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Serrat pasó por Córdoba en su gira de despedida

La gira "El vicio de cantar 1965-2022" ya pasó por Rosario y Córdoba. Aún le restan otras cuatro conciertos en Villa Crespo donde cantará este domingo a la noche y las del 25, 26 y 29 con entradas agotadas.

Joan Manuel Serrat, autor de populares canciones que surcaron más de medio siglo de la vida de las personas en toda Iberoamérica, inició el sábado a la noche en el estadio porteño Movistar Arena atestado de público, el segmento porteño de despedida de los escenarios con un show tan emotivo como representativo de su monumental obra.

Unas 24 piezas desplegadas en cerca de 150 minutos de recital resultaron insuficientes pero emblemáticas del legado que el trovador catalán desplegó en un camino musical signado por pasiones vitales, políticas y amorosas que supieron sellar un lazo irrompible con buena parte de la audiencia.

Y ese vínculo, plagado de memorias, vivencias, acuerdos y complicidades, añadió el condimento de un adiós al que el propio responsable de la partida decidió quitarle dramatismo pero, no por ello, menguó el impacto turbador.

La partida de Serrat se da en el marco de una gira planetaria que se inició a fines de abril en Nueva York y también pasó por Puerto Rico, República Dominicana, México, Colombia, Costa Rica, buena parte de España, Chile, Perú, Venezuela y Ecuador.

Desde el sábado 5 en Rosario, “El vicio de cantar 1965-2022” llegó al país donde también pasó por Córdoba y aún le restan otras cuatro veladas en el reducto del barrio de Villa Crespo con capacidad para 15.000 espectadores donde cantará este domingo a la noche y las del 25, 26 y 29 con entradas agotadas.

El imponente tour regresará en diciembre a Europa para –con una parada intermedia en Andorra- hacer media docena de presentaciones en dos sedes de Madrid y Barcelona donde el telón se bajará definitivamente el viernes 23.

En Buenos Aires, una de las ciudades en las que el impacto de su repertorio fue bandera y prenda de amor para que la poesía se tuteara con la música y ello se integrara a un lenguaje popular y masivo, el show se demoró más de media hora del inicio pautado pero pareció que nadie quería apurar el desenlace.

Finalmente y pasadas las 21 con los acordes de “Dale que dale” (primera de las tres piezas basadas en textos del poeta Miguel Hernández que fueron parte del repertorio), Serrat se lanzó a ese torbellino estremecedor que lo acompaña desde siempre pero que en esta ocasión sumó el ingrediente de la última vez.

A los 78 años y habitando el escenario como si paseara por la sala de su hogar, el artista repitió el parlamento tendiente a descomprimir el impacto de esta serie de actuaciones y expresó cuestiones como “Serrat afirma que se despide aunque yo no lo creo”, “quiero que sea un concierto donde reine la alegría” y llamó a quitar “cualquier atisbo de nostalgia o tentación de melancolía” porque, subrayó, “todo lo que nos queda por delante es futuro y no nos lo vamos a perder”.

Y aunque varias veces insistió con apaciguar el motivo de la cita y hasta pareció bajarle el precio a temas cuyas historias atribuyó a la mera fantasía, no pocas veces sus ojos se poblaron de lágrimas durante una actuación que lo mostró impecable para visitar una porción de su trascendente cancionero.

Y entonces importó poco –antes y en la noche del sábado- qué tan real fuera “Lucía”, qué rostro tuviera la suegra invocada en “Señora” o los entretelones de esa pasión nunca concretada en “Romance de Curro El Palmo”, literatura de alto vuelo en siete minutos portando esa figura que lo dice todo en materia de sentires: “Ay, mi amor, sin tí mi cama es ancha”.

En ese andar donde lo cobijó una banda de sólida y lucida performance integrada por Ricard Miralles (piano, arreglos y dirección), Josep Más Kitflus (teclados), David Palau (guitarra), Úrsula Amargós (violín y voz), Vicente Climent (batería), Rai Ferrer (contrabajo) y José Miguel Sagaste (vientos y acordeón), fue imposible abarcar semejante cancionero, pero dio acabadas muestras de su pulso.

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