Por Hugo Caric
Esta vez no jugó el sufrimiento. Por suerte. Argentina le devolvió a Croacia el 3-0 de hace cuatros años en Rusia y hasta terminó dándole minutos a Dybala, Foyth y Correa, los únicos jugadores de campo que todavía no habían pisado el césped en Qatar.
Ni el más optimista lo hubiera soñado de ese modo. Argentina alcanzó su sexta final mundialista de la historia con un triunfo justo y merecido, elaborado con paciencia, inteligencia y eficacia, más allá del ‘trámite’ que puede sugerir tan holgado marcador.
El seleccionado albiceleste resolvió la semifinal en menos de 40 minutos, los que tardó para lograr una diferencia de dos goles que para los croatas sería imposible remontar. No tanto desde lo futbolístico, pero sí desde lo emocional. “Julián Álvarez nos abrió el camino”, declaró Lionel Messi al término del encuentro, dándole el crédito del momento clave al delantero cordobés.
Una atropellada que terminó en penal y gol de “la Pulga” y una apilada que resolvió a fuerza de intuición y perseverancia, le permitieron al jugador del Manchester City apretar la tecla justa. A priori, el juego no ofrecería muchas chances en las áreas y más que nunca la eficacia jugaría un papel clave en la definición.
Los dueños de la pelota
No resultó sencillo, para nada. Se sabía que la mayor fortaleza de los dos equipos era tener la pelota y manejar los espacios, y eso quedó claro en el segmento inicial del encuentro. En ese pasaje de dominio alternado, el duelo ofreció muchas posibilidades cuando se jugó al compás de un Messi consolidado en modo estratega, pero también mostró riesgos en los momentos en los que Luka Modric agarró la batuta y les marcó el compás a sus laderos.
La máxima efectividad de Argentina resultó determinante para la suerte del partido. Y también la inteligencia para administrar la ventaja sin otorgar demasiado margen para algún sobresalto. El prematuro 0-2 despojó a Croacia de su esencia, y eso también terminó inclinando la balanza. Los balcánicos intentaron apretar el acelerador sin traicionar sus convicciones, pero más temprano que tarde terminarían optando por jugar ‘a lo Países Bajos’, tratando de incomodar al fondo argentino con el ingreso de un par de grandotes y llenando de centros la parcela de ‘Dibu’ Martínez.
Hubo un momento de incomodidad, pero jamás incertidumbre. Hasta que Lionel Scaloni replanteó la estrategia y modificó el dibujo táctico. Sacrificó a Leandro Paredes, de muy buen desempeño, y armó la ‘línea de cinco’ para esperar con un equipo más ancho e intensificar la presión en la mitad de la cancha.
El entrenador lograría su objetivo con creces. El equipo de la AFA ratificó que la versatilidad, a la par del carácter y de calidad técnica, constituye una de sus cualidades sobresalientes.
Se ha formado una pareja
Una mueca encendió las alarmas y fue el propio Messi quien se encargó de señalizar el lugar de la preocupación. Estaba claro que “la Pulga” no había salido ileso de la primera persecución de los croatas. Pero lejos de ‘sacarlo’ del partido, el contratiempo activó al capitán argentino. Rescatar fuerzas de la adversidad (y también del ‘ninguneo’) forma parte de la versión qatarí de Lionel, y también del ADN del conjunto argentino. “No los vamos a dejar tirados”, les había dicho a los hinchas luego de la inesperada derrota en el debut ante Arabia Saudita. Hombre de palabra.
Hubo muchos puntos altos, pero si algo funcionó a la perfección fue la sociedad entre el goleador histórico del seleccionado albiceleste, y el nuevo artillero del equipo. Entre este Messi de más amagues que gambetas, más bochinesco que maradoniano, y un Álvarez que tiene la frescura, la velocidad, la inocencia y el potrero que históricamente aportaba el capitán. Una sociedad a la que habrá que ponerle fichas el domingo en la final.
“No sé si éste es mi mejor Mundial, pero sí que estoy disfrutando muchísimo de estar en la selección”, fue otro de los títulos que tiró Messi en las declaraciones post-partido. En esa frase parece estar la clave. Ojalá termine siendo la llave de la felicidad.

