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Y ahora, ¿con cuánto se gana?

La fractura en Juntos por el Cambio abre en la elección un interrogante que estaba ausente en las Paso.

El schiarettismo ya mostró todas las cartas. No hay sorpresas en Hacemos por Córdoba. Es una larga línea de continuidad. Sólo va ofreciendo en el camino variaciones, elementos que ajusten su oferta al momento, pero el hilo conductor es el mismo.

Ni bien difundió sus listas para el Senado y la Cámara Baja, también desenvolvió su estrategia y su discurso. Sus protagonistas y sus ejes. El actor principal es, previsiblemente, Juan Schiaretti, que a mediados de semana inició una serie de inauguraciones que arrancaron, no casualmente, en el interior, para contraponerse simbólica y políticamente con el sesgo eminentemente capitalino de las demás listas, fundamentalmente las de Juntos por el Cambio. El gobernador comenzó por Río Cuarto, bastión justicialista desde 1999 en las elecciones provinciales. Aquí inauguró el bulevar Buteler y, a la vez, la campaña al lado de Juan Manuel Llamosas. En el Palacio tomaron ese gesto como un guiño, después de la clave elección municipal del año pasado, y de la decisión de ubicar a una dirigente del intendente, Claudia Márquez, en el número 3 de la lista. Al día siguiente, Schiaretti estuvo en Villa María, que se ha convertido en el epicentro de una de las batallas territoriales más interesantes de la elección actual: el enfrentamiento entre Martín Gill, intendente en uso de licencia y actual secretario de Obras Públicas de la Nación, y Eduardo Accastello, ministro del schiarettismo y fundador en Villa María de la hegemonía peronista.

Pero si Schiaretti y la gestión ocupan un lugar de centralidad, a la par aparece otro eje gravitante: el hecho de que las dos listas de Hacemos por Córdoba sean encabezadas por mujeres. Una, para el Senado, por la esposa del gobernador, Alejandra Vigo; la otra, para diputados, por Natalia de la Sota, portadora de un apellido de una enorme carga histórica en el peronismo provincial.

Esas dos mujeres además empezaron a hacer rodar inmediatamente el núcleo discursivo y electoral del oficialismo provincial: que las legislativas de este año son una oportunidad para apoyar expresamente el modelo Córdoba y para contribuir a un doble objetivo: defender ese modelo en la Nación, pelear contra el unitarismo del puerto, y además convertirlo en “exportable”.

“No estamos ni en un lado ni en otro de la grieta. Somos algo distinto”, dicen las candidatas.

¿Qué ofrece, o que pretende ofrecer el oficialismo provincial con ese concepto? Alejandra Vigo lo dice expresamente en la entrevista que hoy publica este diario: el atributo predominante que Schiaretti y Hacemos por Córdoba llevan al terreno electoral es la previsibilidad. La confiabilidad. No se trata de una cualidad menor en una época atravesada por el desconcierto y la escasez de referencias.

“Pueden estar de acuerdo o no, pero saben lo que defendemos y que hace 20 años representamos lo mismo”, argumenta Vigo.

¿Cuáles son los riesgos que corre Hacemos por Córdoba? Fundamentalmente dos. Que el epicentro argumental termine cediendo ante la configuración que puede tener la elección nacional y que se repitió en ocasiones anteriores: esto es, que se repita el eje kirchnerismo-antikirchnerismo y que la posibilidad de un tercer elemento político se desdibuje. Segundo, que las urgencias que padece la gente, la necesidad tal vez de expresar su enojo ante la deteriorada situación actual, conviertan al discurso de defender un “modelo” propio en algo abstracto ante las estrecheces del día a día.

Aun así, en sus inicios, la campaña está ofreciendo una rareza: Hacemos por Córdoba, que no apareció primero en ninguna de las encuestas previas, se ha plantado en el escenario como si las preferencias jugaran en su favor. Parece cómodo. O menos incómodo de lo que podría haber estado. Y esto es porque la interna de Juntos por el Cambio introdujo en la dinámica electoral de Córdoba un elemento que hasta el sábado pasado no existía: la incertidumbre por el resultado. No el de noviembre tal vez, pero sí el de septiembre.

¿Con qué porcentaje se ganarán las Paso en Córdoba? Con Juntos por el Cambio dividido en cuatro, y con dos de esas listas con candidatos fuertes, no suena descabellado que 30 o 32 puntos sean suficientes. Y ese umbral ya no se presenta inalcanzable.

Juntos por el Cambio aparece como el reverso de lo que es Hacemos por Córdoba. Primero por la división, pero principalmente por el modo en que esa división se produjo, que genera incertidumbre sobre las posibilidades de que esa alianza encuentre hacia adelante elementos que la aglutinen y dejen atrás la historia reciente de traiciones, contradicciones, pases de último momento.

La fractura de lo que fue Cambiemos evidenció además la desaparición de liderazgos unificantes en esa fuerza política. Mauricio Macri quiso intermediar y terminó atomizando lo que ya estaba dividido. Sin un factor organizador, Juntos por el Cambio en Córdoba se asemeja a un sálvese quien pueda.

Pero, además, desata interrogantes hacia la actualidad y hacia el futuro. Primero: ¿Juez y Negri protagonizarán una campaña equilibrada y respetuosa, tendrán la templanza necesaria, o caerán en el mismo lodo en que se están ensuciando los participantes de la interna de esa fuerza en Buenos Aires?

Y, en el fondo, si bien puede ser un efecto residual más que inmediato, a fin de cuentas también el atributo de la confiabilidad aparece como fundamental en esa fuerza opositora. O, mejor dicho, su falta. No es casual que Hacemos por Córdoba use ese concepto como epicentro: porque le sirve para reforzarse a sí mismo pero, en el mismo acto, para señalar las inconsistencias de quien es su adversario hoy y lo será en 2023.

¿Puede ser confiable una fuerza que jamás puede ponerse de acuerdo? Esa es la pregunta que pretende poner en escena, sin expresarla abiertamente, el oficialismo cordobés.

Juntos por el Cambio, si el proceso no se desarrolla en forma catastrófica, es un previsible ganador no ya de las Paso pero sí de las generales de noviembre, cuando por una imposición externa, en este caso el voto, deba unificarse. Sin embargo, ese posible triunfo puede encontrar explicación más en la predisposición social del electorado cordobés que en la fuerza de argumentos propios.

Se sabe lo que no es Juntos por el Cambio en Córdoba: no es kirchnerista. Y lo expresa permanentemente como único eje. El mal es el kirchnerismo, hay que ponerle un freno, sacarlo de donde está.

Suele funcionar en instancias legislativas. Pero entra en crisis cuando una elección se convierte en una oportunidad para mostrar no lo que no se es sino lo que se pretende ser. En otras palabras, cuando se juega la posibilidad de gobernar. Pasó en 2019:ser sólo antikirchnerista no rinde tanto cuando está en cuestión el poder en una provincia gobernada durante un cuarto de siglo por un peronismo que se ha cuidado de construirse a sí mismo como un otro distinto al kirchnerismo.

La pauta la da el hecho de que la división del peronismo en Córdoba casi no se interpreta como tal por el electorado. Kirchnerismo y schiarettismo son dos entidades percibidas previamente como diferentes.

Los candidatos del Frente de Todos tienen el desafío de hacer este año, en plena crisis, una elección decorosa. El camino no empezó amigable para Martín Gill. El villamariense quedó en una posición sumamente incómoda. A pesar de que no quería ser, fue casi forzado a encabezar la lista con el argumento de que su cargo nacional, Secretario de Obras Públicas, le permite cosechar voluntades entre los intendentes. Ni bien aceptó, quedó preso del capítulo Agustín Rossi, y se vio forzado a presentarle la renuncia a Alberto Fernández, que no quiere funcionarios-candidatos. Si se la aceptan, algo que todavía no ocurrió, deberá volver a la intendencia de Villa María y buscar desde allí, con sus armas, no ya la posibilidad de una proyección sino la conservación de su territorio.

Sería, en este escenario, la pelea que no hubiera querido dar.

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