La salud mental después de la pandemia

Vuelta de tuerca. La pandemia cedió, pero todavía no terminó. ¿Qué cambió desde entonces en el área de Salud Mental de la Provincia? En el Neuropsiquiátrico denuncian un fuerte retroceso en los espacios de socialización y expresión artística, a contrapelo de los que recomienda la Organización Panamericana de la Salud.

Por Sofía Jaimez Bertazzo

Tras las medidas de confinamiento tomadas con la aparición del COVID-19 y el relajamiento devenido de la merma de contagios, ¿Qué lugar ocupa en la agenda actual la salud mental?

¿A qué se hace referencia cuando se habla de salud mental? Se trata de un derecho humano fundamental.

Durante años las adicciones y afecciones fueron relacionadas a la “locura” como término patologizante y excluyente. Personas que no son “normales” y hay que tratarlas para acomodar su vida.

Con la sanción de la Ley de Salud Mental N° 26.657, aprobada el 25 de noviembre de 2010, se dio un giro a los establecimientos y tratamientos hacia una mirada más profesional. Se entendió a la salud como un estado integral, mental, físico, social y emocional.

Entre las medidas más importantes se hizo un trabajo para la desmanicomialización, transformando las instituciones en espacios interdisciplinarios, intersectoriales y con relación directa hacia la comunidad.

Sin embargo, la ley no tuvo el efecto esperado, ya que en muchas ocasiones no se logró efectivizar la letra y el espíritu de la nueva ley ante la férrea oposición de sectores arraigados a la medicina hegemónica.

Córdoba no va

El Neuropsiquiátrico Provincial había avanzado en los espacios de socialización, estableciendo

15 talleres destinados al arte y la capacitación de los usuarios del servicio. A través del Programa Sociolaboral se enseñaban oficios como carpintería, herrería, costura, entre otros. También había actividades deportivas y encuentros competitivos.

Desde los tratamientos propiamente dichos se intentaba no internar a las personas, salvo que -como la propia ley lo aclara-, fuera la medida más conveniente, en forma transitoria, para una mejoría de la salud.

El aislamiento social preventivo motivó que se fueran desmantelando paulatinamente los espacios de construcción colectiva. Así, de los 15 talleres que funcionaban antes de la pandemia solo quedaron cuatro activos y se dictan fuera del edificio ubicado en la calle Rector León Morra 160.

Durante la pandemia, con las prohibiciones de circulación y la falta de turnos, muchos tratamientos ambulatorios fueron discontinuados, se hizo hincapié en el hospital como un espacio monovalente de agudos y los talleres fueron desarraigados de la manzana tradicional del Neuro.

Mantener las actividades artísticas en la virtualidad fue complicado y uno a uno se fueron dando de baja hasta llegar a la situación actual: no solo se les quitó el derecho a los usuarios ambulatorios de transitar esos espacios, sino también a los internos. Además se pintaron las paredes de la manzana, donde había intervenciones artísticas, frases y pinturas creadas por los usuarios de los talleres, el personal del neuro, familiares y colaboradores que se fueron sumando. El blanqueamiento fue un nuevo síntoma de censura al arte y un claro mensaje para el barrio que contiene este edificio histórico.

Julieta Zapata, una de las coordinadoras de los talleres, explica: “Siempre hubo una cierta resistencia a la cuestión artística dentro del hospital. Pero con el cambio de autoridad se terminó de concretar con la alineación de los tres sectores de decisión -la Dirección del establecimiento, la Secretaría de Salud Mental y el Ministerio de Salud- , con el argumento de que los talleres son comunitarios, entonces tienen que estar en la comunidad. Cuando en realidad la riqueza era alojarnos dentro del hospital y que sea una opción más para los usuarios que circulan ahí adentro. Y a través de un oficio o del arte incluirlos en la sociedad”.

Quienes coordinan los talleres lo hacen vocacional y voluntariamente por el compromiso que tienen con las personas que asisten, pues no son empleados del establecimiento y por tanto no son asalariados. Zapata agrega: “La Ley de Salud Mental dice que estos dispositivos alternativos tienen que existir y darse en comunidad para recuperar lo que una internación psiquiátrica te quita. Por eso se habla de rehabilitación, que es volver a habilitar lo que queda por fuera después del estigma social de la internación”. El estigma social cargado al diagnóstico aísla a las personas de su círculo íntimo, de las posibilidades laborales, sociales y educativas.

Construcción colectiva

Los espacios de construcción colectiva son importantes en la visión de las personas que los transitan. Roberto “Piojo” Martín lleva años concurriendo a los talleres, primero conoció la radio, de allí la gráfica, más tarde el teatro y la música. “Al Neuro lo siento como mi casa, más que mi propia casa. Los amigos que tengo ahí los siento como mi familia. Los talleres me dieron la posibilidad de tener grupos y descubrir lo que me gusta hacer: radio. Yo nunca me imaginé estudiando, pero un compañero locutor me dio la posibilidad de empezar el curso en el instituto y arranqué”, cuenta.

Las afecciones de salud mental pueden incidir en cualquier persona. Un equipo de investigación de la Universidad Nacional de Córdoba y el CONICET evaluó los impactos del aislamiento social por la pandemia sobre la salud mental. En el informe queda reflejado el problema estructural al que la sociedad debe enfrentarse: la falta de inversión y relevamiento integral de la salud.

Los médicos Juan Carlos Godoy y Cecilia López Steinmetz, a cargo del proyecto, destacan la necesidad de generar una base sólida evaluando los rastros que dejó la pandemia respecto a indicadores generales y específicos del estado de salud mental.

En un informe fechado en WASHINGTON el 25 de noviembre de 2021, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) refleja el efecto de la pandemia en la salud mental de las poblaciones de América, así como el impacto que tuvo la interrupción de los servicios en la región. Entre otros aspectos, advierten sobre el aumento en los niveles de depresión, riesgo de suicidio, ansiedad, estrés, consumo de sustancias adictivas, incremento de la violencia intrafamiliar y sus consecuencias.

Los autores piden que se actúe de inmediato para reforzar los sistemas y servicios de salud mental en la región, haciendo foco en la integración y apoyo psicosocial dentro de la atención primaria de salud, los servicios sociales, la educación y los sistemas de apoyo comunitario, pues los profesionales también se trasformaron en grupos de riesgo.

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