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El difícil intento de construir expectativa

Desde marzo de 2020 se han acumulado 16 meses de desasosiego. la necesidad del gobierno, del oficialismo nacional, es exorcizarlo y transformarlo en expectativa.

El despegue de un avión. Un avión que sale a buscar vacunas. Y una música que trata de activar la emotividad, la esperanza. El spot se despliega sobre las acepciones positivas de un verbo: salir. Salir a pasear, salir con los amigos, salir a visitar a los padres, a los abuelos, salir de la crisis, del desempleo. Salir del ahogo.

Son 45 segundos que marcan el inicio de la campaña del Frente de Todos. Ese spot termina con una frase que es el primer slogan del oficialismo: “La vida que queremos”. Las mismas palabras que Alberto Fernández usó el viernes para cerrar su mensaje de algo más de 12 minutos, en el que ya no hubo anuncios de restricciones ni de cierres sino de aperturas escalonadas. El Presidente planteó un panorama en el que ya no habrá encierro ni inmovilismo sino recuperación y actividad.

Puede decirse que los dos acontecimientos, el spot y el discurso, se complementan para inaugurar la campaña del Frente de Todos. Una campaña obligada a resignificar la realidad, a reconvertirla desde la oscuridad en la que está. Desde marzo de 2020 se han acumulado 16 meses de desasosiego: crisis sanitaria, aumento de la pobreza, creciente inflación, desempleo en alza. Y la necesidad del gobierno, del oficialismo nacional, es exorcizar ese desasosiego y transformarlo en expectativa. No es, ni mucho menos, una tarea sencilla.

El país está a poco más de un mes de las Paso, una instancia que ya casi no se usa para dirimir una interna sino que muestra dos realidades:cuál es el estado interno de una coalición y, por lo tanto, su capacidad para alcanzar una lista de consenso;y, hacia afuera, cómo está esa misma coalición ante la sociedad.

El gobierno, obviamente, necesita ganar las Paso y, fundamentalmente, las legislativas de noviembre ¿Con qué argumentos puede movilizar el voto en su favor? Un axioma de la política es que la gente no vota por lo que ya recibió de un gobierno sino por lo que cree que recibirá en el futuro.

Lo que hacen los pasos previos de una gestión es darle credibilidad o no a la expectativa hacia adelante. En este caso, por las circunstancias o por sí mismo, el gobierno de Alberto Fernández no tiene demasiados aspectos positivos de los que asirse para construir una esperanza.

Entonces, recurre a dos elementos vinculados con lo sanitario pero que, a la vez, tienen relación directa con la esfera económica: las vacunas contra el Covid y la atenuación paulatina de las restricciones.

La vacunación es, aún con las demoras que ha tenido, el argumento con más carga fáctica con el que cuenta el gobierno. Llegaron 39 millones de dosis y se aplicaron 35. Ahí hay un dato de la realidad. Y sobre ese hecho, el oficialismo erige su andamiaje argumental.

Porque la expectativa no se construye en el vacío;necesita de un real concreto;en este caso son las vacunas. Esa es la base para pronosticar que la época de los infortunios se va terminando. Alberto lo dice expresamente en su mensaje grabado:“La vacuna es la mejor política económica”. Y enumera una serie de mejoras que se irán produciendo, según su visión, en los meses por venir.

La realidad económica le da escasos avales a ese optimismo que el gobierno busca transmitir. El propio Ministerio de Trabajo acaba de reconocer que después de cuatro meses de crecimiento, el empleo privado volvió a caer. Pero, a la vez, remarcó que el período de mejora estuvo directamente relacionado con la época de menores restricciones sanitarias.

Por eso Alberto plantea un cronograma de aperturas escalonadas y sostenidas; porque es la vía más directa a una recuperación.

Ese plan de acción del que habló el Presidente no carece de riesgos. Ni sanitarios ni políticos. Porque para cimentar su construcción basada en el optimismo el gobierno debe concretar aperturas, no sólo postularlas. Pero esa eliminación de restricciones, que pueden contribuir a generar un clima positivo en las Paso, una instancia en la que a fin de cuentas no se define nada, requiere de un sostenimiento en el tiempo para impactar también en noviembre, cuando se reparten las bancas. De nada serviría una normalidad provisoria en septiembre que se desarticule en los meses posteriores.

El gobierno alimenta con sus spots y su discurso la ilusión de una mejora. Sin embargo, así como las vacunas son concretas;también necesita que la economía en los próximos meses ostente algún signo alentador. La inflación, en los niveles actuales, es corrosiva. La baja que destaca el gobierno es tan paulatina que exaspera.

El oficialismo se ha embarcado en un proceso de construcción de expectativas que se topa con algunas limitaciones: contra la realidad misma, pero además contra la apatía y el escepticismo. No es una meta menor construir una esperanza y generar un apoyo cuando, del otro lado, hay una desocupación del 10,2 por ciento, un 42 por ciento de pobreza, y una percepción de la realidad basada en la angustia y laincertidumbre.

En algunos conglomerados del país, como por ejemplo en Córdoba, el Frente de Todos acarrea la desventaja adicional de contar con candidatos que tienen escaso índice de conocimiento pero que, además, cuentan con una característica que no se percibía en el período 2011-2015:casi no existen interlocutores que estén dispuestos a afrontar la tarea pública de salir a defender al gobierno ¿Cuántos voceros tiene hoy la gestión de Alberto en Córdoba, a pesar de que hay una enorme cantidad de cargos y puestos que dependen del Ejecutivo nacional?

En la provincia, por elmomento, la campaña está planteada en el plano territorial. El schiarettismo y el Frente de Todos, a través de Martín Gill, que ocupa la estratégica Secretaría de Obras Públicas de la Nación y a quien por ahora el Presidente no le ha aceptado la renuncia que sí les reclamó a otros candidatos por un imperativo ético, se encuentran embarcados en una disputa por los intendentes.

El schiarettismo ha desplegado su estrategia en varios planos, pero el Frente de Todos se ha circunscripto por ahora a ese tironeo territorial. En las próximas horas, señalan, se viene una segunda etapa:para mañana está previsto un lanzamiento simultáneo con cuatro actos presenciales en la provincia. Será el puntapié inicial de una campaña que, en Córdoba, se percibe complicada para el oficialismo.

La de 2021 será una elección atípica, en un país que ya de por sí está habituado a las situaciones límite. No es la primera vez, ni mucho menos, que un gobierno enfrenta las urnas inmerso en una crisis. Pero sí es difícil encontrar una oportunidad en que la crisis contenga tantos frentes a la vez y que todos tengan una magnitud superlativa. Ante ese contexto, se podría esperar, quizás ingenuamente, que el nivel del debate se elevara, que la campaña se entendiera como una instancia decisiva para exponer ideas, concepciones, matrices de pensamiento para salir de la crisis. En cambio, la triste realidad es que, por estas horas, el tema que más tiene preocupada a la oposición, y sobre el que se ha asentado, es quiénes entraban a la Quinta de Olivos durante la pandemia y con qué intenciones. La discusión no sólo se acerca a la irrelevancia sino que combina lo peor que puede esperarse de un debate político y que es tan habitual en estos tiempos:violencia verbal y simbólica, misoginia, superficialidad, liviandad, afirmaciones malintencionadas y sin sustento, estulticia.

La gravedad del cuadro que padece el país merece un intento más esforzado.

Por Marcos Jure

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