de tantas otras personas, cuyo tiempo de vida se vuelve así muchísimo menos valioso. No sólo esa persona enajena, también lo hacemos cuando contribuimos a in-dignificar a los demás en su trabajo. Muy distinto de los guaraníes, que ven al trabajo como crear un regalo para otros”.

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