Iris Pavón: La anarquista cordobesa (2da parte)

Poeta de los días cotidianos, militante de causas justas, mujer sensible y anarquista explícita en la Córdoba de mitad del Siglo XX. Pocas palabras para definir a Iris Pavón. En esta segunda entrega, la persecución, la cárcel y el olvido.

Por Juan Cruz Taborda Varela

¿Cuáles son los costos de asumir causas colectivas, muchas veces perdidas, casi siempre imposibles? ¿Es gratis convertirse en la mosca que molesta al poder? Iris Pavón supo de ese precio. De ese precio altísimo que debió pagar con la cárcel. La dictadura iniciada en 1943, a la que Iris, como buena libertaria, cuestionó, la persiguió hasta encarcelarla al año siguiente.

Fue, Iris, la única presa política entre unas cien mujeres presidiarias, a quienes comprendió, contuvo y también enseñó. Se convirtió en la educadora popular de las privadas de la libertad. El presidio del Buen Pastor, hoy lugar de encuentros y consumo, fue el espacio que encontró el terror para callarla. Sin saber, el terror, que Iris no se callaría jamás. Desde su celda escribía cartas a su compañero, también preso, en donde dejaba en claro que no había temor que pudiera con ella:

“A pesar de la prolongación de nuestro cautiverio me encuentro en el mismo estado físico y espiritual que antes. O quizá cada día mejor, ya que el ánimo se templa en la adversidad y en el dolor. Solo así se aprende a valorar la vida, la libertad y los afectos; los bienes no perdidos más que en apariencia, ya que los llevamos en nosotros mismos.

¡Fe y esperanza siempre hasta que volvamos a la luz!

Nunca me sentí más optimista que precisamente ahora pese al naufragio temporal de todo”.

En el documental que el cineasta EmnirKurturika realizó sobre el uruguayo Pepe Mujica, el mismo Mujica reconoce que sus años de cautiverio templaron su vida como ninguna otra experiencia. 40 años antes, Iris se anticipaba con la misma sensación:

“Casi diría que todo esto me alegra, ya que pondrá a prueba otra vez nuestro espíritu para el trabajo y nuestra disposición para el esfuerzo. Nunca olvido la carta de la gran poetisa chilena Santa Gabriela de América a Pascual: “Cuando usted salga la vida le parecerá más ancha y más hermosa que nunca”.

Y esa esperanza es la que me alienta y me conforta”.

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La cárcel de El Buen Pastor estuvo regida, siempre, por monjas que se encargaban de las reclusas. A contramano de la idea de bondad que podía desprenderse del trabajo de las religiosas, Iris, como buena anarquista, las criticó duramente: “Hay que eliminar la intromisión clerical en las casas correccionales. Con el pretexto de una enseñanza moral que no se imparte, se convierte la vida de las reclusas en un verdadero infierno”.

Si la dictadura de Farrel y Ramírez la persiguió para horadar su espíritu, flaquear sus fuerzas y condicionar su conciencia, fracasó estrepitosamente. Iris, mientras estuvo presa, tuvo más fuerzas para cambiar el mundo que cuando estaba en libertad:

“Estoy en la cárcel. Muros y rejas. Separación de afectos. Alejamiento del hogar. Y sin embargo siento la alegría jubilosa de vivir con la misma efusividad que cuando bajo los rayos del verano me zambullía en las aguas de mi río. ¿Qué me falta? ¿La libertad? Soy libre porque aún tengo el alma transparente y límpida. ¿Afectos? Los tengo aquí. Hermanos míos son todos los que sufren. Cualquiera sea nuestra suerte, hemos de permanecer ante todo fieles a nuestra razón de ser y no desmayar ante una adversidad que no puede durar cien años. Después, algún día y no importa dónde, reconstruiremos nuestro nido cantando como lo construyen los pájaros. Tengamos confianza y recordando que la vida también nos dio sus horas de belleza y de alegría, forjemos desde ya, con la ilusión, sí, pero afirmada en el deseo y la voluntad de realizar la perspectiva del mañana. Nada de lamentaciones ni de malos pensamientos. Siempre con los ojos en el porvenir, por encima de la propia angustia”.

*

Por mantener vigentes sus sueños de cambiar el mundo, Iris Pavón pagó con cárcel. Y pese a su energía vitalizante y su mirada esperanzadora, el encierro, la prohibición y la oscuridad dejaron marcas en su cuerpo. Marcas difíciles de cerrar que se convirtieron en la enfermedad que terminó, lenta y dramáticamente, con su vida. Pero aún con la debilidad que supone una cama de hospital, ella, a sus 50, seguía teniendo la fuerza de los 20. Sus compañeros y compañeras de militancia la acompañaban en su lecho de hospital cordobés y llegaban a realizar verdaderos actos políticos a su vera. Convaleciente, Iris escribía sus cartas que mantenían el fuego sagrado de sus convicciones y principios de vida:

“La fiebre consumió mis pocas fuerza y aún hoy no tengo cabeza para nada. Te diré sin embargo que la primera impresión al leer tu carta fue pensar: ¡juventud! Las alas se hicieron para ella y también el vuelo. Nunca como en esa dorada etapa de la vida se vibró tan intensamente, se soñó tan alto, se ambicionó tan grande. Todas las fronteras del mundo y de la vida se barren de un solo sueño. Todo lo inaccesible tienta a las manos impacientes.

¡Qué hacer?, preguntas. Imprégnate lo más que puedas de esa emoción incomparable: atesorar luz y sueños para toda una vida. Por ahora solo te diré esto: tienes en tu hogar ejemplos bastante hermosos donde inspirar tu vida. Abnegación, ternura y firmeza de parte de tu madre; tesón, voluntad y hermosos sentimientos e ideales de parte de tu padre. Elige a ambos como los mejores tutores de tu plantita que mira el cielo y serás feliz. O mejor aún, serás mujer”.

En su libro póstumo “Pasión de justicia”, sus camaradas recopilaron su obra poética, su correspondencia y su trabajo periodístico. En todos los casos se advierte, en su pluma clara y firme, su feminismo combativo y la defensa de las y los trabajadores. Una defensa consustanciada por su calidad de dirigente perteneciente a la FORA: la Federación Obrera Regional Córdoba, de claro corte anarquista.

Porque eso era Iris: madre y anarquista. No hacía diferencia entre uno y otro rol y en su “Carta a mi hijo estudiante de obrero”, lo deja en evidencia:

“Hijo mío, que estas reflexiones lleguen a ti. Que sepas nutrir tu corazón y tu espíritu con todo lo bueno y todo lo noble. Y que entre tu aprendizaje de obrero y de hombre sepas vencer las seducciones fáciles y los halagos tentadores.

Te abraza, tu madre”.

8 de octubre del ´46

*

A inicios de este siglo, en Cruz del Eje se propuso montar un monumento en su honor. Concejales del peronismo cordobés, que respondían al entonces intendente Mario Blanco, se opusieron. La acusaron, a Iris, de anarquista, traidora y vendepatria.

Iris murió el 13 de setiembre de 1951. A modo de homenaje, el periódico ácrata “Reconstruir” la recordó del siguiente modo:

Iris Pavón fue como la conocimos en sus horas plenas de vigor. Fue como la sentimos junto a nosotros en la tribuna callejera, fue como la adivinaron sus lectores del vocero lugareño, fue como la amaron los jóvenes que a su lado se forjaron con ardores de idealismo, fue como la grabaron en sus almas los presos cuya causa agitó sin tregua en una entrega total entre lágrimas y canto solidario, fue como la comprendieron los mejores hijos de su ciudad, de esa Cruz del Eje que tenía en ella la antena sensible para todo lo humano, lo noble, lo digno; fue como la admiraron mujeres, hombres y niños durante sus encendidos alegatos contra el crimen de la guerra; como la vieron haciendo suyo el gran dolor de la España antifascista y libertaria, exponiendo el espanto de sus niños, de sus mujeres, de sus ancianos pulverizados mientras el mundo toleraba la incalificable infamia; fue como la vieron en la biblioteca, en las reuniones, en los mítines, en todas partes, abanderada sin renuncias ni temores; roca más fuerte que todas las tormentas represivas, que las oleadas sucias de la demagogia corruptora, que las epidemias de crisis moral que arrastraron a tantos faltos de espíritu a cobarde pasividad o, peor aún, a la apostasía del servilismo. Fue como la recordarán sus compañeros de ruta en el diálogo cordial, junto a sus plantas, a su río, a sus poemas, a sus niños. Siempre inquieta aún en los dolorosos años postreros de su enfermedad, cuando pedía vida para continuar la hermosa, la difícil pero irrenunciable lucha.

Pudo escribir para nosotros su postrer mensaje. Pudo habernos dicho:

-Bendito sea el ideal que inspiró mi vida. Salud a los que prosiguen la lucha que fue mi lucha.

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