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El rugby, el bronce, los clubes y un deporte con lugar para todos

El tercer puesto obtenido por Los Pumas '7 en Tokio 2020 pone al deporte de la ovalada en el centro de la escena. ¿Qué hay detrás de la medalla?

El crecimiento del rugby argentino no se detiene. La medalla de bronce obtenida por el equipo de seven, Los Pumas ‘7, hace algunas horas en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, no es más que la coronación de un trabajo de mucho tiempo y que consta de una estructura que convirtió al deporte al profesionalismo hace algunos años.

Estos jugadores pertenecen a un sistema, como se le dice en el ambiente, en el que cuentan con un respaldo económico, que si bien no se acercan a las ganancias que obtienen profesionales de otros deportes, les permite dedicarse plenamente al entrenamiento y competencia, con una estructura logística y de infraestructura adecuada para competir al más alto nivel.

Además, el rugby de siete hombres participa de un Circuito Mundial que lleva a los jugadores a estar constantemente viajando a lo largo y ancho del planeta durante gran parte del año, al menos eso ocurría en la pre-pandemia, por lo que no podrían tener otra ocupación, salvo algunas actividades académicas a distancia.

Por eso, la medalla de bronce que se colgaron esta madrugada en la ‘noche de Tokio’ no es solo por lo que hicieron los tres días de competencia en la cita olímpica, sino que es un logro trae aparejado un esfuerzo inmenso de años no solo de los jugadores que estuvieron, sino también de los quedaron fuera de la lista y del cuerpo técnico y los asistentes que están atentos a cada detalle.

Claro que antes de poder vestir la camiseta de la selección, todos lo rugbistas tuvieron un indispensable soporte en lo que aprendieron en sus clubes, esas instituciones que hoy de alguna u otra manera se sienten representadas por esos ‘gladiadores’ que dejaron bien arriba los colores argentinos y pudieron ganar la primera presea para el deporte de nuestro país.

Los clubes son esa base fundamental donde comienza todo. Quizás a algunos los llevaron por primera vez sus padres (muchos son exjugadores), o simplemente llegaron al club porque acompañaron a un entrenamiento a un compañero de colegio o un amigo del barrio, y se quedaron. Lo primero que se les mete a cada uno en la piel son los colores de sus clubes y nunca se olvidan de sus raíces.

Aunque con el paso de los años y el desarrollo físico y técnico, algunos de los jugadores ven chances de poder vestir la ‘celeste y blanca’ y allá van por todo, dejan de lado miles de cosas para poder ponerse la de Los Pumas. En muchos casos no llegan ni siquiera a debutar con la Primera División de sus clubes, pero siempre los tienen muy presentes sabiendo que están en ese lugar gracias a lo que aprendieron en esas canchas amateurs, donde al principio era solo por diversión.

Los cordobeses Gastón Revol y Luciano González (La Tablada), Germán Schulz (Tala) y Lautaro Bazán (Córdoba Athletic y formado en Universitario) fueron un aporte fundamental para el bronce argentino. Por eso el deporte cordobés se sintió muy bien representado, y el apoyo para estos jugadores llegó desde todos los clubes que forman parte de la Unión Cordobesa de Rugby.

Seguramente el contexto de pandemia no permitirá una recepción como corresponde a los ‘Campeones’ para nosotros, pero que la tienen merecida, la tienen merecida. Al igual que el cordobés del Athletic Fernando Luna, que fue parte de este proceso durante muchos años y se quedó afuera por una lesión.

El rugby argentino sigue demostrando que está para grandes cosas, que hay lugar para todos, desde hombres de más de 100 kilos, hasta jóvenes como Marcos Monetta, que con su velocidad y poco más de 70 kilos logró ser el goleador del equipo.

El rugby es para todos, la diversidad de puestos dentro de la cancha permite un lugar para cada uno, es un deporte que combina destrezas, inteligencia y fortaleza física y mental como todos. Hoy los clubes están reabriendo sus actividades y el buen andar del seven argentino podría ser un impulso para todos los que quieran comenzar, y una buena excusa para volver de aquellos que se alejaron con la pandemia.

*Por Javier Pennacchioni

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