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La guerra y las cicatrices

Enrique Rupil tiene 58 años y es un ex combatiente cordobés de Malvinas. Como a muchos compatriotas, aquel fatídico abril de 1982, lo atravesó como una esquirla indeleble y atroz. Un recuerdo demasiado doloroso que masticó internamente durante años sin hablar de ello ni siquiera con sus hijos. Ahora, 40 años después, se anima a abrir su memoria y relatar su vivencia ante los chicos del colegio primario y secundario de su pueblo. Las cicatrices también pueden aparecer en el alma, prueba de que la memoria sana.

Por Carlos Ruiz

Es una mañana soleada y otoñal, como aquellas que sólo ocurren en el Valle de Calamuchita. Gabriel Enrique Rupil llega temprano a la cita. Los alumnos del secundario del anexo 385 de Villa Ciudad Parque se acomodan, desganados, en el SUM comunal para una actividad que organiza conjuntamente el Bosque de la Memoria por los DDHH y las autoridades del colegio. Las profes han hecho su trabajo: los chicos saben sobre la dictadura, aunque no es tan clara para ellos la conexión con la guerra de Malvinas. Para subsanar esa inconexión la consigna de este año en las actividades programadas en el Valle de Calamuchita por el Nodo de DDHH -que integran casi todas las localidades- fue “Dictadura y Malvinas”.

Mariano Fernández, familiar de desaparecido e integrante del espacio Bosque de la Memoria de Villa Ciudad Parque, hace una necesaria introducción que marca el contexto regional, el accionar de la dictadura y la génesis de la guerra. Rupil está listo para contar su experiencia. Por primera vez narra lo vivido en Malvinas.

Los chicos se acomodan en sus asientos. Rupil les hablará de armas, bombas, muertes y soldados ingleses. Pero también del miedo, el frio y el hambre extremo que pasaron. No es un relato frío, lejano, como de youtuber describiendo un juego de guerra. Es el relato entrecortado que salta de unos momentos a otros, no lineal, pero atrapante. Lo suficiente como para que en el SUM no vuele una mosca. Los chicos que hace un instante dormitaban ahora quieren saber más. ¿Disparó un arma?, ¿fue herido? Y la pregunta del millón: ¿mató?

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Rupil no lo sabe. Cuenta que disparó su mortero pero que no sabe si el proyectil mató a alguien. Es posible, aunque improbable. Improbable porque las armas de los argentinos eran muy inferiores a las de los ingleses. “El alcance de los morteros nuestros era de nueve kilómetros y los ingleses tenían armas que alcanzaban blancos a 26 kilómetros. Así que estaban fuera de alcance. Cuando nosotros disparábamos ellos detectaban inmediatamente nuestra posición y al rato nos caía una bomba. Ni siquiera podíamos disparar”, relata.

Rupil fue sorteado en 1981 para cumplir con el servicio militar obligatorio. Debía realizarlo en Córdoba. Pero, según relató a los adolescentes de Villa Ciudad Parque, “salió de joda” la noche anterior y no se presentó. Lo hizo al día siguiente, por lo que fue “castigado” y enviado a Comodoro Rivadavia. Se incorporó el primero de febrero de 1982. Como casi todos los argentinos, Rupil se enteró de que Argentina había recuperado las islas el dos de abril de ese año. El Regimiento 8 de Comodoro era un hervidero. Formó parte del primer contingente en llegar a las islas, cuatro días después. Sus padres tenían los pasajes a Comodoro comprados, pero no pudieron viajar a verlo. De Puerto Argentino fue trasladado a Bahía Fox, donde cavaron trincheras y establecieron el puesto. Rupil estaba encargado de disparar un mortero. Sabía tanto de disparar esa arma como de preparar un guiso. Poco y nada. Apenas si había disparado un fusil unos días antes. Practicaron tirando a una pequeña isla distante a tres kilómetros.

Pronto llegó la flota inglesa. La guerra recrudeció. Sus superiores no paraban de bajar consignas triunfalistas. Les habían dicho que estarían un mes y serían reemplazados por otro contingente. ¿Qué importaba el frío indescriptible que estaban pasando si estaban ganando la guerra? Sólo había que esperar un poco más. Un bombardeo inglés los dejó asilados más de un mes. Sin comida, con frío extremo, sin poder disparar, las cosas se pusieron heavy.

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Un día Rupil cambió el turno de patrullaje con un compañero que nunca regresó. Hasta el día de hoy, que rememora el hecho ante cincuenta adolescentes, el rostro de su compañero de trinchera muerto es imborrable. Lo ha acompañado siempre estos cuarenta años. Debió morir él aquel día.

La falta de comida los hizo bajar de peso rápidamente. “Nuestra contextura física era muy parecida a la de ustedes -dice Rupil-, imagínense ustedes mismos con 35 kilos menos. Éramos piel y huesos”. El relato habla de cacerías de mansas ovejas de familias kelpers, que un compañero criado en el campo sabía carnear. También de soldados que murieron por comer la carne putrefacta de esas mismas ovejas.

La orden de rendición fue la bomba más fuerte que debieron soportar. ¿No íbamos ganando? ¿Qué pasó? Fue trasladado como prisionero de guerra por los ingleses al portaviones Hermes y luego al buque Canberra antes de ser liberado en Puerto Madryn. Había estado 81 días en la guerra. En Madryn los militares argentinos los “engordaron” dos meses antes de dejarlos regresar a sus casas. No podían volver en ese estado.

La charla se repite en la escuela primaria Ricardo Luti, a sólo 200 metros del SUM. Allí las edades obligan a moderar el relato. Los niños están, a diferencia de los adolescentes, muy motivados. Una vez más se nota el excelente trabajo de los y las docentes. Los niños lo acribillan a preguntas, mucho más que en la guerra. Salir de semejante preguntadera no es nada fácil para Rupil, pero está a gusto. Siente que la cicatriz comienza a cerrar.

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