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La madre de todas las batallas: ¿Podrá controlar el Gobierno la inflación en un año electoral?

El salto en los valores de la canasta básica en el segundo semestre de 2022 le suma presión a una situación social compleja que tiene también crecimiento de la indigencia: aquellos que no tienen ingresos suficientes para alimentarse. Si el Gobierno no logra desacelerar la inflación, la tendencia será irreversible. Los planes asistenciales del Estado también pierden contra los precios

Por Gonzalo Dal Bianco

La Argentina presenta una serie de variables que a simple vista parecen contradictorias, con niveles de crecimiento del 5% del PBI en lo que va del año, pero con aumento de la pobreza y la indigencia. Eso podría plantear un problema de redistribución. Pero entre una y otra variable, la inflación irrumpe y golpea con fuerza el bolsillo de la población, que actualmente no tiene problemas de empleo, sino de calidad del trabajo y finalmente de ingresos: en el mercado laboral hay cada vez más protagonismo de la informalidad frente a un empleo en blanco que permanece estancado hace más de una década. Ese combo juega hoy un papel central detrás de una fragilidad social cada vez más evidente y explica también las caídas en los niveles de consumo. Las familias empiezan a tener limitaciones para enfrentar la inflación luego de que, en muchos casos, más miembros se incorporaron a empleos marginales y así sumaron ingresos que sirvieron de amortiguador. Ahora ese recurso se agotó. A su vez, los planes asistenciales, y pese a los refuerzos que se anuncian a menudo, también corren de atrás y consecuentemente alcanzan cada vez para cubrir menos gastos. Por eso muchos economistas hablan de una ilusión monetaria derivada de una mayor cantidad de billetes en el bolsillo, pero que en realidad compran cada vez menos bienes y servicios.

Leopoldo Tornarolli es economista de la Universidad de La Plata, pero particularmente es investigador de pobreza, desigualdad y otros aspectos socioeconómicos, y rápidamente pone la lupa sobre la aceleración del proceso inflacionario para advertir que posiblemente la pobreza vuelva a ubicarse en torno al 40% a fin de año en “un cálculo algo conservador”. Pero inmediatamente advierte que la indigencia puede mostrar un aumento más significativo aún para el cierre de 2022 y el comienzo del año electoral.

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El economista Leopoldo Tornarolli.

El economista Leopoldo Tornarolli.

El último dato oficial publicado por el Indec correspondiente al primer semestre de este año reveló un 36,5% de pobreza y un 8,8% de indigencia. El primero de los datos mostró un retroceso de 4,1 puntos porcentuales con respecto a igual período de 2021 (40,6%), pero sigue por encima de los valores prepandemia. Esa información fue remarcada en las últimas semanas por la Cepal, que advirtió por ese comportamiento en la mayoría de los países de la región.

Tornarolli explica allí que si bien “es temprano para pensar un número preciso de pobreza para este segundo semestre, seguramente será cercano o incluso superior al 40% dada la evolución que venía trayendo la pobreza en el año. Si bien en el primer semestre mostró una baja o el mismo nivel que el segundo semestre de 2021, en realidad al interior de ese período uno ve que bajó en el primer trimestre y subió en el segundo. Si mantuviera el ritmo de esa segunda parte llegaría a 40% hacia finales de año. Eso no sería raro y hasta podría considerarse bastante conservador incluso porque la aceleración inflacionaria se dio a partir del tercer trimestre del año y se está dando en este último. Por eso habría que esperar que la aceleración y el crecimiento pueda ser mayor a la del segundo trimestre”, anticipó. Aquí vale recordar que el dato del segundo semestre de este año se conocerá oficialmente recién en marzo del año próximo, de acuerdo al calendario del Indec.

“Para volver a crecer es necesario corregir todos los desequilibrios. Hoy más que un problema distributivo tenemos un problema de falta de crecimiento. Obviamente que si durante el proceso de crecimiento además se mejora la distribución, sería mejor porque facilita y acelera la reducción de la pobreza. Son procesos que van de la mano porque el crecimiento da más margen para redistribuir, saca gente de la pobreza y las políticas sociales van a un grupo más pequeño de la población, lo que permite diseñarlas mejor. Cuando la torta es más grande es más fácil conseguir consensos sobre cómo repartirla” (Leopoldo Tornarolli). “Para volver a crecer es necesario corregir todos los desequilibrios. Hoy más que un problema distributivo tenemos un problema de falta de crecimiento. Obviamente que si durante el proceso de crecimiento además se mejora la distribución, sería mejor porque facilita y acelera la reducción de la pobreza. Son procesos que van de la mano porque el crecimiento da más margen para redistribuir, saca gente de la pobreza y las políticas sociales van a un grupo más pequeño de la población, lo que permite diseñarlas mejor. Cuando la torta es más grande es más fácil conseguir consensos sobre cómo repartirla” (Leopoldo Tornarolli).

Sobre esa aceleración inflacionaria que marca Tornarolli hay que recordar que ya en marzo, en el cierre del primer trimestre, fue del 6,7% y luego le siguieron meses de 6%, 5,1% y 5,3% en la segunda parte del semestre. Pero a partir de ahí se produjo un nuevo salto porque en julio, cuando renunció el ministro de Economía Martín Guzmán, la cifra trepó a 7,4% y continuó con 7% y 6,2% en agosto y septiembre respectivamente. En octubre fue del 6,3%. ¿A esa velocidad, los ingresos pueden seguir el mismo ritmo? Para el economista e investigador del Cedlas claramente no: “Es prácticamente imposible pensar que la pobreza se pueda reducir en un contexto en el que la inflación sube al 6% mensual. Eso genera además todo tipo de distorsiones en la actividad económica, en las inversiones, en la contratación de las empresas que hacen imposible sostener una dinámica laboral virtuosa con generación de empleo registrado. Por otro lado, es muy difícil que los ingresos, cuando la inflación va a esa velocidad, se mantengan al mismo ritmo, y además durante los períodos entre las negociaciones salariales pierden mucho poder adquisitivo. Por eso se acortan los períodos de negociaciones, pero igual la pérdida es inevitable”, consideró.

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Tornarolli recordó que los ingresos registrados se mantuvieron en el primer tramo del año al ritmo de la inflación, pero con la aceleración inflacionaria posterior “es probable que hasta los ingresos formales hayan perdido, salvo algún período puntual de ajuste salarial. Lo que ayudó a amortiguar en parte el proceso inflacionario fue el empleo no registrado. En Argentina el nivel de ocupados está relativamente alto respecto a los datos históricos; es el nivel de empleo más elevado de los últimos 25 trimestres y eso compensa en parte la pérdida de poder adquisitivo porque de pronto hay hogares que perdieron capacidad de compra, pero si un nuevo integrante del hogar consiguió empleo –aunque sea en negro- aporta. Pero eso posiblemente haya alcanzado un límite porque estamos en niveles altos y no hay mucho más margen para que eso sea un factor de compensación en adelante”, consideró.

En esa misma línea, Eduardo Donza, sociólogo e integrante del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, aseguró que “si uno compara 2021 con 2022 hubo una reactivación del trabajo de menor calidad, lo que es la changa. Y es presumible que esos ingresos adicionales en los hogares puedan haber equilibrado un poco el aumento inflacionario. Eso es porque se ve una reactivación de esos sectores, insistiendo en que es empleo de muy baja calidad”, remarcó.

El sociólogo también aprovechó para destacar que “los indicadores que tenemos se hacen muy volátiles con estos niveles de aumento de la canasta que rondan el 7, 8 o 9 por ciento mensual. Y tengamos en cuenta que estar un poquito por encima de la línea de la pobreza o de la indigencia no cambia la calidad de vida de esa población”,al tiempo que señaló que “a los trabajadores precarizados, los que hacen tareas por cuenta propia, cuando uno les pregunta por los ingresos del mes anterior no los tienen claros. Con estos niveles de inflación no solamente se pierde la noción de los gastos que se realizan o se tienen, sino también de los ingresos”.

“Tenemos que mejorar el mercado de trabajo. Y para eso tenemos que mejorar la productividad. Y ahí tienen que dinamizarse las economías regionales, políticas de Estado tendientes a la producción y al trabajo que sean consensuadas, y no solo al interior del sistema político, sino especialmente con los productores, empresarios, inversores. Necesitamos inversiones genuinas y para eso necesitamos estabilidad macroeconómica: que se conozca el valor del dólar, cuánto va a salir una materia prima dolarizada, cuánto van a poder exportar y a qué dólar. Lamentablemente todo hoy es una incertidumbre total” (Eduardo Donza). “Tenemos que mejorar el mercado de trabajo. Y para eso tenemos que mejorar la productividad. Y ahí tienen que dinamizarse las economías regionales, políticas de Estado tendientes a la producción y al trabajo que sean consensuadas, y no solo al interior del sistema político, sino especialmente con los productores, empresarios, inversores. Necesitamos inversiones genuinas y para eso necesitamos estabilidad macroeconómica: que se conozca el valor del dólar, cuánto va a salir una materia prima dolarizada, cuánto van a poder exportar y a qué dólar. Lamentablemente todo hoy es una incertidumbre total” (Eduardo Donza).

Finalmente hay un dato más que argumenta en favor de una tendencia creciente de la pobreza y la indigencia hacia el cierre de este año y el comienzo de 2023: las canastas con las que se definen ambas variables suben por encima del dato del IPC. El economista del Cedlas lo detalla al destacar que esta dinámica hace que “aún si los ingresos van a la velocidad del IPC que publica el Indec, no alcanzaría ni siquiera para mantener los mismos niveles de pobreza, que subiría por los valores de las canastas. El año pasado las canastas habían acumulado subas de 13 o 14 puntos menos que la inflación y ahora ocurre lo contrario. Este año la canasta básica total ya subió 7 puntos más que la inflación y la alimentaria, 12 puntos más. Por lo cual el aumento de la indigencia es probable que sea superior al de la pobreza”, advirtió Tornarolli.

¿Problema de crecimiento o distribución?

Los expertos en pobreza, desigualdad y distribución explican que más allá de bajas o subas de los niveles de pobreza en determinadas coyunturas, la Argentina consolidó en las últimas décadas un núcleo duro de población que no alcanza a cubrir las necesidades básicas y que ronda el 25 por ciento. Y para romper esa cifra no alcanza ya con medidas de coyuntura, sino que hay que atacar problemas estructurales que el país arrastra desde hace mucho tiempo.

“Desde 2011 diría que no hay una tendencia clara de mejora en la pobreza. Tenemos años en los que se redujo, particularmente en los impares como 2011, 2013, 2015 y 2017, que fueron electorales. Pero luego, en 2012, 2014, 2016 y 2018 empeoró la situación, que siguió mal en 2019 y luego llegó la pandemia en 2020. El problema principal es que los ingresos cayeron, que perdieron con la inflación y el producto no creció. Si uno compara el producto per cápita en Argentina, hoy es un 10% más bajo que en 2011. Entonces, si eso fue así, para evitar que crezca la pobreza debería haberse dado un proceso de mejora en la distribución del ingreso enorme para compensar. Y justamente los datos de distribución del ingreso no muestran para nada una mejora ni un deterioro muy grande. Más o menos la distribución se mantiene constante. Por lo cual la suba de la pobreza en Argentina es producto de la falta de crecimiento y entonces ahí el diagnóstico es que el requisito principal debe ser estabilizar la economía”, explicó Leopoldo Tornarolli.

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Eduardo Donza coincidió con el diagnóstico y remarcó que “sobre los datos de pobreza, podemos esperar alguna variación un poquito para arriba o para abajo, y la indigencia lo mismo. Pero el problema es que estamos en niveles muy elevados. Estamos consolidados en valores altos y desde hace varias décadas, y generaciones. Incluso de los mismos grupos poblacionales. Hay un 20 o 23 por ciento de pobreza de núcleo duro, y las generaciones nuevas ven a sus abuelos y a sus padres que vivieron en la pobreza. Empezamos a tener una tercera generación que está cada vez más en la periferia, o excluidos directamente. Y lo más peligroso de esto es que no sólo excluidos de la distribución del ingreso, de poder producir o trabajar, sino excluidos de las pautas sociales mínimas”, advirtió el sociólogo del Observatorio de la Deuda Social de la UCA.

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El sociólogo del Observatorio de la Deuda Social de la UCA Eduardo Donza.

El sociólogo del Observatorio de la Deuda Social de la UCA Eduardo Donza.

En ese punto agregó: “Las soluciones son de base y necesitan mucho consenso de los actores de la política, la producción y el trabajo. Muchas veces se piensa que es sólo una cuestión distributiva y no es así. Incluso se habla de cortar las porciones de la torta de manera diferente pero con una torta que se achica cada vez más eso no arroja soluciones. Es más, cuando se dice que el PBI crece 2, 3 o 4 por ciento en algún período, hay que ver bien qué sectores y qué generación de empleo tienen. Las cosas no son tan lineales, porque a veces analizamos los promedios generales y la diversidad es enorme. La estructura productiva en Argentina es muy diversa”, puntualizó Donza.

Compartiendo el punto de vista, Tornarolli sugirió que “para volver a crecer es necesario corregir todos los desequilibrios. Insisto, hoy más que un problema distributivo tenemos un problema de falta de crecimiento. Obviamente que si durante el proceso de crecimiento además se mejora la distribución, sería mejor porque facilita y acelera la reducción de la pobreza. En muchos casos esos son procesos que van de la mano porque el crecimiento da más margen para redistribuir, saca gente de la pobreza y por lo tanto las políticas sociales van a un grupo más pequeño de la población lo que permite diseñar mejores políticas. Cuando la torta es más grande es más fácil conseguir consensos sobre cómo repartirla”.

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Sobre los consensos fue que reflexionó finalmente Donza, que los consideró fundamentales para romper el deterioro social: “Lamentablemente me parece que falta todavía para avanzar en un consenso de distintos sectores. Tiene que venir primero una toma de conciencia de todos los actores y sobre todo del sistema político y el Gobierno de turno que esté, que debe tener un nivel de humildad importante. Porque debería saber que no se puede solucionar solo estas cuestiones y debería sumar a otros para pensar entre todos. Además, hasta aquí ningún gobierno lo pudo solucionar, tomando incluso un período corto de 20 años. Mejoró mucho después de la crisis de 2001 y la salida de las políticas neoliberales, pero esa mejora duró hasta 2008-09 y ahí se estancó, aún con un contexto internacional muy favorable que ya no tenemos, al contrario. Hoy el contexto internacional nos encuentra con un tenedor en la mano cuando está lloviendo sopa. Porque un país como Argentina no debería tener déficit energético y lo tenemos; deberíamos estar vendiendo energía. Pensemos en Vaca Muerta que comenzó a hablarse con más fuerza desde 2008, y no logramos tener una política de desarrollo a partir de ese recurso para estar aprovechando ya el potencial”.

Y allí Donza recordó la demora en la construcción del gasoducto Néstor Kirchner que podría dar vuelta la balanza energética del país: “En 15 años no pudimos tirar un caño. Eso es lo que nos falta como política de Estado. Ahora tenemos otro recurso más como el litio, ¿qué se está haciendo como política consensuada? La Nación, las provincias y los municipios involucrados deberían estar avanzando rápidamente para ver el tipo de explotación, si se necesitan inversionistas internacionales, si se realizan alianzas con empresas privadas, si lo manejará YPF; hay que decidir muchas cosas. Y sumemos los temas ecológicos y ambientales, los pueblos originarios que plantean derechos sobre esas zonas. Hay que saldar un montón de cosas porque parece que todo es presión y negociación, cuando necesitamos políticas de Estado, acuerdos, y asumir los costos de eso. Porque sentarse a negociar implica ceder algo. De lo contrario es un sálvese quien pueda y que cada uno trate de ganar lo máximo posible en el menor tiempo posible y así lo único que lograremos es seguir igual que ahora”.

Inflación y planes sociales

El impacto de la inflación sobre las transferencias sociales que realiza el Estado es contundente. En poco tiempo logró dañar esos ingresos de las familias más vulnerables. De acuerdo al Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (Isepci), en enero de 2020 la canasta de alimentos costaba $16.478, mientras que en septiembre de este año el valor trepó a $56.731.

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