Sociedad |

"Prohibir y obligar te llevan por caminos que son antidemocráticos"

Con más de cuatro décadas de experiencia en las aulas, la docente de la Escuela de Lenguas de la UNC y doctora en Género fija su posición sobre el lenguaje inclusivo y habla de la proscripción dispuesta por el gobierno porteño en sus escuelas. "En un país donde muchos colectivos están tratando de encontrar un lugar, tener un idioma que nombre mujeres, disidencias, discapacidades o migrantes, es de una altísima generosidad", enfatiza.

Por Hugo Caric

“Venimos de historias muy duras como para hablar de prohibiciones y sobre todo tratándose del lenguaje, que es una actividad humana universal”, sostiene Ivana Alochis, profesora y licenciada en Lengua Castellana y Literatura, y docente de la Escuela de Lenguas de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Alude a la reciente decisión del gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires de prohibir el uso del lenguaje inclusivo en sus escuelas. “El uso del verbo prohibir particularmente me lleva a pensar en un error conceptual”, enfatiza la docente.

“La decisión del gobierno porteño me llamó la atención -añade- y no sólo por el hecho de que es recalcitrante. Estamos en una etapa de nuestro país y del mundo donde permanentemente se están enarbolando banderas de derechos, buscando cambios sociales y visibilizando cantidades de inequidades con respecto a mujeres, colectivos disidentes y colectivos vulnerados. Y el sólo hecho de prohibir u obligar ya te lleva por caminos que son antidemocráticos”, dice Alochis, que acaba de lanzar -en coautoría con su hija, Vanina Rodríguez- el cuarto libro de una saga de adivinanzas. “Un pretexto para jugar aprendiendo y aprender jugando”, apunta.

“Como usuaria de la lengua, el verbo prohibir me lastimó. Porque en tiempos del ‘Ni una menos’, del ‘Yo sí te creo’, en un país donde muchos colectivos están tratando de encontrar un lugar, tener un idioma que nombre mujeres, disidencias, discapacidades o migrantes, es de una altísima generosidad. Por otra parte, me encantó ver cómo algunas oscuridades iluminan otras, ya que el mismo día que salió la prohibición de (Rodríguez) Larreta, la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, a la que asesoro desde hace años, aprobó por unanimidad el uso del lenguaje inclusivo y la noticia salió en todos los diarios del país”, puntualiza.

-¿Qué análisis se puede hacer de esta medida del gobierno porteño?

-Creo que es una opción desacertada. Inclusive, luego de haber leído profundamente los fundamentos, considero que ni siquiera tienen pruebas reales para justificarla. No lo planteo como lingüista o profesora, sino desde el sentido común. ¿Cuánto tiempo hace que estamos trabajando y planteándonos esto del lenguaje no sexista, no excluyente, que nombre disidencias? Muy pocos años. Y no hay pruebas concretas hechas con estadísticas de que, a causa de esto, no se pueda escribir bien o haya conflictos con la lectoescritura, como se argumenta. El idioma es dinámico, cambia todos los días, y en ese cambio está la creatividad. De ningún modo un idioma se arruina, se deforma, se lesiona, como dice el gobierno porteño. Particularmente creo que hay un planteo que va muchísimo más allá del lenguaje, que es político. El lenguaje refleja ese planteo.

-¿Se ha politizado el lenguaje?

-En el mejor de los sentidos, te diría. El lenguaje es el cedazo, el colador donde queda infartada la idiosincrasia de un pueblo. Cada vez que escuchamos alguna frase que discrimina, lacera o lastima cualquier cualidad de una persona, eso habla de quien la dice. Y cuando pedimos que se nos incluya en el lenguaje, estamos hablando de algo más que lenguaje, estamos pidiendo derechos. Ahí hay un planteo retórico. Las feministas decimos ‘lo personal es político’; o sea, lo que me pasa tiene una incidencia absolutamente comunitaria, ilumina u oscurece lo que pasa en mi entorno.

-En muchas ocasiones se reduce la discusión a la expresión “todes”, cuando el surgimiento de términos inclusivos denota por sí mismo que hay muchas cosas que están excluidas en nuestro lenguaje.

-Tal cual. En mi caso, y como siempre digo de manera graciosa, soy ‘la vieja de Lengua’ hace cuarenta años y entonces me resulta muy difícil el ´todes’, el uso de la ‘e’. Aplaudo que haya quienes puedan hacerlo de manera fluida y se sientan bien en ese marco, pero mi propuesta es incluir dentro de la norma del español. Se puede hacer, deteniéndonos morosa y amorosamente en utilizar palabras que incluyan. Yo trabajo con vocablos que son englobantes, lo que llamaríamos sustantivos colectivos; por ejemplo, utilizo permanentemente la palabra persona. Si tuviera que revisar todas las propagandas políticas de Córdoba, trabajaría con palabras como ‘la población cordobesa’ en lugar de ‘los cordobeses’. Durante toda la etapa de votación, nunca me sentí incluida cuando decían ‘los cordobeses vengan a votar’. Prefiero ’la ciudadanía’, ‘el vecindario’, así como ‘el profesorado’, ‘el magisterio’ o ’las infancias’, que también es una palabra importante para rescatar, porque ya no existe un niño o una niña. Cada vez que digo ‘las infancias’, ‘la adolescencia’ o ‘la juventud’ estoy englobando e incluyendo. Esa es mi perspectiva del lenguaje inclusivo.

-Esa perspectiva personal también hace hincapié en el uso de un lenguaje no sexista, binario y no discriminatorio.

-Así es. Y te cuento algo que me ha pasado… Estoy en el aula desde los 17 años y en tanto tiempo de trabajo he tenido un gran reconocimiento por ser profesora de Lengua y enseñar ortografía y sintaxis. Pero cuando empecé a profundizar estas temáticas, ya siendo doctora en Género, recibí mucho rechazo, mayormente producto de la ignorancia. Por ejemplo, cuando publico algo en las redes sobre lenguaje inclusivo, normalmente aparecen comentarios del tipo ‘cómo has cambiado, Ivana’, ‘quién lo hubiera dicho’, ‘qué te pasó’ o ‘qué pavada es esta’. Y me hacen planteos como ‘inclusivo es el Braille’ o ‘inclusivo es cuidar a la ancianidad’, siendo que no son excluyentes esas inclusiones. No necesito tener conocimiento de Braille para incluir a una persona ciega; puedo incluirla desde otra perspectiva y además sin nombrarla de una manera denigrante o discriminatoria.

-¿Por qué el lenguaje excluye? En tus exposiciones siempre hacés mención a los privilegios, ¿viene por ahí el asunto?

-Sí. Cada vez que se pide un derecho, también trastabilla un privilegio. El idioma español tiene lo que se llama ‘masculino genérico’’ y en ese ‘masculino genérico’ aparecen los términos niños, todos, muchos, etc. Ahí no estamos las mujeres ni los colectivos disidentes. Es un planteo que existe desde hace bastante tiempo, ya en los años ’70 había guías de lenguaje no sexista en toda Latinoamérica. En la actualidad se ha optado por el arroba, el asterisco, la barra o la ‘x’ y esos signos han servido para movilizar. Hay muchos materiales escritos de esa forma que circulan y que se pueden leer bien, más allá de quienes reniegan de ello; pero en la pronunciación, en el habla cotidiana, esos signos obstaculizan. En la oralidad, estas formas de adaptación del idioma aparecen como no pasibles de ser entendidas por toda la comunidad. Después surge la ‘e’ como otro planteo profundamente disruptivo, porque aparecen personas que no están en la ‘o’; pero esto tampoco es unánime, ya que hay colectivos que plantean no estar en esa ‘e’. Siempre hay un movimiento en el lenguaje y en mi caso lo celebro, porque significa que está apareciendo algo que no se ha dicho hasta el momento y que hay que empezar a nombrar.

-El presidente de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, expresó días atrás que “son los hablantes quienes deciden cómo evoluciona la lengua”, aunque luego sus expresiones terminaron siendo políticamente correctas respecto al uso del lenguaje inclusivo.

-Sí, más de lo mismo. Soy profesora de lexicología y lexicografía, que es una materia donde se trabaja el léxico y particularmente el uso del diccionario. El de la Real Academia es un diccionario hegemónico que tengo que consultar permanentemente, pero no es el Código Penal. Puedo consultarlo con una mirada crítica, ya que muchas de sus entradas son opinables. La Real Academia es una entidad hegemónica, nacida en la etapa absolutista, que regula el habla de España y de sus colonias y que cada vez se extiende más. No podemos negar que es una entidad de poder, porque cuanto más se extiende no sólo gana en cuanto a prestigio sino también económicamente. Cada vez que la Real Academia hace un diccionario, todos los países del mundo lo compran; y cada diccionario es un recorte ideológico del mundo. Me gustó mucho ver la noticia de que este señor plantea que al lenguaje lo cambian los ciudadanos. Todo bien, pero después hace referencia a que lo inclusivo no se corresponde con el idioma español, que no tiene que ver con las normas gramaticales, etc. Particularmente creo que hay un movimiento social muy grande respecto a la búsqueda de equidad de derechos, que sin dudas tiene su correlato en la lengua. Cada vez que hay algún acontecimiento mundial importante, la lengua lo recoge; sino veamos lo que pasó con el diccionario del Covid.

-¿Cómo ha sido la experiencia personal en el aula respecto al tratamiento del lenguaje inclusivo?

-Yo juego mucho en el aula y por ahí digo ‘todos, todas, todes’ para ver cuáles son las reacciones, y muchos se ríen como diciendo ‘¿qué le pasa a la vieja?’. Pero me esfuerzo en usar términos como ‘la mayoría’, ‘la ciudadanía’, ‘el profesorado’, ‘el alumnado’, mostrando permanentemente ofertas de lenguaje incluyente dentro de la norma. Me ha pasado que una personita muy joven se levantó y dijo ‘no estoy de acuerdo con el lenguaje inclusivo, así que me voy’. No es lo habitual, pero hay de todo. Ni hablar de la tensión que se genera entre pares por este tema. A nivel académico, la UNC tiene directivas de permitir el lenguaje inclusivo pero dentro de la norma, como lo trabajo yo. Sé que hay facultades que no tienen problemas con el uso de la “e” en los trabajos escritos, siempre que haya una concordancia en el texto. A mí no me sale, no le encuentro fluidez, y por eso no lo utilizo; no por una cuestión ideológica. Pero celebro esas búsquedas de cambios, porque son síntomas de que algo está pasando.

-Y mientras tanto…

-Todo el mundo me pregunta, como si yo tuviera algún tipo de evidencia, qué va a pasar con la ‘e’, si es una moda o si va a permanecer. Puede ser que tenga una continuidad en el tiempo o que desaparezca, no lo sé; sí puedo decir que hay un gran anhelo de muchos para que se los incluya y se los nombre. Después, el idioma es algo muy dinámico. Hay un montón de cosas que se han incorporado a nuestro lenguaje sin ningún problema, como los anglicismos. Hoy hablamos de software, o decimos on line o link, y nadie te cuestiona; porque son términos que te dan prestigio o provienen de idiomas prestigiosos. Hace doscientos años entró la palabra brochette y seguimos diciendo brochette, no palito con cosas ensartadas, y nadie te dice nada. Ese tipo de incoherencias también existen en nuestro lenguaje.

-¿Podría replicarse el caso de la Ciudad de Buenos Aires?

-Ya se replicó. Hay ministerios de otros lugares del país que copiaron lo que hizo Buenos Aires, pero sabemos que las prohibiciones tienen sus correlatos. No creo que en Córdoba suceda una cosa así. No sólo porque hay mucha gente muy abierta trabajando en los ministerios, sino porque representaría un altísimo costo político prohibir en una etapa democrática como la que vivimos. Inclusive creo que el gobierno porteño va a tener que retroceder con esto, o al menos eso espero, porque me parece que es antinatural prohibir u obligar, y porque hay una cantidad de profesionales que están trabajando muy bien y haciendo mucha justicia con esto de la equidad y no creo que dejen de hacerlo. No sé cómo será legalmente, pero me parece que no debe ser fácil imputar a alguien por su lenguaje.

Dejá tu comentario