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Censos en Argentina: De analfabetos a supremacistas

Pese a la obsesión de contar, siempre contar que ha tenido la humanidad, la Argentina no ha tenido muchos censos para saber cuántos somos. Hasta hoy, un día incierto de este 2022 y mientras se cursa el primer censo digital, apenas hemos realizado 10 conteos de población en toda nuestra historia. En toda nuestra corta historia.

Por Juan Cruz Taborda Varela

El primero de los censos patrios fue en 1869, de la mano de Domingo Faustino, que no es otro que Sarmiento. Es curioso que hoy los llamados liberales argentinos reivindiquen a uno de los hombres que fortaleció el Estado como pocos. Porque eso hizo Sarmiento. Se encargó del censo desde el Estado para evitar que fuera la Iglesia Católica quien se encargara de contarnos, facilidad que tenía dado su control de las actas de natalidad y defunción.

Aquel primer censo le dio la peor noticia a Sarmiento, la primicia que el sanjuanino no podía ni quería escuchar: del total de la población, estimada en 1.800.000 habitantes, el 71% no sabía ni leer ni escribir. Apenas 360 mil leían y menos, unos 312 mil, sabían escribir. ¿Se puede saber leer y no saber escribir? Al menos casi 50 mil dijeron que sí. Quizás sea cierto. O, posiblemente, sea parte de la vergüenza, ya existente por entonces, por no haber incorporado la habilidad. Reconocerlo no era ni es fácil.

Ya el propio informe del censo decía que “es de creer que la verdad sea más desoladora, siendo muchos menos los que realmente saben una y otra cosa”. Vamos de nuevo: en la Argentina de Sarmiento, en la que vivían 1.800.000 personas, 1.400.000 eran analfabeto/as. Bravísimo.

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Y si tal condición hacía difícil pensar en el progreso de la Nación, había otro elemento igual de desolador: la cantidad de niños y niñas huérfanas. Con esperanzas de vida muy acotadas en el universo de los adultos jóvenes, miles de pequeños perdían padre o madre a muy pronta edad. De los 720 mil menores de 14 años que había en Argentina en 1869, más de 400 mil no sabían ni leer ni escribir y casi el 10% habían perdido a sus progenitores. 19.966 eran huérfanos de padre y -este dato es terrible-, 37.500 eran huérfanos de madre. ¿Por qué nos detenemos en el escalofriante segundo dato? Por lo que suponían las madres para entonces: no sólo la principal, sino también, la mayoría de las veces, única encargada de la crianza de los menores. Esto, en función de la utilización de los hombres para la guerra y la poca presencia en el hogar que tenían por entonces. Además, la disparidad de las cifras entre muerte de padres y madres deja en evidencia lo extremo y peligroso de la vida para las mujeres. En 1869 y en 2022.

Y un punto más, también preocupante en aquel presente: de esos 720 mil menores de 14, 150 mil eran hijos/as ilegítimos/as, con lo que suponía tal condición. No presencia de la figura paterna en el hogar -de por sí estaban poco- y el escarnio público para madre y niño o niña. Y si bien era una práctica bastante común -las familias paralelas, las segundas mujeres que más que amantes, eran sometidas al deseo del varón-, los números de Argentina rompían el promedio. Mientras aquí el 20% de los menores eran hijos ilegítimos -y habría que esperar muchos años para que un cordobés pensara en darle los mismos derechos-, en Francia era apenas del 6%.

SOLO LOS BLANQUITOS

El segundo censo de nuestra historia llegaría recién en 1895, 26 años después. Lo organizó el presidente José Evaristo Uriburu -no el Uriburu que haría el primer golpe de Estado en 1930: este es el abuelo y tío-. Uriburu gobernaba pero el verdadero hombre fuerte del gobierno y del país era Julio Argentino, que no es otro que Roca. Con todas las críticas que ha recibido la figura del ‘Zorro’, en función de su avance descarnado en la Patagonia, es preciso reconocerlo como el hombre que organizó el Estado argentino. Y no sólo eso: al organizarlo, corrió a la Iglesia Católica como madre rectora del país. Como buen liberal, Roca descreyó de la institución religiosa y buena parte de su obra de gobierno fue pensada para contrarrestar el poder del Vaticano en Argentina.

Volvamos al censo de 1895: del 1.800.000 habitantes de 1869 saltamos a 4.044.911, un crecimiento demográfico exponencial. En poco más de dos décadas duplicamos y más la población. El documento oficial, publicado en castellano y francés, va a tono con la época pos conquista de la Patagonia. “No es posible, pues, ni tiene importancia, presentar un cálculo en cifras absolutas de los habitantes que no pertenecen a la raza blanca”, decía el informe del Estado argentino, conforme a los lineamientos que seguía el partido dominante de entonces, el PAN. Igual, aclaraba: “En números relativos podría decirse que el total, incluyendo negros, mulatos e indios puros y mestizos, no llega al 5%, siendo nula en Santa Fe y Buenos Aires”.

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Lo que hoy conocemos como supremacismo blanco, muy cercano a la Alemania de los ‘30 y vigente en los Estados Unidos de la mano de Donald Trump, -asesinato de George Floyd mediante-, fue vanguardia en la Argentina de fin del Siglo 19. Dos elementos muy expresos: por un lado, la invisibilización al no contar a otros y otras con tez distintas y, por el otro, el negacionismo al mentir, como política de Estado, sobre la presencia de hombres y mujeres con orígenes que se salían de ese supremacismo blanco. ¿Alguien podría creer que por entonces, tanto en el norte como en el sur del país, no había mayoría de originarios? ¿Alguien puede entender que ni Buenos Aires ni Santa fe, en aquellos años, haya tenido negros, mulatos o mestizos? Como era difícil aceptarlo, mejor era taparlo.

Para poner un broche de oro, el informe oficial del Estado argentino concluye: “La cuestión de las razas, tan importante en Estados Unidos, no existe pues en Argentina, donde no tardará en quedar unificado por completo (su población), formando una nueva y hermosa raza blanca”.

Dijimos: el presidente de entonces era José Evaristo Uriburu, abuelo de José Felix, el golpista del ‘30. Pero hagamos una pausa: José Evaristo, además de abuelo de José Félix, también era su tío. ¿Qué? ¿Cómo? Sí: el presidente supremacista era abuelo y tío del presidente golpista. Esto, porque la hija de José Evaristo, Serafina Uriburu, se casó con su primo José Uriburu: de este cruce nació José Félix, el fascista que derrocó a Yrigoyen y gobernó al país entre 1930 y 1932. Son los riesgos de la endogamia, los nacimientos que derivan de matrimonios del mismo linaje: rasgos recesivos, deterioros genéticos y comportamientos golpistas.

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