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La grieta y el hartazgo

La política argentina viene dividiéndose en dos polos previsibles y extremos. Esa configuración genera peligros en momentos críticos como el actual. Las encuestas señalan un avance de la antipolítica

La realidad nunca es simple. O casi nunca. La hacemos simple para entenderla. Imaginamos que sólo hay dos polos, un protagonista y un antagonista, porque de lo contrario podemos perdernos en la constatación de que cualquier fenómeno humano es complejo, condenadamente complejo.

Incluso cuando vamos al plano puramente personal, ¿Cuántas veces alguien que creíamos una persona miserable nos sorprende con un gesto solidario que nosotros no somos capaces de tener?

Lo complejo enriquece. La complejidad merece una reivindicación.

La política argentina está dominada desde hace años por un movimiento contrario, por la simplificación extrema en dos polos: los buenos y los malos. Unos y otros dependen del lugar donde cada uno se ubica. Pero siempre, por supuesto, el malo es el otro. Esa esquematización de la política, que ha existido en otros períodos históricos del país, ahora se ha exacerbado hasta hacer imposible cualquier punto de contacto, y mucho menos de entendimiento. La discusión cotidiana no sólo está atravesada por la grieta sino además por la trivialización: por ejemplo, la transformación de Pfizer o Sputnik en una bandera es una división irracional.

La grieta fue, hasta ahora, funcional en términos electorales a quienes podían encarnar un polo o el contrario. Sirvió para agrupar a los que estaban dispersos, para encolumnarlos, porque si no lo hacían podían quedar afuera de la discusión y de la competencia.

Pero un momento como el actual, dramático y desafiante, el sostenimiento de la grieta entraña un peligro. Social y político. Como una consecuencia de la crisis económica sostenida, agravada por la pandemia, traumatizante además por las restricciones, va creciendo un descontento hacia la política en sí misma como herramienta con potencialidades de mejorar la calidad de vida de la gente.

El problema, cuando solamente hay dos polos, es que los descontentos no tienen vías de escape o las encuentran en expresiones políticas que en épocas menos críticas son apenas expresiones minoritarias o minúsculas.

Cualquiera de las dos situaciones -no encontrar candidatos o buscarlos entre los outsiders- implica un repudio a la política, una expresión de la antipolítica.

La política simplificada puede llevar a la conclusión de que si ninguno de los dos polos ofrece soluciones entonces la que es impotente como herramienta es la política en sí misma. Ese es un elemento que se ha asomado en las encuestas y que genera preocupación entre la dirigencia. El consultor Gustavo Córdoba decía en una entrevista reciente que la elección legislativa de este año puede definirse a partir de la capacidad que muestren las fuerzas políticas y los candidatos de empatizar con el duro momento que está padeciendo un amplio sector de la población.

Por ahora, esa búsqueda de la empatía parece estar ausente: oficialismo y oposición aparecen enredados en peleas menores, ajenas por completo a la aridez del día a día.

Sin embargo, como las encuestas están dando indicios de que hay un principio de agotamiento con la grieta, de hartazgo, hay movimientos en las fuerzas políticas hacia la moderación. Hasta el momento, ese cambio puede ir percibiéndose en el armado de las listas. Los candidatos extremos parecen ir cediéndole el lugar a los moderados. Aunque todavía ese atemperamiento no se expresa en los discursos, en parte por la actuación de medios de comunicación que sólo amplifican lo escandaloso, las posiciones irreductibles o directamente incendiarias.

Pero en la oposición, por ejemplo, detrás de la parafernalia de Mauricio Macri o Patricia Bullrich, que denuncian el ataque a la república enArgentina pero deben explicar a la vez el gravísimo episodio de Bolivia, hay un intento de Horacio Rodríguez Larreta por hacer prevalecer un discurso más moderado. El jefe de Gobierno porteño ensayó en algún momento la confrontación abierta pero después remitió.

También el radicalismo está terciando en esa disputa. La irrupción de Facundo Manes o el sostenimiento de MartínLousteu pelean un voto que hasta ahora había monopolizado el Pro. Por primera vez en mucho tiempo, señalan algunas encuestas de alcance nacional, la UCR ha encontrado un candidato, Manes, con la potencialidad de ser competitivo a nivel nacional. La oposición, Juntos por el Cambio, está definiendo su liderazgo y, por lo tanto, su perfil hacia adelante.

Dentro del oficialismo también se ha exteriorizado en los últimos días una disputa. La protagonizaron Máximo Kirchner y Alberto Fernández, quien por primera vez contestó públicamente de manera directa un dardo lanzado desde el kirchnerismo puro y duro. El diputado se había quejado en su discurso en la Cámara de que el país, el gobierno y el Congreso habían cedido ante la presión de Pfizer. “¿Qué vamos a hacer entonces ante el FMI?”, inquirió.

Alberto dijo que antes de claudicar prefería irse a su casa.

Ahí hay una controversia discursiva, política y de dirección del gobierno. Sirve además, al menos, para poner en duda una aseveración que se ha impuesto desde que Fernández asumió: que el mando lo tiene, en realidad, Cristina. Si así fuera, ¿por qué deben expresar ella o su hijo sus críticas públicamente? Si cuestionan decisiones o definiciones del Ejecutivo es porque no las comparten y, si no las comparten, no las definen.

También en el oficialismo existe una puja por imponer un perfil. Y es de esperarse que al menos electoralmente haya una atenuación del discurso y de las postulaciones del Frente de Todos porque, de lo contrario, estará condenado a conquistar el voto que ya viene conquistado de antemano.

En Córdoba, en esas dos fuerzas electorales, hay una expectativa y una dependencia de lo que baje desde Buenos Aires. El Frente de Todos, por supuesto, está supeditado a una definición capitalina.

Pero ocurre lo mismo en Juntos por el Cambio. Existe una pérdida de protagonismo propio y una dependencia creciente, más allá de que hay voces principalmente en el radicalismo que plantean que, así como su partido parece estar resurgiendo a nivel nacional, puede existir una estrategia en Córdoba en el mismo sentido.

El Pro ha acordado con el juecismo y ha conformado una alianza para competirle al radicalismo. Si la UCR va dispersa, sus chances de transformar el 2021 en un año de rebote se atenuarán considerablemente.

Un capítulo aparte merece la distribución geográfica de las listas. Así como Buenos Aires dispone sobre Córdoba, Córdoba monopoliza la provincia. Por ahora, los nombres en danza no reparten el juego y condenan al interior a ser sólo un actor perdido en el fondo de la lista.

Marcos Jure

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