Amalita, una vida de poder (3ra parte)

La pregunta sobre qué hizo a lo largo de su vida Amalia Lacroze es incorrecta. La pregunta correcta es qué no hizo: oficialista de todo gobierno, madre protectora de combatientes de Malvinas, dueña de un club de fútbol, triunfadora sobre la URSS, amante huidiza, lenguaraz incontrolable, siempre sospechosa. Breves huellas de una mujer imparable y sin escrúpulos.

Por Juan Cruz Taborda Varela

Los ‘90 fueron su gloria máxima. Jamás había tenido inconvenientes de ningún tipo, pero con la presidencia de Carlos Saúl y la amistad que la unía con el mandatario, encontró su clímax. Eso, más la alegría que le daba el modelo económico vigente, volvieron sus últimos años de actividad empresarial en un festín que se conjugaba con su actividad diplomática y el rol de mujer protagonista.

Para sostener su defensa del peronismo de los ‘90, Amalita decía que ella siempre había sido peronista. Lo decía de noche, ante las cámaras de televisión, riéndose tras largos brindis que sabían dejarla al borde del ridículo, un límite que a ella no le importaba.

El periodista que la entrevista es el extinto –trágicamente- Daniel Mendoza, que la aborda con la pleitesía con que se aborda a una reina sin corona.

- Si no la viese tan linda como la veo ahora no me atrevería a hacerle esta pregunta, porque nadie se atreve a hacérsela. ¿Usted es peronista?

- Siempre fui, siempre fui -dice prontamente Amalita y comienza a reír, amparada en la impunidad que da el dinero-.

- Gracias señora, hasta siempre -dice Mendoza y se retira con una sonrisa.

Mucho más seria está Amalita cuando dice que “la Argentina antes (antes de Carlos Saúl) no existía, ahora somos parte del mundo. Es un re presidente”. Poco importaba que algunos años antes y en entrevista con su amigo del alma, el rumano Bernardo Neustadt, la dama del cemento se confesara alfonsinista. Era 1983 y la primavera alfonsinista impregnaba a buena parte de la sociedad. Poco antes de eso, su gran hombre era el genocida Emilio Massera. Amalita siempre comprendió el valor de ser, ante todo, oficialista: el Estado fue, eternamente, su gran socio.

*

Quizás su presunto peronismo era genuino. Porque fue gracias al peronismo -al primero- que Amalita y Alfredo Fortabat, que se llevaban más de 20 años, pudieron consumar su amor ante la ley. Cuando se conocieron, Alfredo era un hombre casado. Prontamente separado, después de un breve noviazgo, la nueva pareja no podía acceder al Registro Civil, porque en la Argentina de 1950 no había ley de divorcio. Pero el enfrentamiento de Perón con el catolicismo determinó que por unos meses de 1955, hasta el golpe, la normativa que habilitaba el divorcio vincular estuviera vigente. Amalita y Fortabat fueron la sexta pareja argentina en casarse en segundas nupcias gracias a aquella efímera ley que se recuperaría con la gestión de Alfonsín en los ‘80, pelea con la Iglesia mediante.

*

No todo fue un lecho de rosas entre Amalita y Alfredo. Las crisis matrimoniales incluyeron, en alguna oportunidad, a un tercero. Un tercero que no era un cualquiera. José María Alfaro Polanco era embajador de la España franquista en Argentina. Viejo fundador de la falange española, amigo de José Antonio Primo de Rivera, autor de algunos versos del himno fascista “De cara al sol”: una joya. La leyenda, que aquí no nos encargaremos de rebatir, indica que Amalita, cansada de la omnipresencia de Fortabat, se tomó un avión y se fugó con el franquista. Pero a poco de la huida, recibió un mensaje del creador del emporio cementero.

- Las joyas que te llevaste, querida, son réplicas. Las verdaderas están conmigo -le decía un muy tranquilo Fortabat.

Amalita no fue la única millonaria argentina que Polanco enamoró con sus ojos azules. Otra víctima fue una empresaria que acababa de enviudar. El español fue la razón de la eterna enemistad entre las dos mujeres empresarias más importantes de nuestra historia: Amalita y Ernestina, enamoradas ambas de un franquista, se odiaron siempre. Ni siquiera el romance ilegal entre la dueña de Clarín y Oscar Camilión calmó los ánimos de la mujer fuerte de los medios argentinos. Pobre Camilión: como no quiso dejar a su mujer, su nombre estuvo prohibido durante décadas en la redacción del gran diario argentino.

*

El oficialismo de Amalita estuvo vigente en etapas democráticas y también en dictaduras. Dictaduras de todo tipo. Exponente del capitalismo paternalista, mientras Alfredo Fortabat vivía, trabajar en la cementera Loma Negra, en Olavarría, era la gloria: salarios por encima de la media, viviendas para todas las familias, servicios de salud y recreación, todo a cargo del paterfamilias. Una vez muerto el empresario, Amalita mantuvo buena parte de esos derechos adquiridos, pero otros los comenzó a retacear. Eso generó, por primera vez en décadas, protestas laborales en la planta extractivista.

Los obreros organizados pedían, en épocas de la última dictadura, lo de siempre: mejores condiciones salariales y laborales en una empresa que crecía gracias a sus vínculos con la obra pública. Los trabajadores de Loma Negra, en esas épocas aciagas, tenían un abogado de nombre Carlos Moreno, asesor de la Asociación de Obreros Mineros de la Argentina –AOMA–, quien impulsaba las demandas millonarias de los trabajadores de la cementera.

El 29 de abril de 1977, Carlos Moreno fue secuestrado a punta de pistola en Olavarría. Hace tres años, se confirmaron cinco condenas que había dictado previamente el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata por el secuestro, tormentos y asesinato, en mayo de 1977, del abogado Moreno. Amalita siempre miró para otro lado.

*

También miró para otro lado cuando apareció en la escena pública argentina el señor Rafael Rodríguez, quien decía ser, con justa causa, hijo de Alfredo Fortabat. El hombre, habitante de un rancho olvidado, buscaba lo que le correspondía. Amalita usó su poder para impedirlo y, también pasada de copas, confesó ante las cámaras de televisión tras una noche de fiesta:

- Yo sé que ustedes tienen ganas de dispararle un tiro.

Justo es reconocer que en épocas de la guerra de Malvinas Amalita, ahí, no miró para otro lado. Consustanciada con la causa de los combatientes, puso buena parte de su fortuna para la organización “Voluntarias por la Patria”, que incluía la militancia activa de la mujer emblema del sentido común de derecha argenta, Lita de Lázari, muy amiga de Lacroze. Quien conducía la patriada para brindarles contención a los jóvenes que volvían al continente era Sofía Laferrere Madero de Pinedo, la mismísima la madre de Fede, el presidente más breve de nuestra historia.

Pese a que esos jóvenes habían sufrido en manos del imperio inglés, Amalita tenía a la URSS entre ceja y ceja. Se propuso ganarle. Y como todo en su vida, lo logró. Lo veremos en el siguiente capítulo.

Dejá tu comentario