"Dieciocho años más tarde, cuando tuve mi primera hija, entendí el llanto de aquel suboficial"

Telegrafista y miembro de la Armada desde los 15 años, Emparanza cuenta una historia que aún late entre el grupo que estuvo prisionero en las Islas Georgias del Sur junto a él: mientras esperaban "su turno" en el paredón de fusilamiento vio a un suboficial de 40 años llorar.

*Por Javier Pennacchioni

Pasaron cuatro décadas desde aquel abril de 1982, y recién hace pocos días el por entonces cabo segundo de la Armada Argentina Raúl Juan María Emparanza, quien en los días de la guerra de Malvinas tenía solo 18 años, puede expresar algunas vivencias que tuvo bloqueadas y prefirió ni contar a su familia.

Telegrafista y miembro de la Armada desde los 15 años, Emparanza cuenta una historia que aún late entre el grupo que estuvo prisionero en las Islas Georgias del Sur junto a él: mientras esperaban "su turno" en el paredón de fusilamiento vio a un suboficial, de unos 40 años, llorando.

"Me cuesta contarlo, es una parte que quizás la he tenido guardada mucho tiempo y tiene una carga de sentimientos que no la he contado casi nunca, y a mi familia por ejemplo no se la puedo contar, porque me corto en una parte, así que me tengo que preparar antes, me tengo que tomar un ansiolítico o algo, porque me ayuda a relajar", dice el veterano en diálogo con Télam.

En varios pasajes de la entrevista, Emparanza se queda sin poder hablar, aún le cuesta mucho recordar lo vivido esos días, los que asegura haber tenido "bloqueados durante 29 años", ya que tras la guerra decidió radicarse en Córdoba y comenzar una vida fuera de la Armada.

En relación al llanto de aquel suboficial, Emparanza señala que lo comprendió recién 18 años después de la guerra, cuando tuvo su primera hija: "Entendí que él habría pensado que no vería más a su esposa, sus hijos, que tenía una responsabilidad que en ese momento yo no tenía".

El veterano Emparanza, entrerriano de nacimiento, con adolescencia en Luján, provincia de Buenos Aires, y radicado en la capital cordobesa hace más de 35 años, contó que el llanto de ese superior le sirvió para darse fuerzas y seguir, mientras que años más tarde ese suboficial, de quien prefirió no dar la identidad, le confesó que la frescura de su juventud fue motivación para seguir.

"Yo me entero que él se fijaba en mí para sacar fuerzas y seguir adelante y como yo actuaba, y yo me fijaba en él. Era recíproco, lo miraba como si fuera mi papá, eran mi ejemplo todos mis superiores", rememora Emparanza.

"Después me cuenta que yo lo ayudé a sacar fuerzas y en un momento los obligué a todos a contestar que sí, cuando nos dieron la misión que íbamos a cumplir, porque yo era el de menos grado de todo el grupo", dice.

Y agrega: "Nos dijeron que teníamos 99% de posibilidades de no volver con vida, y que decidiéramos si queríamos ir o no, nos dieron tres horas, nos reunimos a las 4 de la tarde y empecé hablando yo, y sin querer arrastré a todo el grupo a decir que sí, porque yo era el menor y de menos antigüedad como van a decir los otros que no".

"Ingresaste por vocación", pensaba internamente en ese momento y se interrumpe su relato por la emoción, "ingresaste para defender a la bandera a la patria, a la soberanía, y ahí estaba la oportunidad, la tenés presente, no dudé en cumplir con mi compromiso de juramento", afirma sobre esa decisión que marcaría el resto de su vida.

Así fue desandando su historia el por entonces cabo segundo, una historia que se va descubriendo aún en la actualidad, con el correr de los días, y cuando él mismo se atreve a contar lo que pasó, lo que vivió en esos casi 30 días que estuvo alejado de sus seres queridos, quienes no sabían que él se encontraba en el 'teatro' del Atlántico Sur.

En su relato se emociona, se corta, toma un vaso de agua, lo interrumpe unos minutos y sigue.

"Es una historia diferente, mi historia es rara en realidad desde el comienzo, porque cuando me sale el pase lo recibo yo solo, porque yo era el encargado de recibir las comunicaciones por medio de los teletipos, que eran unas máquinas por donde ingresaba la información", recuerda.

"A ese local -añade- yo no podría haber ingresado por mi grado dentro del ejército, pero como no había más gente estaba autorizado, estaba solo en el Liceo Naval Almirante Brown en una isla en Río Santiago en La Plata, que fue el primer pase que tuve. Cuando empiezo a leer, esos mensajes estaban encabezados con los nombres de militares de mayor grado hacia el menor, y decían dónde iba a ir toda esa gente, con mensaje del Comando de Operaciones Navales que estaba en Puerto Belgrano, y entre paréntesis decía: 'Para trasladado a teatro Atlántico Sur'".

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"Leo Cabo Segundo Telegrafista Emparanza Raúl, era yo, así que me quedé ahí solito frente a la máquina y en unos 20 minutos lo volví a leer una y otra vez, no podía creer. Yo había entrado a la armada a los 15 años, porque era una salida laboral, se me hacía dificultoso seguir estudiando, y ahí uno aprende educación, respecto, hay estudios y teníamos un sueldo también, era una salida rápida y decorosa de una persona de bien", sostiene emocionado.

Cuenta que mantuvo su pase en reserva para su familia, y se le volvió a cortar la voz: "no quería que se enteraran, estuvimos incomunicados hasta que yo pude regresar, lo que pasa es que son cosas que uno por ahí no cuenta nunca, entonces se hace difícil y muy complicado".

"No quería que se entere mi familia, yo sabía a lo que me iba a enfrentar, a Inglaterra y a la OTAN, que teníamos diferencias tecnológicas abismales respecto a ellos, así que la magnitud de la cuestión la estaba sabiendo de arranque", afirma.

Lo cierto es que Emparanza pasa sus días entre su trabajo en la oficina de Ambiente de la Municipalidad de Córdoba, su familia y el deporte, actividad donde encuentra esa "salida que oficia de psicólogo".

Emparanza relata además una anécdota relacionada a ese suboficial. Es que a 20 años de finalizadas las acciones en Malvinas, en una visita a la Fragata Libertad fue uno de sus hermanos, Hugo Jorge, quien tuvo un encuentro con aquel superior.

En ese entonces, el suboficial preguntó si era el hermano de Raúl Emparanza y, acto seguido, se puso a llorar y le dijo: "Gracias a tu hermano hoy estoy acá".

Son miles las vivencias que Raúl Emparanza aún no se anima o no quiere contar, el blindaje que mantuvo para contarle a sus familiares lo hicieron pasar de alguna manera esas primeras décadas de posguerra, aunque su voz se sigue entrecortando cuando intenta expresar ciertos momentos.

Al ser consultado de si volvería a las Islas Malvinas, afirma que lo haría solo si no tiene que hacerlo como "extranjero", afirma que "eso no corresponde", y sino no le gustaría volver, a pesar de que reconoce que "es un hermoso lugar".

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