Horacio y Ramiro Agulla: No tenía que ir a esa cena

Su hijo es el publicista argentino más famoso. De él, del padre, pocos se acuerdan. Cordobés y periodista, su cercanía a los círculos del poder en la Argentina de los '70 no lo salvó de un trágico final.

Por Juan Cruz Taborda Varela

Carlos Saúl Menem, Fernando De la Rua, la llama que llama de Telecom, Francisco De Narváez, Facundo Manes y Florencio Randazzo. ¿Qué tienen en común? El “Vamos Menem”, el “Dicen que soy aburrido”, los títeres de los camélidos, la derrota de Néstor Kirchner a manos del “Colorado” y las últimas campañas en provincia de Buenos Aires fueron craneadas por el mismo y conocido hombre: Ramiro Agulla. Niño brillante de la publicidad argentina en los ‘90, se transformó en un bon vivan que anda por el mundo en calidad de súper estrella.

Pero la vida de Ramiro Agulla no fue siempre puro placer y éxito. Su niñez estuvo atravesada por un hecho trágico que, es de estimar, ha de ser muy difícil de superar: quedar huérfano de padre a los 14 años. Ese fue el designio maldito de Ramiro, el publicista estrella, que lleva en sus genes la sangre cordobesa de su padre muerto tan joven. Pero decir muerto es un eufemismo.

Porque el padre cordobés de Ramiro Agulla no sufrió un accidente ni fue víctima de un paro cardíaco. No murió como quien muere por una fatalidad inesperada. Horacio Agulla, su padre, un hombre de estas tierras mediterráneas, de familia tradicional y del Partido Demócrata de Cárcano y Aguirre Cámara, fue asesinado. Asesinado en épocas en que mucha gente murió asesinada. Pero con una particularidad: Horacio Agulla, el padre asesinado de Ramiro, era un hombre cercano al poder que asesinaba.

FAMILIA DE BIEN

Los Agulla, en Córdoba, han sido familia lúminen. Juan Carlos Agulla, hermano de Horacio, fue el más destacado sociólogo argentino de mediados del Siglo XX. Abogado de la UNC, realizó su doctorado en la Complutense de Madrid y es autor de “Eclipse de una aristocracia”, el libro que se ha convertido en un incunable y anticipó la debacle de la oligarquía tradicional de Córdoba. Horacio, su hermano y padre del publicista, no eligió el camino del pensamiento. Dejó Córdoba por una lejanísima Santa Cruz, donde fundó el Partido Demócrata -copia del cordobés, que moría en manos de la UCR-, fue diputado y tras el golpe a Frondizi, ocupó la intervención federal durante un año en la provincia patagónica. Poco antes asumió la defensa del médico que atendía a Héctor Cámpora en la cárcel del Fin del Mundo. ¿Por qué lo defendió? Porque el médico estaba sindicado como colaboracionista en la espectacular fuga de los peronistas presos en Ushuaia: Guillermo Patricio Kelly, Jhon William Cooke y el propio Cámpora.

La llama que llama.jpg

Tras su vida en el Sur, Agulla migró a Buenos Aires con toda su familia, incluido su hijo Ramiro, un niño que por el momento ni soñaba con ser publicista.

Agulla padre, abogado y dirigente político, fue también periodista. Junto a Félix Garzón Maceda, el cordobés que antes había fundado Canal 10, compraron la revista Confirmado a Jacobo Timerman, bajo las gestiones de Gustavo Roca, el hijo de Deodoro. Tal era el peso de Córdoba que los protagonistas del Siglo XX se cruzaban permanentemente en la escena nacional. Tan distante ese pasado del hoy.

Desde esa publicación, Agulla y Garzón Maceda hicieron periodismo, pero mucho más hicieron poder. A Agulla padre jamás lo abandonó la tonada. Y tampoco el humor que quizás heredó de estas tierras. Ese humor que, trágicamente, lo llevó a la tumba.

NO ME SENTARÍA A TU MESA

En plena dictadura, el cordobés Horacio Agulla formaba parte de los periodistas amigos del poder. No solo funcionales, sino necesarios para el Terrorismo de Estado. La creencia instalada era que, siendo cercanos a ellos, nada malo podría sucederles en el festival de la muerte en que se había transformado la Argentina. El problema de Horacio Agulla fue el humor, que casi siempre salva. Pero no en aquel país.

En agosto de 1978, siete periodistas cercanos al poder de facto se juntaron a almorzar en el piso en donde vivía Bernardo Neustadt, el vocero favorito de los uniformados, el periodista más amigo de los organizadores del festival de la muerte. No hay detalles de la charla ni del menú y mucho menos de los vinos caros con los que brindaron. Sí se sabe que entre los que brindaron no solo había periodistas: el general Carlos Guillermo Suárez Mason, “Pajarito”, también festejaba algo con sus comunicadores favoritos. No hay más memoria de aquella comida. Tan solo que a la hora de la despedida, el palier lleno de humo de tabaco fue el espacio de las últimas conversaciones mientras los hombres esperaban el ascensor y se despedían uno a uno.

Carlos Menem y Bernardo Neustadt.jpg

El primero en irse fue el militar invitado. Apenas la máquina comenzó a descender, Horacio Agulla, el cordobés padre de Ramiro que tenía por entonces 14 años, comenzó a burlarse del hombre de gorra. Mientras el resto le festejaba las ocurrencias, Agulla imitaba el tono marcial y circunspecto de Suárez Mason. Después de dos horas de conversación solemne y aburrida, ahora las risas los desbordaban por las ocurrencias del cordobés Agulla.

Y mientras las carcajadas seguían, el ascensor que llevaba al uniformado y que debía viajar hacia la Planta Baja, retornó al piso de Neustadt. Y no estaba vacío: el propio Suárez Mason volvía sobre sus pasos mientras advertía, con su cara pétrea, que las carcajadas se suspendían y el silencio ganaba terreno. El hombre retornaba porque había olvidado su arma en el departamento de Bernardo. Cuando la puerta del ascensor se abrió y los periodistas vieron las charreteras de quien se mofaban por ocurrencia de Agulla, callaron de modo inmediato. La cara del militar ya no tenía la fraternidad del almuerzo. ¿Habían viajado las burlas por el hueco del ascensor hacia los oídos del hombre ofendido? Nunca se supo.

Sí se supo que tres días después de aquel almuerzo, el 28 de agosto de 1978 y mientras Agulla, también creativo como su hijo, planeaba convertir en candidato a presidente a José Alfredo Martínez de Hoz, un grupo de cinco desconocidos, en plena calle, le descerrajaron uno, dos, tres, cuatro, cinco disparos y lo dejaron tirado en la calle como quien abandona un traste viejo.

Horacio Agulla, el cordobés de 49 años, militante del Partido Demócrata, el padre de Ramiro el publicista, se sumó a la lista de asesinados de la dictadura que también mataba a sus amigos.

Desde entonces, nadie más quiso almorzar con Suárez Mason.

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